En los últimos veinte años, el fenómeno de la preocupación ha suscitado un considerable interés académico y profesional. Este reavivado tópico representa un nuevo acercamiento a la intrincada relación entre los procesos cognitivos y los emocionales, y también al papel que desempeña el lenguaje interno en los procesos de solución de problemas. Además, al hilo de esta línea de investigación empiezan a aparecer programas de intervención más específicos y eficaces ante la preocupación disfuncional. No obstante, la utilización científica del término preocupación conlleva algunas dificultades.

José María Prados Atienza es Doctor en Psicología y profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Fiel partidario de la integración de las diferentes áreas de conocimiento psicológico, su interés actual se centra en el estudio de los procesos de pensamiento y lenguaje, y su implicación en las perturbaciones emocionales, bien sean transitorias o crónicas. Ofrece a continuación un pequeño artículo sobre el estado actual de la cuestión.

José María Prados Atienza

Universidad Complutense de Madrid

jmpatienza@psi.ucm.es

 

    José Ortega y Gasset

Decía nuestro Ortega y Gasset en su Investigaciones Psicológicas que "para que un problema sea científico son menester dos condiciones: que la ciencia lo permita, y que la ciencia lo exija". Pues bien, durante las dos últimas décadas se ha generado una línea de investigación en torno a un fenómeno tan fácil de constatar como difícil de estudiar: la preocupación. Esta línea de estudio, que cada vez aglutina a más autores, en principio parece provechosa para la Psicología básica en tanto que proporciona un nuevo acercamiento a la intrincada relación que subyace entre los procesos cognitivos y los estados afectivos, y también respecto al papel que desempeña el lenguaje natural interno en los procesos de solución de problemas.

De igual forma, también parece útil para la Psicología aplicada, puesto que son muchos los trastornos en los que la preocupación está presente o es consustancial a ellos, como es el caso del trastorno por ansiedad generalizada o la hipocondría. Así, y retomando la sentencia de Ortega, el estudio de la preocupación se ha convertido en uno de los problemas científicos que más interés parece suscitar en los últimos años dentro de nuestra disciplina.

Pero la investigación de este fenómeno acarrea inicialmente algunas dificultades que deben señalarse y resolverse. Una de las más graves, tal como se aprecia en la literatura especializada, es el solapamiento conceptual del término preocupación con otros vocablos. A esta cuestión ya le hemos dedicamos cierto tiempo y espacio. En concreto, en un artículo reciente exploramos las relaciones entre el término preocupación y el término ansiedad (Prados, 2005). Como es sabido, para algunos autores la preocupación no es sino un estado de ansiedad. Si es así, ¿por qué distinguir entre ansiedad y preocupación? Por otro lado, es igualmente conocido que muchos especialistas coinciden en que no debe utilizarse el constructo ansiedad de forma unidimensional, sino que se ha de especificar el tipo de reacciones concretas que se producen y ante qué situaciones; aún así, también bajo esta perspectiva teórica existe cierta controversia sobre si la preocupación equivale al "componente cognitivo" de la ansiedad, o si tan sólo es una "respuesta" más dentro de dicho componente. Pero, ¿qué ventajas e inconvenientes proporciona esta consideración? ¿Es acertado concebir el complejo fenómeno de la preocupación como una "respuesta"?.

La revisión que llevamos a cabo en nuestro artículo fue doble. Por un lado, repasamos la evolución histórica del término preocupación en la literatura psicológica, y por otro, evaluamos los resultados de ciertas investigaciones que nos parecieron esclarecedoras. A continuación, resumiremos algunas de las observaciones y conclusiones a las que llegamos (Prados, 2005).

Un breve repaso histórico del término preocupación

La distinción entre los términos preocupación y ansiedad era evidente en la literatura científica de principios del siglo XX. De hecho, parecía seguir la tradición etimológica. Según indagó Corominas (1976), el vocablo preocupación proviene de la forma latina praeoccupatio y se utilizaba para designar la "ocupación" del pensamiento con algo indeseable, mientras que el término ansiedad procede de la palabra anxietas, y se empleaba para designar una sensación molesta de "estrechez" o "estrangulamiento". De esta forma, tanto las primeras observaciones clínicas sobre el tema (Saleeby, 1907), como las primeras investigaciones (Lunger y Page, 1939), concebían la preocupación como un estado cognitivo y la ansiedad como un estado emocional perturbador, posible consecuencia del primero.

Pero con la traducción al inglés de las primeras obras de Freud y sus discípulos se produjo un cambio significativo. El concepto central de angustia (angst), de larga tradición filosófica luterana, y referido a un tipo de sentimiento causado instintiva e inconscientemente (vid. Freud, 1917/1984), se traduce inicialmente como "ansiedad". Con ello, este último vocablo adquiere nuevos usos semánticos y también cierta unidimensionalidad. Por ansiedad empieza a entenderse no sólo diferentes tipos de reacciones, sino también una variable central de la personalidad, e incluso un trastorno. Esto acabó generando un círculo vicioso. Por ejemplo, algunos autores entendían la preocupación como un estado de ansiedad, pero por estado de ansiedad se entendía, entre otras cosas, "un estado de preocupación" (p.ej., Spielberger, 1985, p. 176).

Aunque algunos autores, de hecho, cuestionaron el estatus científico del término ansiedad, debido a la multiplicidad de significados que éste empezaba a tener, una solución provisional que se adoptó fue considerarlo de forma multidimensional, en función del tipo de reacciones que se experimentan ante determinadas situaciones.

En primer lugar, varios investigadores habían observado que, por ejemplo ante un examen, algunas personas sienten únicamente molestias físicas (p.ej., aceleración cardiaca, malestar estomacal, etc.), mientras que en otras aparecen pensamientos anticipatorios relacionados con un posible suspenso, etc. Sin negar que la mayoría de las personas podemos experimentar tanto síntomas físicos como ciertas anticipaciones, lo que interesó a los especialistas fue si tan diversas manifestaciones influían por igual en el rendimiento (Liebert y Morris, 1967).  

     

Bajo esta perspectiva, se postula que el constructo ansiedad hace referencia a dos componentes: uno fisiológico-emocional, y otro cognitivo, que se identificaría con el concepto de preocupación.

De modo independiente, otros autores como Peter Lang propusieron que el constructo ansiedad debía desglosarse, al menos, en tres factores: el fisiológico, el motor, y el verbal, dentro del cuál habría que ubicar las "quejas de preocupación" (Lang, 1985, p. 133). A esta perspectiva tridimensional se han sumado numerosos autores, aunque el factor "verbal" inicial se ha ampliado a un factor cognitivo general. En esta concepción, la preocupación se considera una respuesta más dentro de dicho componente cognitivo.

Es evidente que la consideración multidimensional del constructo ansiedad conlleva indudables ventajas, especialmente para la evaluación. Pero también tiene limitaciones innegables (vid. Hugdahl, 1981). Por citar alguna importante, podríamos decir que acarrea el riesgo de confundir antecedente y resultado. De otro modo, y en palabras de Albert Bandura:

"obstaculiza los análisis teóricos significativos de sus orígenes y funciones [...]. Si consideramos el miedo como una serie de pensamientos temerosos, será imposible demostrar la afirmación de que los pensamientos generan miedo, puesto que ambos se han convertido en una misma cosa" (Bandura, 1987, p. 202).

Respecto a lo que nos ocupa aquí, lo relevante sería no tanto decir que la preocupación es una respuesta de tipo cognitivo, sino explicar cómo se produce y por qué. Por otro lado, y como expondremos en el siguiente epígrafe, considerar como "respuesta" un fenómeno cognitivo tan complejo como el que designamos con el término preocupación, es bastante simplista.

¿Qué indican los estudios?

Los estudios revisados nos permiten afirmar que el constructo preocupación puede considerarse un posible antecedente de estados afectivos negativos, en general (Gana, Martin y Canouet, 2001). Por otro lado, la inducción experimental de preocupación ha mostrado que aunque pensar en una preocupación personal puede generar un incremento en la puntuación del STAI-S, con preocupaciones muy frecuentes no se produce dicho aumento, quizá por un efecto de habituación (Prados, 2002). Es más, la investigación neurofisiológica señala que el fenómeno de la preocupación parece relacionarse menos con la activación del sistema nervioso autónomo que con la del sistema nervioso central (Thayer et al. 2000); en concreto, parece que genera una mayor activación del hemisferio frontal izquierdo (Carter, Johnson y Borkovec, 1986).

 

Una primera hipótesis ha consistido en describir el fenómeno de la preocupación como un proceso de solución de problemas en el que utilizamos de forma acusada nuestra capacidad lingüística (Borkovec, Ray y Stöber, 1998). Aunque dicha descripción no agota la realidad del fenómeno, sí ha sido utilizada por varios autores como argumento adicional en contra de la identificación con el constructo ansiedad, entendido de forma unidimensional (Davey et al. 1992). Además, también supone que el fenómeno de la preocupación es, inicialmente, un proceso constructivo. 

De hecho, algunos sujetos valoran la preocupación como algo positivo y útil (Freeston et al. 1994), y actualmente se está investigando la relación entre dicha valoración y ciertas patologías (Dugas et al. 1998; Harvey, 2003; Wells y Carter, 2001).

De igual forma, también parece interesante considerar dos tipos de creencias más: las referidas a las consecuencias negativas que puede tener preocuparse, y las referidas a la falta de control sobre el proceso (Wells, 2005). "Parece demostrado experimentalmente que el intento de controlar el pensamiento indeseado, intentando suprimirlo, puede generar un indeseable y paradójico efecto rebote (vid. Wenzlaff y Wegner, 2000). Por tanto, cabe suponer que es posible que este tipo de creencias se forme a partir de tentativas infructuosas de supresión" (Prados, 2005). La investigación reciente ha relacionado esta clase de creencias con ciertos desórdenes psicológicos, como el trastorno por ansiedad generalizada, el trastorno depresivo y el trastorno obsesivo-compulsivo, entre otros (Gwilliam, Wells y Cartwright-Hatton, 2004; Wells y Carter, 2001).

Algunas conclusiones

Aunque el estudio de la preocupación es un asunto de plena actualidad académica (McKay, 2005), sigue existiendo cierta confusión conceptual. Por ejemplo, para algunos la preocupación no es sino un estado de ansiedad. Pero dicha identificación, "cuyas razones históricas carecen del eco suficiente, no se corresponde ni con el origen etimológico de ambos conceptos ni con el conjunto de resultados empíricos presentados" (Prados, 2005). De igual forma, la concepción multidimensional del constructo ansiedad, pese a su interés, también presenta problemas teóricos. Entre otros, señalar que la preocupación es una "respuesta cognitiva" es decir bien poco. "En el fenómeno de la preocupación juegan un papel importante ciertos procesos de inferencia, pero también de anticipación, relacionados con los objetivos, valores y metas de la persona. De igual forma, en dicho fenómeno concurren procesos de búsqueda de soluciones, infructuosos o no. Por último, existe actividad metacognitiva implicada (conocimiento, evaluación y control de dichos procesos). Reducir todo ello al término "respuesta" resulta, cuando menos, forzado" (Prados, 2005). En cualquier caso, el conocimiento acumulado sobre el fenómeno está propiciando mejores y más eficaces programas de intervención, cuando éste se torna disfuncional (Dugas y Koerner, 2005), lo cual subraya, no obstante, la utilidad de esta línea de investigación.

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