Isidoro Candel Gil, actualmente ejerce como psicólogo del Equipo de Atención Temprana de Murcia además de ser asesor de atención temprana de FUNDOWN y colaborador de la Asociación Síndrome X Frágil de la región de Murcia. Tiene una larga experiencia en la intervención de niños con necesidades especiales y es autor de varias publicaciones sobre este tema.

 

En el último número de la Revista de Investigación Psicoeducativa, publicó un artículo titulado ELABORACIÓN DE UN PROGRAMA DE ATENCIÓN TEMPRANA a partir del cual ha preparado el siguiente resumen para Infocop on-line.

          

Según el Libro Blanco de la Atención Temprana (GAT, 2000), la Atención Temprana (AT) se define como el conjunto de intervenciones dirigidas a la población infantil de 0 a 6 años, a la familia y al entorno, que tienen por objetivo dar respuesta lo más pronto posible a las necesidades transitorias o permanentes que presentan los niños con trastornos en su desarrollo o que tienen el riesgo de padecerlos. Estas intervenciones, que deben considerar la globalidad del niño, han de ser planificadas por un equipo de profesionales de orientación interdisciplinar o transdisciplinar.

Actualmente se utiliza un modelo psicopedagógico, en el que los programas de AT pretenden, fundamentalmente, enriquecer el medio en el que se desenvuelve el niño, fomentando las interacciones con las personas que le rodean.

Por otro lado, es importante que las intervenciones se lleven a cabo en una edad temprana por dos motivos: por un lado, el hecho de que los problemas genéticos y biológicos pueden ser superados o atenuados; y por otro, la suposición de que la experiencia temprana es importante para el desarrollo de los niños.

De este modo, el principal objetivo de los programas de atención temprana es que los niños que presentan trastornos en su desarrollo o tienen riesgo de padecerlos, reciban, siguiendo un modelo que considere los aspectos bio-psico-sociales, todo aquello que desde la vertiente preventiva y asistencial pueda potenciar su capacidad de desarrollo y de bienestar, posibilitando de la forma más completa su integración en el medio familiar, escolar y social, así como su autonomía personal (Libro Blanco de la AT). De aquí se desprenden los siguientes objetivos:

1º) Ayudar a los padres y a toda la familia a mantener unas adecuadas relaciones socio-afectivas con el niño en el contexto familiar, proporcionando los apoyos necesarios para ello: información, apoyo y asesoramiento.

2º) Enriquecer el medio en que se va desenvolver el niño proporcionando estímulos adecuados y estructurados, y diseñando el contexto de forma que favorezca el desarrollo del niño.

3º) Elevar al máximo los progresos del niño para lograr su independencia en las distintas áreas del desarrollo. 4º) Emplear estrategias de intervención de una forma ecológicamente relevante, evitando fórmulas demasiado artificiales.

Al mismo tiempo, es importante recalcar que estos programas no son aplicados de una forma rígida y uniforme, sino que hay diferentes modalidades. Los tres modelos de prestación de servicios más usados en dichos programas son: 1. El servicio prestado a domicilio: algún miembro del equipo profesional se desplaza al domicilio familiar, da orientaciones a los padres sobre objetivos de tratamiento y mejora del ambiente físico, ayuda a los padres a resolver pequeñas dudas, ofrece el apoyo necesario, etc.; 2. El servicio prestado en un Centro especializado: el niño acude con sus padres a un Centro de tratamiento y allí recibe las sesiones pertinentes; 3. Una combinación de ambos servicios: el programa se basa en el hogar en los primeros meses, aunque el niño asiste a un Centro de tratamiento una o dos veces por semana; más adelante, las sesiones en el Centro son más frecuentes, pero los padres, al mismo tiempo, reciben unas orientaciones para actuar en casa con el niño.

Pero la AT no consiste, única y exclusivamente, en la estimulación o el tratamiento directo que recibe un determinado niño en un Centro especializado. Hay otros aspectos que interesa resaltar porque, simplemente, forman parte de esa atención que recibe el niño y su familia en los primeros años de la vida. La detección temprana de niños discapacitados o con algún problema en su desarrollo constituye un aspecto de capital importancia en un programa de AT, ya que permite la derivación para iniciar un programa de AT lo antes posible. Esta detección es especialmente importante en el caso de aquellos niños o familias que pueden pasar inadvertidos porque el problema, en un principio, no parece muy grave. Un segundo aspecto de los programas de AT, que tiene especial importancia en el caso de los niños que no presentan ninguna discapacidad y que, por tanto, no precisan un tratamiento sistematizado, es el seguimiento, que se implanta para controlar la evolución del niño y de la dinámica familiar, y que se lleva a cabo en el centro de estimulación o en el propio domicilio familiar. En este seguimiento se ofrecen a los padres orientaciones para el manejo y juegos con sus hijos, así como pautas de intervención en las rutinas diarias para favorecer el desarrollo de su hijo, y algunos consejos que inciden en un apropiado diseño del contexto socio-familiar: patrones de interacción, ambiente físico del hogar, materiales, relaciones sociales, etc. Otro aspecto importante es el de la escolarización temprana. Generalmente se aconseja a los niños discapacitados, de alto riesgo o de patología no evidente su escolarización en Escuela Infantil a partir de los 12-18 meses (o incluso antes, según los casos). La acción positiva que ejerce la E.I. sobre el desarrollo global del niño constituye un elemento clave en su evolución. Finalmente, una nota muy característica de la atención temprana, es la prevención: lo que vamos a tratar de prevenir, interviniendo también con la familia, es la aparición de las manifestaciones que pueden llevar al niño a un funcionamiento muy deficiente, a pesar de unos buenos potenciales.

En cuanto a la población a la que van dirigidos estos programas, tal y como he comentado más arriba, no sólo van dirigidos a los niños que padecen algún déficit físico, psíquico o sensorial, sino también a aquellos otros que, por diversas circunstancias, pueden presentar problemas madurativos o de adaptación, es decir los niños llamados de alto riesgo, y a los niños sin una patología evidente. Los niños de alto riesgo constituyen en la actualidad un grupo importante al que se dirigen los programas de AT.

A la hora de diseñar un programa de AT, el primer paso es la evaluación. Ésta debe buscar información en estas tres dimensiones: 1. La organización evolutiva del niño: habilidades comunicativas, desarrollo socio-emocional, procesos cognitivos, estilo de aprendizaje, capacidad de respuesta al medio, habilidades de juego; 2. Las características de su entorno familiar y social; y, 3. La relación entre el niño y su entorno: interacción padres-niño.

En cuanto al establecimiento de los objetivos del programa, es importante tener en cuenta las cuatro áreas tradicionales: motora, perceptivo-cognitiva, socio-comunicativa y hábitos de autonomía, sin olvidarse de las necesidades específicas del niño. Para ello son necesarias dos cosas:

1ª) Saber la forma en la que el desarrollo del niño es diferente.

2ª) Adaptar el programa educativo a sus particularidades. No basta, por tanto, con plantear los objetivos de una forma secuenciada, en base al patrón del desarrollo evolutivo general sin más; hay que tener presentes las características del niño y de su familia.

Sin embargo, a la hora de elaborar el programa de AT, hay que tener presentes una serie de aspectos generales, de índole cualitativo, que tienen enorme importancia y que van a constituir el marco de referencia de la intervención a cualquier edad. Por ejemplo, lo realmente importante en los primeros meses de vida del niño con problemas en su desarrollo, es cuidar el ajuste de la familia a la nueva situación y procurar una buena relación padres-hijo, más que preocuparse por ofrecer a los padres largas listas de objetivos pre-académicos.

 

En la actualidad, los programas de AT siguen una orientación basada en los modelos ecológico y transaccional, de forma que se enfatiza la atención global al niño, a su familia y a su entorno de una forma natural, empleando actividades funcionales que se inserten en las rutinas diarias del niño y de su familia. Estas actividades no sólo deben ser funcionales y reflejar la realidad de los niños, sino que también deben ser adecuadas desde el punto de vista evolutivo.

A la hora de proponer las actividades para conseguir los objetivos del programa de AT, conviene procurar que sean, simplemente, rutinas y juegos propios de los padres con sus hijos pequeños, con la intención de favorecer la interacción y la maduración del niño en el medio que le resulta familiar y con aquello que tiene a mano cada día, aprovechando los momentos propicios (baño, vestido, alimentación, paseo, etc.), lo cual permitirá al niño ser más espontáneo y generalizar más sus aprendizajes. Dentro del programa de atención temprana, un aspecto muy importante es el diseño del ambiente físico del hogar: cómo el niño va a vivir en casa con su familia. Hemos de procurar que ese contexto sea favorecedor para el desarrollo del niño.

Aparte del contexto físico, tal y como ya he comentado, la interacción afectiva y las emociones de todas las personas que conviven con el niño son elementos básicos sobre los que debemos actuar. Esta consideración holística de la estructura familiar va a posibilitar que adquiera relevancia la idea de mejorar el bienestar de la familia como entidad en función de la relación que se establece entre sus distintos miembros.

No me gustaría acabar sin antes afirmar que los programas de intervención temprana han permitido una mejora sensible en la atención a niños que tienen problemas en su desarrollo, y a sus familias. Pese a una serie de errores metodológicos en los trabajos de investigación que recogían sus beneficios, los autores suelen concluir que la AT es eficaz. Algunos apuntan que la eficacia de la AT es mucho mayor de lo que reflejan los datos estadísticos; lo que ocurre es que los progresos de los niños participantes en estos programas no siempre son medidos por las variables dependientes, sino que, muchas veces, las mejoras se dan en otras dimensiones no evaluadas, como el ajuste familiar, las áreas de autonomía, las actitudes del niño, etc.