Estefanía Estévez1, Teresa I. Jiménez2 y David Moreno3

(1) Universidad Miguel Hernández de Elche, (2) Universidad de Zaragoza y (3) Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Los adolescentes que son víctima de violencia escolar por sus compañeros pueden reaccionar de varias maneras frente a las situaciones de acoso, y que se pueden resumir en dos respuestas básicas: la huida de la situación, la sumisión y la pasividad frente al agresor, o bien la respuesta al ataque con una nueva agresión. Estas dos maneras diferentes de reaccionar han implicado utilizar el nombre de víctimas sumisas y víctimas agresivas en la literatura científica.

El subgrupo de víctimas agresivas parece ser inferior en número (las investigaciones señalan que entre el 10-20% de las víctimas de violencia escolar son a su vez violentas) pero, al mismo tiempo, se encuentran en una situación especial de riesgo frente al desarrollo de problemas de desajuste. Así, por ejemplo, en estudios llevados a cabo recientemente por Estévez y colaboradores (2006, 2008), se ha observado que las víctimas agresivas presentan más problemas emocionales en general y una autoestima inferior, principalmente en los ámbitos relativos a la familia y la relación con los padres (sentirse poco querido y apoyado), y a la escuela y los estudios (evaluarse como mal estudiante y sentirse poco apreciado por sus profesores). Estos datos nos sugieren que las víctimas agresivas representan un grupo de gran relevancia para el estudio empírico, lo que contrasta con la escasez de investigaciones sobre las características de este subgrupo de víctimas y, más aún, sobre los mecanismos que explican el proceso desencadenante del comportamiento hostil y violento de la víctima.

Para estudiar este proceso que nos ayuda a comprender el comportamiento violento de la víctima llevamos a cabo un estudio con 1.319 adolescentes de ambos sexos (53% chicas y 47% chicos) y con edades comprendidas entre los 12 y los 16 años, escolarizados en siete centros de Enseñanza Secundaria Obligatoria de la Comunidad Valenciana. Nuestro principal objetivo fue poner a prueba la teoría propuesta por Emler y Reicher (1995, 2005) en sus trabajos llevados a cabo en Reino Unido con adolescentes delincuentes y observar si sus argumentaciones se podían extrapolar a nuestra población adolescente escolarizada implicada en casos de violencia escolar.

Emler y Reicher argumentan que cuando el adolescente es víctima de acoso o maltrato o se percibe en una situación de riesgo y amenaza ante los demás, confía en el deber de protección de las figuras adultas e instituciones de autoridad; sin embargo, los adultos no siempre ofrecen una protección perfecta, lo que puede resultar en la consiguiente decepción del adolescente con estos agentes e instituciones, así como en la búsqueda de una alternativa informal de protección frente a los ataques de los iguales. La solución, siguiendo la teoría propuesta por estos autores, consiste en la búsqueda de una reputación de persona anticonformista, rebelde y antisocial. Esta reputación lleva implícita la idea de que la persona es fuerte, valiente y está dispuesta a vengarse de modo violento si fuera atacada de nuevo. La estrategia más eficaz para configurar este tipo de reputación es precisamente la implicación en conductas violentas que muestren lo que el adolescente quiere transmitir a los demás sobre su persona. Desde esta perspectiva, la violencia sería el medio para conseguir la reputación antisocial anhelada, asumiendo la idea de que los agresores no pueden ser victimizados.

Para realizar nuestro estudio, recogimos datos sobre implicación en violencia escolar y victimización, la percepción del adolescente de las principales instituciones y figuras de autoridad formal en la etapa adolescente, como son la familia y los padres, la escuela y el profesorado, las leyes y la policía, así como sobre el grado de deseabilidad del adolescente de proyectar una imagen social (y fraguarse así una reputación) de persona anticonformista y rebelde. Con esta información calculamos un modelo de ecuaciones estructurales para analizar simultáneamente la relación existente entre todas estas variables. Los resultados de la presente investigación nos permitieron extraer conclusiones en la línea de los argumentos planteados por Emler y Reicher con población delincuente.

En particular, nuestros resultados señalaron la importancia de la evaluación que realiza el adolescente victimizado de las personas adultas de autoridad en los contextos sociales más inmediatos, y que se encuentran en situación de deber ante el desempeño de un papel protector y de proposición de soluciones a la situación de victimización, como son la familia, la escuela y el sistema legal general. Así, los datos indicaron que cuando la víctima no confía en el apoyo y consuelo que puede recibir por parte de padres, profesores y otras figuras de autoridad como la policía, es más probable que opte por una vía alternativa de auto-protección, a través de la configuración de una reputación antisocial y no conformista frente a los iguales que, eventualmente, derive en un comportamiento violento que refuerce dicha imagen social.

Las implicaciones prácticas de estos resultados son de suma relevancia. Niños y adolescentes obedecen las normas socialmente establecidas porque confían en los modelos adultos que las sustentan y esperan, a cambio de esta obediencia y confianza, que los adultos aboguen por un trato de respeto y respondan con el apoyo y protección requeridos ante determinadas situaciones, por el hecho de representar agentes de autoridad y poder. Trabajar en esta línea parece fundamental para que los estudiantes que sufren situaciones de victimización en la escuela no se sientan defraudados, desamparados y desprotegidos ante esos abusos. La relación positiva, empática y afectiva entre padres e hijos se ha destacado en numerosos estudios como uno de los principales factores de protección frente al desarrollo de conductas violentas en la adolescencia. Igualmente, la valoración positiva de la escuela y la buena relación con los profesores se ha vinculado con la presencia de menos problemas de violencia en la escuela. El trabajo en estos frentes sigue siendo fundamental para prevenir situaciones de victimización y violencia en las aulas.

Referencias:

Emler, N. y Reicher, S. (1995). Adolescence and delinquency. Oxford, UK: Blackwell Publishers Ltd.

Emler, N. y Reicher, S. (2005). Delinquency: Cause or consequence of social exclusion? En D. Abrams, M.A. Hogg y J.M. Marques (Eds.), The Social Psychology of Inclusion and Exclusion (pp. 211-241). New York: Psychology Press.

Estévez, E., Martínez, B. y Musitu, G. (2006). La autoestima en adolescentes agresores y víctimas en la escuela: La perspectiva multidimensional. Intervención Psicosocial, 12, 32-41.

Estévez, E., Murgui, S. y Musitu, G. (2008). Psychosocial adjustment in aggressors, pure victims and aggressive victims at school. European Journal of Education and Psychology, 1(2), 29-39.

Sobre los autores: