La Agencia de Noticias de la Universidad de Granada, C@mpus Digital  publicaba el día 15 de febrero que un grupo de científicos de la Facultad de Psicología de esta universidad habían llevado a cabo una investigación sobre el miedo y el estrés causado tanto en niños hospitalizados (hasta un máximo de 6 días) como en sus padres.Los autores de esta investigación ofrecen a Infocop On-Line algunos aspectos relacionados sobre esta investigación.

Antonio Fernández Castillo es doctor en Psicología por la Universidad de Granada, donde es profesor del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, impartiendo docencia sobre aspectos psicológicos en relación con diversidad educativa. Ha sido psicólogo del Área de Bienestar Social del Excmo. Ayuntamiento de Granada y director de un proyecto de inserción social y educativa dentro de los programas de Escuelas Taller y Casas de Oficios.

 
     

Isabel López Naranjo es licenciada en Psicología por la Universidad de Granada y diplomada en Enfermería por la Universidad de Málaga. Cuenta con una amplia experiencia en atención pediátrica desde el contexto sanitario y psicológico. En la actualidad trabaja en la unidad de Obstetricia y Ginecología del Hospital Comarcal de Antequera, Málaga.

Antonio Fernández Castillo e Isabel López Naranjo

La experiencia de hospitalización sigue siendo en la actualidad una circunstancia que implica, por regla general, una activación ante la percepción de una situación como amenazante e incluso atemorizante, asociándose, así mismo, a perturbaciones en los procesos de adaptación personal. En el caso de la infancia, además se suele presentar con niveles significativos de miedo y ansiedad. Todo ello en una situación de pérdida de salud y en un marco contextual desconocido donde se pierde la intimidad o donde las demandas comportamentales pueden ser, en ocasiones, poco agradables para el individuo.

A pesar de que en el momento actual la hospitalización infantil tiene una duración relativamente breve, (5 días de media), no deja de ser una circunstancia donde las alteraciones emocionales tanto en padres como, sobre todo, en los propios niños hospitalizados, son significativas y así han sido evidenciadas por diversos autores (Trianes, 2002).

A lo largo de una serie de investigaciones, nuestro trabajo presenta ciertas novedades de interés, primero por centrarnos tanto en diversos aspectos de la alteración emocional infantil durante la hospitalización, concretamente el miedo y el estrés, como por la exploración de la asociación con el estrés percibido por los padres. También son novedosos los datos que hemos obtenido en relación con diversas variables sociales y personales paternas asociadas al estrés por hospitalización y, sobre todo, por el análisis de la transmisión y contagio de emociones entre padres e hijos durante esta experiencia.

En los estudios se ha tenido en cuenta a pacientes pediátricos hospitalizados hasta un máximo de seis noches. Entre los resultados destaca que la presencia de estrés, en función de la duración de la estancia hospitalaria, crece rápidamente a partir del segundo y tercer día de hospitalización, y tiende a mantenerse en los días posteriores. El estrés, por tanto, se incrementa tras la primera noche, observándose una posterior sensibilización a la estancia hospitalaria. Paradójicamente, dormir sólo una noche en el centro sanitario es la posibilidad menos estresante, pues a partir de la segunda noche se produce un incremento significativo del estrés, que se mantiene a lo largo del periodo de tiempo estudiado. La interacción con el ambiente hospitalario, con el personal y con los procedimientos diagnósticos y terapéuticos, la separación del contexto social y familiar habitual, aparte de otras circunstancias personales, podrían ser razones explicativas. A su vez, los niños en la infancia temprana, entre los 4 y 6 años de edad, se estresan significativamente más que los adolescentes. Éstos últimos tienen más conocimiento de la situación, y cuentan con más estrategias para afrontarla.

Con objeto de conocer las causas que originan estrés en estos pacientes, se han analizado diferentes tipos de miedos específicos y, en esta línea, nuestros resultados concuerdan con las conclusiones de diversos autores (por ejemplo Méndez, 2002). La naturaleza y severidad de la enfermedad que padece el niño puede ser para él un acontecimiento especialmente traumático, debido a que su concepto de sufrimiento y su interpretación de los procedimientos médicos, están cargados de tintes emocionales, siendo generadores de miedo. De los tipos de miedos estudiados en nuestras investigaciones, el "miedo al daño corporal" afecta más a los niños pequeños, mientras que en los mayores, además del anterior, se incluye el "miedo a la muerte". En general, el miedo a la violencia física y a los lugares cerrados, resultaron ser menos estresantes.

En la serie de investigaciones se ha prestado atención igualmente a la presencia de estrés en los padres de los pacientes pediátricos. El ingreso de un hijo en el hospital, resultó ser "muy o extremadamente estresante" para casi el 70% de los padres.

Figura 1.- Distribución del grado general de estrés paterno por hospitalización infantil.

Sin embargo, este grado de estrés disminuye a medida que el nivel de estudios de los padres es mayor. Esto podría explicarse porque los padres con mayor formación académica entienden mejor la situación, así como la información recibida por el personal sanitario (Fernández-Castillo y López-Naranjo, en prensa).

De entre los "factores estresantes" que se han considerado en el estudio, los cambios observados en el hijo como consecuencia de la enfermedad (cambios y síntomas específicos: debilidad, palidez, fiebre, dolor, etc.) y las alteraciones en los roles y en la vida diaria (por ejemplo, tener que pernoctar fuera de casa, repercusiones en la vida laboral y profesional, no poder atender al hijo como se desearía, etc.), son los que más explican el estado de estrés de los padres. También son importantes aspectos como la espera de la información, el trato humano recibido por los profesionales sanitarios, etc. Aunque por otro lado, los datos reflejan una confianza total en el personal sanitario, pues su comportamiento profesional no es una fuente relevante de estrés.

Como aspectos aplicados, consideramos que se deben favorecer los canales de comunicación entre el personal del contexto hospitalario y los familiares de los pacientes, así como con el propio niño, ya que esto contribuirá a reducir el estado de ansiedad familiar. El apoyo social que la familia pueda obtener durante el proceso de enfermedad del hijo y, sobre todo, a lo largo de la hospitalización, es también un factor importante de cara a la reducción de alteraciones emocionales tanto en los padres como en los hijos.

Tendríamos que enfatizar la importancia de posibles programas de preparación psicológica ante estas experiencias (Ortigosa y Méndez, 2000), así como la implicación de los padres en las iniciativas que se lleven a cabo. Tales intervenciones habrán de sensibilizar a los padres sobre cómo su propia alteración emocional puede afectar a la de sus hijos o sobre cómo ser modelos adaptativos para ellos en relación con comportamientos y estrategias de afrontamiento específicas.

Es importante subrayar la necesaria potenciación y promoción de intervenciones psicopedagógicas durante la hospitalización, por ejemplo, a través de las aulas hospitalarias (López-Naranjo y Fernández-Castillo, en prensa a). Por una parte, como mecanismos dirigidos a cubrir las necesidades educativas especiales, pero también como recurso desde el cual se pueden trabajar, tanto cuestiones adaptativas y comportamentales, como de forma específica aspectos lúdicos o la reducción de la alteración emocional.

Nuestro estudio nos evidencia igualmente la necesidad de incorporar a los padres en la valoración del miedo y el estrés durante la hospitalización infantil, a tenor de la influencia y afectación mutua entre padres e hijos.

De un tiempo a esta parte se han llevado a cabo esfuerzos considerables desde las instituciones sanitarias por mejorar el ambiente hospitalario, sobre todo en las plantas de pediatría. Los cambios son claros; no sólo en la decoración, que permite que el ambiente sea más acogedor, sino en muchos detalles que hacen más agradable la estancia de los niños, como el acceso a aulas hospitalarias, la estancia de un progenitor en la habitación del menor, la elección de comidas, etc. Y aunque cada vez resulta más evidente la implicación del personal sanitario en la reducción de la alteración emocional en los niños hospitalizados, se deben enfatizar los esfuerzos por garantizar tanto los canales de comunicación como las interacciones positivas entre los pacientes y los profesionales del ámbito hospitalario y de la salud (López-Naranjo y Fernández-Castillo, en prensa b).

Para concluir, destacaríamos la importancia de una intervención psicológica en estos contextos y situaciones. Las iniciativas dirigidas a reducir problemas de comportamiento infantil (Fernández-Castillo, 2002), así como las alteraciones emocionales o incluso la afectación mutua negativa entre padres e hijos durante la hospitalización infantil, habrían de tomar en consideración aspectos del contexto clínico y hospitalario que provoquen malestar innecesario. Y en ese sentido, enfatizar la importancia de incluir las ayudas médicas, psicológicas, sociales y educativas que puedan optimizar las experiencias de hospitalización. 

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