Beatriz Corbí Gran y Miguel Ángel Pérez Nieto

Universidad Camilo José Cela

Desde un tiempo atrás, el patrón de consumo de alcohol ha evolucionado considerablemente. Nos encontramos ante una ingesta de atracones, concentrado en sesiones de pocas horas, con una asociación directa a las noches de los fines de semana y en compañía de grupo de iguales.

Este patrón, denominado consumo intensivo de alcohol (binge drinking o heavy episodic drinking), se caracteriza, entre otras cosas, por picos de incidencia entre los jóvenes y escasa percepción de riesgo. Ante estos nuevos hábitos, muchas investigaciones se han centrado con el objetivo de diseccionar los motivos que pueden influir en dicho consumo, como por ejemplo la impulsividad. Cabe destacar, estamos ante una de las variables más consistentes relacionadas con el contacto temprano a las drogas, la repetición de los consumos y la progresión a la adicción. Del mismo modo, se relaciona como una condición que se exacerba con el consumo (Pedrero, 2009; Perry y Carrol, 2008; Verdejo, Lawrence y Clark, 2008), además de promover la recaída (Cano, Araque y Ortiz, 2011; Adan, 2011).

Entre los estudios llevados a cabo, es importante destacar ciertas conclusiones como que los pacientes dependientes de alcohol presentaban un mayor nivel de impulsividad que los participantes de un grupo control clínico y un grupo control sano (Bravo de Medina, Echeburúa y Aizpiri, 2007). El rasgo impulsividad/desinhibición, es el que más consistentemente se ha relacionado con conductas de consumo de alcohol. Se relaciona con la elevada Búsqueda de Novedad (Wills, Vaccaro y McNamara, 1994; Wills, Windle y Cleary, 1998; Linskey, Fergusson y Horwood, 1998; Kuo, Yang, Soong y Chen, 2002), el elevado Psicoticismo (Knyazev, Slobodskaya, Kharchenko y Wilson, 2004, Kuo, Yang, Soong y Chen, 2002), y una elevada activación del Sistema de Activación Conductual (Knyazev, Slobodskaya, Kharchenko y Wilson, 2004). Además, la impulsividad evaluada durante la adolescencia predice un patrón de abuso de alcohol en la etapa adulta (Cloninger, Sigvardsson y Bohman, 1988; Chassin, Flora y King, 2004). A esto debemos sumarle otras conclusiones como la confirmación, en sendas investigaciones, de las diferencias de sexo en la impulsividad, con una superioridad de los hombres respecto a las mujeres (Adan, 2011).

Sin embargo, pese a los estereotipos estipulados sobre los adolescentes, debido a la etapa de transición que están viviendo, donde parece que muchos de ellos pueden ser impulsivos, el estudio llevado a cabo entre 688 adolescentes de 3º y 4º de la ESO en la ciudad de Vitoria, ofrece unos resultados donde no se muestra una relación significativa entre la impulsividad y el consumo de alcohol (Corbí y Pérez-Nieto, 2012). Lo que demuestra que, ante todo, no se puede generalizar. Mucho menos, cuando hablamos de una etapa de transición como lo es la adolescencia, donde cada sujeto se mueve en un contexto diferente, y donde la prevención primaria y secundaria varía a razón del contexto familiar y el territorial.

Debemos tener presente que no todos los adolescentes cuentan con un mismo sistema de prevención, base fundamental ante cualquier tipo de consumo, tanto experimental, como ocasional o abusivo. Teniendo en cuenta que, junto a la palabra adolescencia, la experimentación se vive de cerca.

Los resultados de la investigación muestran, al igual que los obtenidos por la Encuesta Estatal sobre Uso de Drogas en Estudiantes de Enseñanza Secundaria (ESTUDES, 2010) llevada a cabo por el Plan Nacional de Drogas, que la edad media de los adolescentes de consumir alcohol es a los 13 años y medio. Pese a que la sociedad cada vez está normalizando este dato, no debemos olvidar que son menores y en pleno desarrollo físico, psicológico y emocional.

Al ver diferencias en nuestra investigación con otros estudios donde hay un mayor porcentaje de adolescentes consumidores de alcohol, nos hizo reflexionar sobre las diferencias no sólo personales y familiares, sino también socioambientales de los participantes. Los adolescentes de Vitoria muestran diversas actividades de ocio donde se les ofrecen muchas actividades lúdicas, deportivas, etc., y eso aumenta los factores de protección ante el consumo de alcohol, facilitando también el éxito de los programas preventivos o reflejando sus resultados.

A su vez, todo ello puede estar influyendo en la variable impulsividad que puede anteceder al consumo o aumentar después del mismo.

Alcohol, adolescencia e impulsividad, son tres variables fundamentales a seguir estudiando. La relación entre variables afectivas como la impulsividad en una población tan relevante como la adolescente no debe pasarse por alto. Mucho menos, si su relación bidireccional contribuye a un consumo excesivo además de inestabilidad en el sujeto. No sólo por la importancia del desarrollo emocional y afectivo (Corbí, 2011), sino también por la implicación que todas estas variables pueden tener en ámbitos aplicados, que pueden ir desde el rendimiento académico (Contreras, Espinosa, Esguerra, Haikal, Polanía, Rodríguez, 2005) hasta la conducta adictiva en adolescentes (Corbí y Pérez-Nieto, 2011). Por ello, no cabe duda del beneficio que puede suponer la importancia de aunar diferentes modelos preventivos y conseguir así una prevención comunitaria desde un modelo biopsicosocial, donde el objetivo sea fomentar hábitos saludables y, por tanto, cuidar la salud del adolescente en todos los ámbitos (no únicamente en el ámbito del consumo de alcohol u otras drogas).

El artículo completo se puede encontrar en la revista EduPsykhé:

Corbí Gran, B. y Pérez Nieto, M.A. (2012). Impacto de la impulsividad en el consumo de alcohol adolescente. Revista EduPsykhé, Vol. 11 (1), 21-31.

Beatriz Corbí Gran. Doctora en Psicología. Profesora del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Camilo José Cela. Máster en Psicología Clínica y de la Salud, con interés en la investigación y divulgación del trabajo relativo a variables psicológicas en el ámbito de las drogodependencias.

Miguel Ángel Pérez Nieto. Licenciado en Psicología por la Universidad de Salamanca; Máster en Intervención en la Ansiedad y el Estrés por la UCM, y Doctor en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid (año 2003), con premio extraordinario. Ha sido profesor asociado en el Dpto. de Psicología Básica (Procesos Cognitivos) de la UCM; actualmente es profesor del Dpto. de Psicología de la Universidad Camilo José Cela, donde desarrolla su actividad investigadora e imparte las asignaturas de “Motivación y Emoción” y “Psicopatología y Técnicas de Intervención”. Fruto de dicha actividad investigadora, son las más de cuarenta publicaciones científicas en libros y revistas nacionales e internacionales, así como la participación en más de un centenar de congresos y en diversos cursos de postgrado, comités científicos y revistas. Actualmente ocupa el cargo de decano de la Facultad de CC de la Salud de la UCJC.

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