Tal y como publicaba el pasado miércoles el Diario Médico, en el mundo hay cinco millones de presos. Indicaba que, tan sólo en Estados Unidos, están recluidos dos millones de personas (700 por cada 100.000 habitantes); así como que, las cárceles españolas albergan a 63.000 presos (140 por cada 100.000 personas); de los cuales, el 30 por ciento son extranjeros y 5.000 mujeres.

En España, la estancia en prisión tiene un interés e intención rehabilitadoras, es por esta razón que se insiste en el cambio de conducta de los presos. Con el objetivo de favorecer este cambio conductual, se han propuesto e incluido actividades como el tratamiento psicológico en prisión, ofrecido a través de terapia individual y de grupo.

Según explicaba Juan Romero Rodríguez, psicólogo de la Prisión Provincial de Pamplona y autor del libro "Nuestros presos: cómo son, qué delitos cometen y qué tratamiento se les aplica" al diario digital, "un psicópata no tiene nada que ver con un agresor sexual, un ladrón o un traficante. Su problema es diferente y su diagnóstico y tratamiento deben estar adaptados".

Continuaba aclarando que, por ejemplo, en relación a la violencia doméstica, los agresores de sus esposas pueden permanecer encarcelados de uno a tres años. "En estos presos el tratamiento está dando buenos resultados. Hay que analizar con el interno por qué ha perdido el control y ha golpeado. Se intenta controlar la impulsividad y mejorar el sentimiento de empatía con la víctima. Un 40 por ciento de las personas encerradas por agresiones no acepta la terapia; creen que no han hecho nada y culpan a su esposa. Sin embargo, la reducción de los beneficios penitenciarios y, sobre todo, verse en un ambiente carcelario cuando él se consideraba una persona normal, ayudan a que se replantee su situación".

 

Explicaba Romero que, sin embargo, en el caso de traficantes, al igual que proxenetas y personas que trafican con inmigrantes, se da una situación en la que piensan que de no haber cometido ellos el delito lo hubiera hecho otra persona. "En estos casos las cortapisas morales que poseen todas las personas no han funcionado. El preso se considera un superviviente que cree que la vida es una jungla y él debe aprovecharse de los más débiles. La terapia se basa en la reestructuración de su moralidad".

Los dos casos seleccionados, ilustran con claridad la necesidad de adecuar los tratamientos psicológicos e intervenciones al tipo de perfil con el que se está trabajando, de forma que la intervención se oriente y adapte a las necesidades y características particulares de cada preso. Los psicólogos penitenciarios que tratan a estos reclusos, intentan realizar un diagnóstico preciso que permita delimitar los objetivos de intervención en cada caso y así ofrecer un tratamiento y herramientas que, junto con las medidas penales, permitan una modificación de la conducta.

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