Victoria Mesquida Hernando, Raquel Seijas Gómez y Mónica Rodríguez Enríquez

Hospital Universitario Son Espases (Palma de Mallorca)

La muerte es un tema tabú en la sociedad de hoy en día. La evitación del dolor y de todo lo relativo a la muerte, lleva a las personas a no abordar este tema con la profundidad necesaria. Así, cuando se produce la pérdida de un ser querido, los adultos se encuentran ante una situación novedosa y sin las estrategias de afrontamiento adecuadas. Con la intención de evitar sufrimiento innecesario y causar el menor impacto posible, en ocasiones se actúa de forma intuitiva o en base a pautas que lejos están de las recomendaciones de las guías y trabajos existentes.

En líneas generales, las tres diferencias entre el duelo adulto y el de los niños en la primera infancia son que los niños utilizan más la negación, mantienen con mayor facilidad la capacidad de disfrutar con situaciones agradables y no pierden la autoestima (Ordoñez y Lacasta, 2004). Es frecuente que los niños pequeños muestren sintomatología somática (alteraciones del sueño y/o alimentación, enuresis, encopresis y dolores abdominales) o regresión a etapas anteriores del desarrollo. También son habituales los problemas de conducta, dificultad para concentrarse o atender a tareas escolares, manifestaciones de hiperprotección hacia seres queridos, hiperactividad o apatía, confusión, etc. Entre las reacciones emocionales más usuales se encuentran la irritabilidad, el rechazo, la tendencia al aislamiento, la tristeza, la ansiedad, y el incremento en los miedos en general (Ordoñez y Lacasta, 2004; Biank y Werner-Lin, 2011).

En los adolescentes son más comunes las reacciones psicológicas similares a las adultas, como la negación o el aislamiento, mecanismos de autoprotección que permiten distanciarse temporalmente y disminuir el impacto de la realidad. Aunque estas manifestaciones se encuadran dentro de la normalidad, existen algunos factores de riesgo que se han asociado con el desarrollo de duelo patológico a corto o largo plazo (Ordoñez y Lacasta, 2004; Kennedy y Lloyd-Williams, 2009): la presencia de antecedentes psicopatológicos en el menor o en el cuidador principal; la simultaneidad de acontecimientos vitales estresantes; una mala relación con el progenitor que ha fallecido, un apego inseguro con el progenitor superviviente, edades entre 10 y 14 años; una mala adaptación del progenitor superviviente o ciertas circunstancias concretas de la muerte (como una muerte violenta o repentina, etc.)

En el proceso de comunicación de malas noticias y también en los momentos posteriores al fallecimiento se deben tener en cuenta ciertos aspectos (Kennedy y Lloyd-Williams, 2009; Kroen, 2011), descritos a continuación:

  • La comunicación debe ser directa, sincera, objetiva, y evitando eufemismos, además de comprobar si han comprendido lo que se les ha explicado. Se debe informar cuanto antes, dado que la ocultación de la información puede entorpecer el proceso de duelo posterior. Es importante explicarles también lo que va a ocurrir los días siguientes al fallecimiento. En el caso de muerte por enfermedad, en especial en la etapa final de la vida, se debe permitir su participación en los cuidados, pudiendo realizar alguna tarea acorde a su edad.
  • La persona idónea para realizar esta comunicación es el progenitor superviviente. En los casos en los que deba informar otra persona es recomendable que lo haga alguien cercano al menor que además explique por qué el otro progenitor no puede estar allí.
  • Se debe asegurar la continuidad en los cuidados, es decir, siempre que sea posible, no se deben realizar cambios importantes en su entorno, como una mudanza, cambio de colegio etc., y procurar que sean las mismas personas las que continúen ocupándose de su atención después de la pérdida.  Para facilitar el proceso de adaptación es fundamental informar en otros contextos habituales del menor como por ejemplo la escuela.
  • Es importante validar, pero no forzar, la expresión emocional de tristeza o preocupación, como también de la rabia o ira (ésta última mediante formas productivas), para que tomen conciencia de sus emociones, las exploren y ganen control sobre ellas. Permitir otras formas de expresión, como por ejemplo los dibujos o el juego, y abordar también la culpabilidad que puedan sentir. Al mismo tiempo, es necesario que los menores tengan momentos de descanso en los que puedan desconectar del proceso que están viviendo. Posteriormente y en fechas clave (aniversarios, cumpleaños…) se deben atender las reacciones emocionales, anticipándolos a ellas.
  • Permitirles siempre que lo deseen, despedirse del fallecido y participar en los rituales de despedida, estando disponible un adulto que les acompañe durante el proceso y pueda resolver sus dudas.
  • Ayudarles a mantener una conexión simbólica con el ser querido que ha muerto y a preservar sus recuerdos significativos. Esta conexión tiene efectos saludables en el proceso de adaptación tras la pérdida.

Se ha demostrado que una comunicación que tenga en cuenta los elementos anteriores y adecuada a la etapa evolutiva facilita el proceso de elaboración del duelo y puede evitar su complicación (Rosner, Kruse, y Hagl, 2010).

El artículo completo puede encontrarse en la Revista Psicooncología:

Mesquida, V; Seijas, R y Rodríguez, M. (2015). Los niños ante la pérdida de uno de los progenitores: revisión de pautas de comunicación eficaces. Psicooncología, Vol. 12 (2-3), pp. 417-428.

Referencias:

Biank NM, Werner-Lin A. Growing up with grief: Revisiting the death of a par­ent over the life course. Omega (Westport) 2011;63:271-90. Doi: 10.2190/OM.63.3.e

Kennedy V. L., Lloyd-Williams M. How children cope when a parent has advanced cancer. Psychooncology 2009;18:886–92. Doi: 10.1002/pon.1455

Kroen WC. Cómo ayudar a los niños a afrontar la pérdida de un ser querido. Ma­nual para adultos. Madrid: Oniro, 2011.

Ordoñez Gallego A, Lacasta Reverte MA. 2004. El duelo en los niños (la pérdida del padre/madre). En: Manual SEOM de Due­lo en Oncología. Madrid: Dispublic, SL 2004.p.121-36

Rosner R, Kruse J, Hagl M. A meta-analysis of interventions for bereaved children and adolescents. Death Studies 2010;34:99–136. Doi: 10.1080/07481180903492422

Victoria Mesquida Hernando es psicóloga clínica, trabaja en el Hospital Universitari de Son Espases en Palma de Mallorca como psicooncóloga. Máster en Psicooncología (2009-2011), organizado e impartido por la UCM y Posgrado en Counseling de duelo y pérdidas desde el Modelo Integrativo Relacional (2015), impartido por IPIR Barcelona.

Raquel Seijas Gómez es psicóloga clínica, neuropsicóloga y doctoranda del Programa de Investigación Translacional en Salud Pública y Enfermedades de Alta prevalencia (Universitat de les Illes Balears). Actualmente trabaja en una Unidad de Salud Mental del Instituto Balear de Salud Mental de la Infancia y la Adolescencia (IBSMIA)- Hospital Universitari Son Espases.

Mónica Rodríguez Enríquez es residente de Psicología Clínica del Hospital Universitari Son Espases y doctoranda del Programa de Investigación Translacional en Salud Pública y Enfermedades de Alta prevalencia (Universitat de les Illes Balears).

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