De acuerdo con la concepción del TDAH como trastorno del neurodesarrollo, el niño diagnosticado así tendría un trastorno mental o incluso, como se dice a veces, una enfermedad del cerebro. Sin negar que este diagnóstico pueda referirse a un problema real, los críticos ponen en entredicho que su realidad haya de concebirse como una enfermedad cerebral o trastorno mental.

Así lo explica el profesor Marino Pérez Álvarez en un artículo recientemente publicado, a través del cual aborda el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, y detalla los puntos clave, alternativos al modelo biomédico, que pretendía desarrollar durante su ponencia de clausura de las V Jornadas de Infancia y Adolescencia ("Para rescatar a los niños del ‘fuego amigo’ que los diagnostica de trastornos mentales que no tienen: el ejemplo del TDAH"), programadas para el próximo mes de mayo en Málaga, y cuya celebración, como bien saben nuestros lectores, han sido prohibidas por el Ayuntamiento de Vélez-Málaga (a través de la Concejalía de Bienestar Social) y el Servicio Andaluz de salud (SAS), tras vetar en las mismas -y sin explicación alguna-, la participación de Marino Pérez.

Tal y como manifiesta en su artículo, los detractores de la etiología biologicista del TDAH entienden el problema, no como “una anormalidad del niño”, sino como un problema comportamental, “el cual se puede y debe abordar en el contexto escolar y familiar”, contando con las ayudas que sean necesarias y que, de acuerdo con el psiquiatra infantil británico Sami Timimi, se pueden proporcionar sin necesidad alguna de un diagnóstico psiquiátrico.

Esta controversia, señala, se da entre los mismos profesionales, en diferentes contextos de intervención, e incluso en el colectivo de padres. A este respecto, pone de manifiesto cómo los padres defensores del diagnóstico suelen estar organizados, mientras que “los otros padres no cuentan con el apoyo institucional”, dependiente, en estos casos, de la búsqueda de diagnóstico. En este sentido, lamenta que las ayudas que necesitan las familias y los centros escolares “se presten a costa del diagnóstico de trastorno mental”.

Empero, Marino Pérez, recuerda que esto no implica que no se deriven a una exploración pediátrica, psiquiátrica, neuropsicológica o psicológica “cuando parezca aconsejable”. Subraya aquí la relevancia de recordar los casos de falso diagnóstico, en los que un niño con posible TDAH “presenta en realidad un problema auditivo, de la vista, del sueño, emocional o neurológico”, y cita, a este respecto, al neurólogo estadounidense Richard Saul, quien considera que este diagnóstico “lo reciben niños normales que se distraen o son inquietos, o bien presentan otra problemática”.

Todo ello, teniendo en cuenta que dicho diagnóstico se basa en reportes subjetivos en torno al modo de actuar de los niños (si se distrae a menudo, no presta atención, se mueve en exceso, es impulsivo, etc.), test psicológicos u otras pruebas, “ninguna de ellas decisoria”, lo que avalaría la naturaleza imprecisa de este concepto.

Dado lo anterior, el profesor Marino Pérez resalta en su texto cuatro aspectos fundamentales “que pretendía desarrollar en las Jornadas vetadas”:

  • La insostenibilidad del diagnóstico de trastorno mental, tras una revisión de la literatura científica.

  • Planteamiento sobre el modo en que numerosos científicos y clínicos “sostienen a buena fe” dicho diagnóstico. Adoptando una perspectiva metacientífica, de filosofía de la ciencia, analiza las propias prácticas científicas y clínicas conforme se investiga y diagnostica el TDAH, y concluye que dichas prácticas tienden a ser autoconfirmatorias de las preconcepciones que se tienen, “impidiendo ver el problema de otra manera que no sea esa”.

  • Ofrece una concepción alternativa, no patologizante, en términos de estilo de personalidad y formas de vitalidad. Los niños-TDAH se caracterizan en esta perspectiva, más que por síntomas, por su vitalidad, energía, ritmo-rápido, curiosidad, creatividad y búsqueda de sensaciones, lo que, a su juicio, “no quita que estas cualidades (en general ventajosas) supongan también algún problema”.

  • Refiere una variedad de ayudas para el abordaje del problema, “cuando sea el caso en el contexto familiar y escolar donde éste se da, no en el cerebro del niño”, órgano vital al que, según afirma “no le pasa nada”.

Marino Pérez concluye su artículo reflexionando sobre la importancia de que las autoridades sanitarias estén abiertas a concepciones de este tipo, más económicas, y afirmando que esta postura, viene a rescatar a los niños “del 'fuego amigo' que, con las mejores intenciones, termina sin embargo por diagnosticarlos de un trastorno mental”, que, en su opinión, no tienen.

Fuente: Diario Sur

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