Ana León Mejía y Maialen Gorosabel Odriozola

Open University (Reino Unido) y Universidad Internacional de la Rioja

Decía el escritor de la antigua Roma, Publio Siro, que es más cruel temer a la muerte que morir. Crueldad a la que sumamos el dolor que nos produce perder a nuestros seres más queridos. Los niños no escapan a estos temores y sufrimientos, pero tienen menos herramientas cognitivas y emocionales que los adultos a la hora de enfrentarse al duelo. Por este motivo, es vital que padres y maestros ayuden a los más pequeños cuando tengan que enfrentarse a una muerte cercana. Y no es posible realizar esta tarea si no comprendemos cómo se enfrentan los niños a la muerte y qué necesitan de nosotros para que su duelo no sea patológico.

En primer lugar, debemos saber que el miedo a la muerte es adquirido y que, inevitablemente, los niños van a tener contacto con la muerte cotidianamente, pues escuchan las noticias, tienen mascotas que mueren, y observan este fenómeno en películas y dibujos animados. Así que el primer consejo para los mayores es abordar este tema directamente, y con sensibilidad, cuando el niño lance una pregunta o se cuestione qué es morir. Pero, ¿cómo explicarlo?

Tradicionalmente desde la psicología se ha subestimado el poder de los niños para entender conceptos fundamentales en la comprensión de la muerte como la irreversibilidad, universalidad y causalidad. Investigaciones recientes señalan que los niños sí son capaces de comprender que la muerte es un final (irreversible), que afecta a todos (universal) y que tiene que ver con el cese de las funciones corporales (causalidad). Así que estos son los elementos que debemos recoger en nuestra explicación.

Por otra parte, los más pequeños tienden a tomarse todas las cosas que les dicen sus mayores literalmente, así que debemos tener cuidado a la hora de enmascarar los hechos o usar metáforas que puedan confundirle (por ejemplo, el abuelito está durmiendo). Sin embargo, tampoco debemos ser excesivamente crudos para no violentar su pensamiento mágico, con lo cual lo deseable es hablarle con sensibilidad, pero evitando usar expresiones que dificulten la comprensión del fenómeno. Y debemos hacerlo sin olvidar incluir en la conversación los factores de irreversibilidad, universalidad y causalidad que mencionábamos anteriormente.

Una vez superada la fase de explicación debemos lidiar con el duelo, que es un proceso de aceptación de la muerte que se extiende en el tiempo. Aunque los niños no exteriorizan sus emociones como lo hacen los adultos, sí pasan por procesos de duelo, que de no ser superados desencadenan procesos patológicos, en los que es frecuente observar estos síntomas:

  • Llanto excesivo y prolongado en el tiempo.
  • Rabietas frecuentes y prolongadas.
  • Cambios extremos en la conducta y retraimiento prolongado.
  • Cambios evidentes en el rendimiento escolar.
  • Parasomnias frecuentes, tales como pesadillas o terrores nocturnos.
  • Apatía, falta de interés o motivación, insensibilidad.
  • Pérdida de peso y apetito.
  • Dolores de cabeza recurrentes.
  • Pensamientos negativos sobre el futuro o falta de interés por el mismo.

Además, existen distintos estilos a la hora de experimentar un duelo patológico. Así, tan perjudicial es prolongar en exceso los síntomas negativos que experimentamos durante el afrontamiento de la muerte (duelo crónico), como experimentar una reacción emocional insuficiente en el momento de la pérdida, ya que los síntomas harán aparición más tarde (duelo retrasado). Y, en esta misma línea, igualmente de nocivo es la experimentación de los síntomas del duelo en exceso, lo cual produce problemas de conducta y sensación de desbordamiento (duelo exagerado), como no relacionar a las emociones y problemas de salud y conducta con la pérdida sufrida (duelo enmascarado). Si conocemos estos distintos tipos de duelo, y estamos atentos a los indicadores señalados anteriormente, podremos identificar cuándo un niño no está procesando bien los acontecimientos.

¿Qué actuaciones pueden ayudar a superar un proceso de duelo? Hay diversas actividades y rituales simbólicos que pueden ayudar a los niños pequeños en esta difícil tarea. Lo fundamental es atender a la expresión y gestión emocional que debemos abordar desde un punto de vista lúdico.

En esta última fase resulta fundamental la colaboración entre familias y escuela, ya que estos son los dos agentes primarios de socialización del niño. Desde la escritura de cartas, dibujos, realización de murales y jardines de homenaje, pasando por los cuentos y las actividades de psicomotricidad, relajación y expresión emocional, el abanico es amplio. Sin embargo, es difícil que padres y maestros improvisen un protocolo de actuación que sea efectivo y esté coordinado.

Por esta razón, sería beneficioso que este protocolo existiera con anterioridad y pudiera ponerse en marcha rápidamente en caso de fallecimiento de un familiar cercano, un maestro, un compañero de colegio, etc. También es bueno que tenga una parte preventiva donde se aborde la pedagogía de la muerte con el fin de prepararles en el futuro cuando deban enfrentarse con la muerte. Dicho protocolo debe perseguir los siguientes objetivos:

 

Contamos con una propuesta, que hemos desarrollado las autoras de este artículo, para llevar a cabo en centros de educación infantil, la cual puede ser consultada gratuitamente, de modo que los centros escolares puedan aplicarla, y los padres puedan extraer un conocimiento más detallado sobre el afrontamiento de la muerte en los más pequeños y posibles líneas de actuación. Dicha aportación recoge algunas de las recomendaciones más sencillas y valiosas realizadas por expertos en esta materia, compilando en un sencillo protocolo los pasos más importantes que debemos seguir para ayudar a los más pequeños, desde la comunicación de la noticia, hasta el proceso de duelo.

El artículo completo puede encontrarse en la Revista Psicología Educativa:

Gorosabel-Odriozola, M. y  León-Mejía, A. (2016). La muerte en educación infantil: algunas líneas básicas de actuación para centros escolares, Psicologiìa Educativa 22, 103–111, http://dx.doi.org/10.1016/j.pse.2016.05.001.

Ana León Mejía. Es profesora de psicología en el Departamento de Psicología de la Educación y Psicobiología de la Facultad de Educación de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). En la actualidad también investiga en el grupo para la prevención de la ciberviolencia y acoso escolar Cyberbullying-Out.

 

Maialen Gorosabel Odriozola. Es graduada en Educación Infantil y Primaria, especialista en pedagogía de Emmi Pikler, Loris Malaguzzi y metodología de bosquescuela. Actualmente trabaja como coordinadora de distintos servicios de ocio y tiempo libre educativo en la asociación Txatxilipurdi Elkartea.

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