Miguel Ángel Díaz Sibaja1, María Isabel Comeche Moreno2 y Marta Isabel Díaz García2

Servicio Andaluz de Salud1
Universidad Nacional de Educación a Distancia2

Es un hecho bien reconocido que los problemas de conducta en la adolescencia y en la juventud, así como las conductas agresivas y delictivas, se han incrementado notablemente en estos últimos años, provocando una gran preocupación social por cómo revertir esta tendencia.

Los trastornos del comportamiento perturbador afectan al 5-10% de niños de edades comprendidas entre 5 y 15 años y suponen hoy en día uno de los diagnósticos más frecuentes en las unidades de salud mental infanto-juvenil, donde constituyen algo más de la mitad de las consultas clínicas que se realizan.

La categoría diagnóstica de "trastorno del comportamiento perturbador" hace referencia a la presencia de un patrón de conducta persistente, repetitivo e inadecuado, que se caracteriza por el incumplimiento de las normas sociales básicas de convivencia y por la oposición a los requerimientos de las figuras de autoridad, generando, como consecuencia, un deterioro en las relaciones familiares y/o sociales. Se considera que existe un continuo en cuanto a la intensidad, severidad, frecuencia y cronicidad de estos trastornos, que va desde la normalidad hasta los trastornos disociales.

Algunas investigaciones han señalado que los problemas de conducta de inicio temprano, como la agresión y la desobediencia, son importantes predictores de un comportamiento antisocial en la adolescencia y en la edad adulta y la evolución dentro de dicho continuo podría producirse como consecuencia de un desarrollo psicosocial deficiente, producto de unas pautas educativas desajustadas y una mayor disponibilidad y accesibilidad a modelos inadecuados.

La identificación precoz de los trastornos leves del comportamiento, así como la elaboración de un plan de acción en el cual se implique a los padres, resulta crucial para prevenir y evitar futuros desajustes sociales, que, en los casos más extremos, pueden llegar hasta la delincuencia.

Teniendo en cuenta la importancia que tienen las pautas de crianza y las características personales de los padres en el desarrollo de ciertos trastornos psicopatológicos en la infancia y adolescencia, resulta lógico pensar que el abordaje terapéutico en muchos de estos casos debiera pivotar alrededor de programas de escuela de padres, los cuales estarían dirigidos a optimizar la actitud educativa de los padres, así como las habilidades comunicativas y el intercambio de afecto paterno-filial.

El objetivo principal de nuestro trabajo experimental fue el de demostrar la eficacia de un programa de escuela de padres (Programa EDUCA. Díaz-Sibaja, Comeche y Díaz, 2009) para la prevención primaria y secundaria de los trastornos del comportamiento perturbador en la infancia, así como para mejorar la satisfacción y el clima social dentro del contexto familiar.

Se trata de un programa cognitivo-conductual protocolizado y estructurado, basado en el modelo de competencias, con una metodología psicoeducativa, cuyo objetivo es el de enseñar (en formato grupal o como manual de autoayuda) una variedad de técnicas conductuales y cognitivas de demostrada eficacia que permita a los padres desarrollar de manera más adecuada sus funciones educativas y socializadoras.