por Helio Carpintero, Academia de Psicología de España

La noticia ha sacudido con violencia  el árbol ya frondoso de la psicología española. El fallecimiento del Dr. Vicente Pelechano, en su hogar de Tenerife, nos ha sorprendido a casi todos, y luego la sorpresa se ha tornado en una cierta desolación.  Su personalidad llena buena parte de la historia reciente de la psicología española, a la que dedicó todos sus esfuerzos e ilusiones desde su primera juventud.

Lo conocí, hace ya muchos años, a mediados de los años 70, recién retornado él a España tras unos años de ampliación de estudios en Alemania, tras sus estudios de magisterio y de filosofía, en donde había encontrado un primer maestro, Jose Luis Pinillos, al que de un modo u otro permaneció vinculado el resto de su vida.  Este, precisamente, le había redirigido a Alemania, al Instituto Max Planck de psiquiatría, de Munich, donde Pelechano encontró un segundo maestro, Hans Brengelmann,  que le abrió nuevos horizontes, y se confirmó su orientación en psicología:  un estudio riguroso de los procesos comportamentales, a través de los cuales se formaba la personalidad individual.

Vicente Pelechano

Se incorporó a la universidad, en Madrid, y puso toda su energía en promover la puesta en marcha de los estudios universitarios de psicología, que acababan de crearse, y que demandaban la colaboración de cuantos pudieran asumir tareas de docencia y formación en un campo en que la demanda estudiantil exigía profesores, recursos y toda la compleja infraestructura que había de hacer  posible la formación científica especializada.

Pelechano había asumido plenamente la necesidad de trabajar en psicología con el máximo rigor posible, combinando la precisión conceptual con el estudio experimental.  Y, abriendo un estilo que iba a conservar ya luego, se preocupó por hacer llegar a nuestro mundo ideas que circulaban en la vanguardia científica internacional, y que no habían terminado de incorporarse a nuestros círculos de trabajo. Creo que en unas breves páginas, de 1970, sobre “Empirismo radical y psicología objetiva. Notas de psicología teórica”, está ya plenamente dibujada su figura personal:  rigor, innovación, internacionalismo, y crítica personal de las ideas. Esta, y otras páginas iniciales, hoy conservadas en la Revista de Psicología General y Aplicada, pueden ayudar a trazar los comienzos de la ampliación del horizonte científico de la psicología española, más allá de las cuestionas más pragmáticas y aplicadas.

En esa línea de innovación y rigor, Pelechano encontró pronto el que había de ser su primer rol a cumplimentar:  la incorporación a nuestra tradición de la psicología funcionalista, que giraba en torno al estudio de las facultades mentales, de una nueva corriente, ya entonces  bien madura y pasada por críticas y reformas fuera de España, que entre nosotros “brillaba por su ausencia”; me refiero a la psicología de la modificación de conducta.

Pudo abanderar la nueva corriente desde la universidad de La Laguna, donde fue primero como profesor agregado, en 1974, y enseguida como catedrático, en 1975, y allí también inició una segunda línea de actividades en que ejerció una influencia sobresaliente: la modernización de nuestra bibliografía psicológica. Para empezar, allí fundó  en 1975  una revista, Análisis y modificación de conducta, que ha sido un elemento esencial  en el desarrollo y consolidación de la investigación clínica y conductual en nuestro país. Luego, escribiría manuales, promovería ediciones de trabajos de colaboradores, e impulsaría la creación de una editorial, “Alfaplús”, que canalizaba y consolidaba su influencia en el mundo de las publicaciones.

Cuando, en otros lugares, los estudios de psicología fueron igualmente creciendo y consolidándose, y, en particular, cuando eso ocurrió en la universidad de Valencia, una honda raíz suya personal y familiar le animó a trasladar su campo de acción a la ciudad del Turia, no lejos de su Algemesí natal, donde por entonces vivía su madre, una mujer del campo de extraordinario empuje, que le había traspasado el impulso hacia el trabajo y la vida esforzada. Pude contribuir a su traslado, de varios modos, y entre otras cosas, logramos que la revista se reubicara en la facultad valenciana, a donde llegó a la cátedra de psicología evolutiva, y terminó siendo el catedrático de psicología de la personalidad. Su labor, aquí, resulta casi inabarcable: aprendizajes, terapias, deficiencia mental, fracaso escolar, miedos, y tantos temas más que le interesaron. Cierto que su capacidad para formar equipos de trabajo, y formar discípulos y colaboradores, hizo posible la expansión de sus investigaciones y de sus empresas científicas. Quiero recordar aquí una de ellas, la Reunión Internacional de Psicología Científica que tuvo lugar en Alicante en 1981, y que se inició, increíblemente, el 25 de febrero de aquel año, cuando estaban aún frescos en todos los oídos los sonidos de los tanques militares que habían circulado por Valencia el 23-F, y toda la increíble parafernalia del frustrado golpe de estado de aquella fecha. He dicho en alguna ocasión que aquella fue tal vez la ocasión en que se dio de alta la nueva psicología que se estaba haciendo en las universidades españolas, en estrecha colaboración internacional. En Alicante estábamos innumerables españoles, con Pelechano y Pinillos a la cabeza, y también figuras como Joseph Wolpe, D. Meichenbaum, Hans Eysenck, J.Cautela, M. Mahoney, H. Brengelmann, J.M. Rodríguez Delgado, entre otros, dispuestos a trabajar y discutir de temas científicos en medio de un país recién salido de la convulsión política más importante que amenazó la nueva democracia. La reunión fue un éxito, aunque no fue seguida de ninguna otra, y la Sociedad Valenciana de Modificación de Conducta, que Pelechano había fundado y desde ella activado la reunión, también terminó por desvanecerse.

Pelechano era una persona inquieta, necesitada de ilusiones relacionadas con la investigación y la ciencia, a las que había puesto su vida. Necesitaba vislumbrar nuevos horizontes que atrajeran su curiosidad y su preocupación. La universidad de La Laguna, donde estuvo  su primera cátedra, le animó a volver para hacer nuevas cosas. La propuesta le sedujo, y se marchó a las islas, donde además iba a encontrar un nuevo horizonte sentimental y familiar muy positivo.

También su horizonte intelectual fue cambiando. Volvió a pensar acerca de la personalidad,  y, en tiempos recientes, ello le llevó a preocuparse por el sentido y realidad de la sabiduría, en una aproximación hecha desde bases empíricas: evaluaciones biográficas, cuestionarios, refranes, incluso aplicación de instrumentos, como su original inventario denominado “¿Cómo soy de sabio?”…  Con la crisis del conductismo, Pelechano no sólo retornó al estudio de la mente, sino que sintió la inquietud por conocer los más altos modos de la misma, la mente sabia, una meta, pienso yo, que le venía incitando y solicitando desde los días iniciales de su existencia de colegial del famoso Colegio de San Juan de Ribera, de Valencia, centro impulsor de grandes universitarios, al que siempre se sintió  sentimentalmente ligado.

Y en La Laguna ha pasado sus últimos años, trabajando, y, creo que hay que decir, también sufriendo. Porque una serie de problemas somáticos, con trasplantes, hospitalizaciones, dolor y sufrimiento se le vinieron encima, y hubo de soportarlos, tal vez  con sabiduría estoica, sin duda con fortaleza personal.

En el marco general de la historia de nuestra psicología, tras el impulso inicial de nuestros pioneros – los discípulos y colaboradores de J. Germain, esto es, JL.Pinillos, M. Yela, M. Siguan y F. Secadas, básicamente -, llegó la hora a los discípulos de estos, los primeros  profesores y fundadores de departamentos universitarios, y luego de Facultades, que han dotado a nuestra ciencia y a nuestro mundo profesional del armazón formativo necesario para su desarrollo.

Quienes hemos estado, por fortuna, ahí desde la primera hora, sabemos bien cuánta ilusión y cuánto esfuerzo ha habido que derrochar para ir construyendo el mundo científico  y profesional que es hoy nuestra psicología.  Y en este grupo de colegas, docentes e investigadores, Vicente Pelechano se ganó por méritos propios un lugar señero y destacadísimo, que resultaba visible desde todos los lados, y desde el cual iba marcando pautas de trabajo, de estudio, de implicación social, de formación de profesionales. Para muchos, su figura es no sólo la de un profesor, sino la de un referente esencial acerca de la propia manera de concebir la psicología.

Admirador de su obra y de su pasión por el conocimiento, discrepante a veces en pequeñas historias de la vida cotidiana de la universidad, he mantenido con él una honda amistad, llena no obstante de silencios. Hace un par de años, la relación se reavivó, y conseguí que en menos de un mes escribiera su autobiografía, interesantísima, que hoy se encuentra en nuestra Revista de Historia de la Psicología (2013), y permite ver su personalidad al trasluz.

He  ido viendo crecer con el tiempo su figura que va a ser, estoy seguro, una de esas enormes  a cuyos hombros, como decía el pensador medieval Bernardo de Chartres, se suben los discípulos  para ver más lejos y seguir avanzando en la tarea inacabable de  explorar la realidad.