Durante décadas, la investigación psicológica sobre el extremismo violento ha estado marcada por una dicotomía persistente: ¿presentan las personas extremistas violentas algún tipo de psicopatología o se trata de personas “normales” arrastradas por contextos sociales adversos? La revisión de Obaidi et Al. (2026), publicado recientemente en Nature Reviews Psychology, cuestiona este falso antagonismo y propone entender el extremismo violento a partir de diferencias individuales no patológicas, combinando modelos de personalidad con marcos explicativos centrados en procesos psicológicos.
Esta propuesta resulta especialmente relevante para la psicología aplicada, ya que desplaza el foco desde explicaciones simplistas hacia una comprensión más compleja y clínicamente útil del riesgo de la radicalización violenta.
Más allá de la psicopatología.
El artículo revisa evidencia que muestra que la enfermedad o los trastornos mentales no son un predictor general del extremismo violento. Aunque algunos trastornos aparecen con mayor frecuencia asociados a subgrupos específicos —como, por ejemplo, los actores solitarios (en inglés lone actors o lone-actor extremists, término usado para referirse a personas que cometen actos de extremismo violento de manera individual, es decir, sin formar parte operativa de una organización extremista estructurada ni recibir órdenes directas de un grupo)—, la prevalencia global de diagnósticos psicológicos o psiquiátricos entre personas involucradas en extremismo violento es comparable, o incluso inferior, a la de la población general.

Este hallazgo es clave para la psicológica: patologizar el extremismo no solo es empíricamente incorrecto, sino que puede reforzar estigmas y dificultar poner en marcha intervenciones preventivas eficaces. La pregunta que debemos hacernos no es quién está “enfermo”, sino por qué personas expuestas a contextos similares responden de manera tan distinta.
Factores de “atracción” y factores de “empuje”.
Los autores proponen distinguir entre dos grandes tipos de mecanismos psicológicos. Por un lado, los factores de atracción (pull factors, en inglés) explican por qué algunas personas interpretan experiencias de injusticia, exclusión o amenaza de forma especialmente activadora. No es la situación objetiva la que conduce al extremismo, sino su interpretación subjetiva, mediada por tendencias relativamente estables como la sensibilidad a la amenaza, la orientación a la victimización o la fuerza de la identidad grupal.
Por otro lado, los factores de empuje (push factors, en inglés) se refieren a disposiciones internas que llevan a algunas personas a buscar activamente entornos extremistas, incluso cuando la mayoría los evita. Entre estos factores se incluyen necesidades psicológicas crónicas —como la búsqueda de significado, reconocimiento, certeza o pertenencia— y estilos cognitivos caracterizados por la rigidez o la intolerancia a la ambigüedad.
Para los profesionales de la psicología, esta distinción permite comprender tanto la vulnerabilidad reactiva como la motivación proactiva hacia el extremismo violento.
El papel de la personalidad: Big Five y HEXACO.
Una de las aportaciones más relevantes del artículo es integrar estos procesos con modelos descriptivos de personalidad, en particular el Big Five y el modelo HEXACO. Lejos de presentar la personalidad como un destino fijo, los autores muestran que ciertos rasgos amplios organizan de manera coherente múltiples hallazgos previos.
De forma consistente, esta revisión identifica asociaciones entre el extremismo violento y la baja apertura a la experiencia, baja emocionalidad y baja honestidad-humildad. Estos rasgos no explican el extremismo por sí solos, pero ayudan a entender por qué algunas personas son más proclives a adoptar visiones rígidas del mundo, justificar la violencia contra exogrupos o priorizar el estatus y el reconocimiento sobre la empatía.
Esta integración resulta especialmente valiosa para evitar la fragmentación conceptual que ha caracterizado parte de la literatura, en la que constructos muy similares reciben nombres distintos según el modelo teórico que se utilice.
Integrar descripción y proceso: una ventaja aplicada.
El artículo subraya que los modelos de personalidad y los enfoques procesuales no compiten entre sí, sino que se complementan. Mientras los primeros permiten identificar predisposiciones estables, los segundos explican cómo y cuándo esas predisposiciones se activan en contextos específicos.
Desde una perspectiva aplicada, esta integración tiene implicaciones directas. Conocer las diferencias individuales permite la detección temprana del riesgo, el diseño de intervenciones más personalizadas y el desarrollo de estrategias preventivas que eviten enfoques indiscriminados basados en categorías sociales amplias. Además, los autores destacan que los rasgos de personalidad son modificables a largo plazo, lo que abre la puerta a intervenciones centradas en fomentar la flexibilidad cognitiva, la empatía y formas alternativas de satisfacer necesidades psicológicas básicas.
Relevancia para la práctica psicológica.
Para la psicología clínica, social y comunitaria, el trabajo publicado en Nature Reviews Psychology ofrece una base sólida para repensar la evaluación del riesgo de radicalización violenta. Su principal valor reside en mostrar que no basta con analizar el contexto ni con buscar diagnósticos, sino que es imprescindible comprender cómo interactúan los rasgos, necesidades y procesos psicológicos a lo largo del tiempo.
Esta perspectiva no solo puede mejorar la precisión teórica, sino reforzar, además, el papel de la psicología en el diseño de políticas preventivas y programas de intervención más éticos, eficaces y basados en evidencia, de cara a la prevención de la violencia y la radicalización.
Fuente.
Obaidi, M., Bergh, R., Benningstad, N. C. G., & Dovidio, J. F. (2026). Individual differences in violent extremism. Nature Reviews Psychology, 5(1), 29–46. https://doi.org/10.1038/s44159-025-00509-y
