La salud mental de niños, niñas y adolescentes en España muestra una ligera mejoría tras el impacto de la pandemia, pero sigue presentando cifras preocupantes de ansiedad, depresión, conducta suicida y autolesiones cada vez más tempranas. Esta es una de las principales conclusiones recogidas en el Informe «Salud mental en la población infanto-juvenil en España», elaborado por el grupo de investigación AITANA del Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia de la Universidad Miguel Hernández (UMH) y difundido a través del Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-Juvenil, a través del cual se analiza de forma longitudinal la evolución de los problemas emocionales en niños, niñas y adolescentes españoles, a través de cuestionarios autoinformados, e identifica los principales factores de riesgo y protección asociados a su bienestar psicológico.
El informe culmina un proyecto de investigación desarrollado entre 2022 y 2025 y financiado por la Generalitat Valenciana, en el que han participado más de 10.800 escolares de entre 8 y 18 años de toda España. A través de tres oleadas de evaluación realizadas entre principios de 2024 y otoño de 2025, el estudio ofrece una radiografía actualizada y rigurosa del estado de la salud mental infanto-juvenil tras el pico de malestar emocional asociado a la pandemia de COVID-19.

Descenso de síntomas, pero malestar persistente en la infancia y la adolescencia.
Como bien indican sus autores, la salud mental en la infancia y la adolescencia se ha convertido en una prioridad para la salud pública. Los resultados muestran que, aunque se observa un descenso progresivo de los síntomas de ansiedad y depresión a lo largo del periodo estudiado, los retos persisten. En 2025, uno de cada ocho niños y adolescentes presenta niveles elevados de ansiedad y alrededor del 5% muestra síntomas compatibles con depresión o problemas de la conducta alimentaria. Estos datos confirman que, pese a la tendencia descendente, el malestar emocional sigue afectando a una proporción significativa de la población infanto-juvenil.
En relación con la evolución de los problemas internalizados, el estudio constata que la mayor carga de sintomatología se concentró en la primera oleada, realizada a comienzos de 2024, con un descenso progresivo en las evaluaciones posteriores. Este patrón parece alinearse con la evidencia internacional que apunta a una reducción del impacto psicológico tras el periodo más crítico de la pandemia. No obstante, los autores subrayan que esta mejora no debe interpretarse como una normalización completa de la situación, sino como una estabilización en niveles aún preocupantes.
Ideación suicida y autolesiones en adolescentes: cifras alarmantes y comienzo antes de los 12 años.
Especial relevancia adquieren los datos relativos a la conducta suicida y las autolesiones no suicidas. El informe señala que aproximadamente uno de cada diez adolescentes afirma haber pensado en quitarse la vida «de forma más o menos estructurada», y uno de cada veinte reconoce haberlo considerado seriamente. Asimismo, en cada una de las oleadas del estudio, alrededor de uno de cada treinta adolescentes declara haber intentado quitarse la vida. Aunque la prevalencia de ideación e intento suicida muestra una ligera disminución con el paso del tiempo, los autores insisten en que estas cifras siguen siendo alarmantes.
En cuanto a las autolesiones no suicidas, uno de cada catorce adolescentes afirma haber pensado en hacerse daño sin intención de morir, y entre quienes han tenido estos pensamientos, alrededor del 70% reconoce haber llevado a cabo estas conductas al menos una vez en el último año. Uno de los hallazgos más preocupantes del informe es el adelanto de la media de edad de inicio de las autolesiones, que se sitúa antes de los 12 años, lo que refuerza la necesidad de intervenir en etapas cada vez más tempranas.
El análisis de los factores de riesgo y protección aporta claves fundamentales para la prevención y la intervención. El estudio pone de manifiesto la relación bidireccional entre los síntomas depresivos y los problemas familiares: mayores niveles de depresión predicen un aumento de la tensión y la incomprensión en el entorno familiar, y a su vez, un clima familiar deteriorado incrementa el riesgo de depresión a largo plazo.
Factores escolares, relacionales y de estilo de vida asociados al incremento de la sintomatología depresiva y ansioso-depresiva.
Del mismo modo, déficits en habilidades sociales y dificultades de integración con los iguales se asocian con un aumento de los síntomas depresivos con el paso del tiempo.
El ámbito escolar emerge también como un espacio clave en la comprensión del malestar psicológico y emocional. Los resultados indican que mayores síntomas depresivos se relacionan con un mayor rechazo hacia el entorno escolar y con peores resultados académicos, mientras que calificaciones más bajas predicen un aumento posterior de la sintomatología depresiva. De forma diferencial, la ansiedad muestra una relación distinta, asociándose en algunos casos con mejores resultados académicos, lo que refleja la complejidad de los vínculos entre bienestar psicológico y rendimiento escolar.
El estilo de vida y el uso de tecnologías de relación, información y ocio constituyen otro eje central del informe. El uso problemático de redes sociales se asocia de forma consistente con mayores dificultades emocionales a largo plazo, existiendo además una relación recíproca entre depresión y uso problemático de redes sociales.
En el caso de los y las adolescentes, el consumo de alcohol emerge como un predictor reciente de mayores síntomas ansioso-depresivos, una asociación que no se observaba con la misma claridad en oleadas anteriores y que apunta a cambios recientes en los patrones de riesgo.
Recomendaciones para reforzar la vigilancia epidemiológica y la prevención en salud mental infanto-juvenil, con psicología educativa basada en la evidencia en los centros escolares.
A partir de estos hallazgos, los autores del informe han formulado un conjunto de propuestas y recomendaciones dirigidas a distintos niveles de actuación.
En el ámbito de las administraciones públicas, se subraya la necesidad de implantar un sistema estable y homogéneo de vigilancia epidemiológica en salud mental infanto-juvenil que permita identificar tendencias, orientar políticas preventivas y mejorar la coordinación entre los sistemas educativo, sanitario y comunitario. Asimismo, se aboga por crear y reforzar servicios de salud mental para la infancia y la adolescencia, con un enfoque preventivo, comunitario y con presencia en los centros educativos.
En este punto, el informe pone el foco en el papel de los profesionales de bienestar emocional dentro del sistema educativo y plantea que los centros cuenten con perfiles de psicología educativa y preventiva, como garantía de una atención continuada y basada en la evidencia. A su juicio, la incorporación de este perfil en los centros educativos, evitaría la introducción aislada de proyectos externos sin respaldo empírico. A este respecto, recuerda que la adopción de modelos únicos basados en evidencia mejora la coherencia del centro y refuerza la acción tutorial. También facilita la formación en cascada y la participación de todo el personal, asegurando sostenibilidad y mejor adaptación a las necesidades del contexto escolar.
El documento insiste también en la importancia de implementar programas universales y selectivos de prevención desde la educación primaria, centrados en el desarrollo de habilidades de afrontamiento y regulación emocional, así como en regular y supervisar el consumo digital y el acceso a redes sociales en menores, retrasando aquellos usos de mayor riesgo. Del mismo modo, se plantea la necesidad de dotar a los centros educativos de profesionales especializados en bienestar psicológico y de reducir la proliferación de programas no evaluados científicamente.
Recomendaciones a psicología, salud mental y educación: detección temprana, escuela-familia y prevención de autolesiones y suicidio vinculadas a redes sociales.
Para los profesionales de la salud mental y la educación —entre ellos, los profesionales de la psicología que trabajan en detección, prevención e intervención con menores—, el informe recomienda priorizar la detección temprana y rutinaria de los síntomas internalizados, principalmente, entre los 10 y 12 años; fortalecer la alianza entre la escuela y la familia; atender de forma precoz las autolesiones y las micro-señales de riesgo asociadas al uso de redes sociales; e integrar programas de habilidades sociales y regulación emocional en la vida diaria de los centros. La formación del profesorado en detección temprana, competencias socioemocionales y prevención del suicidio se considera igualmente esencial.
Llamamiento a familias y comunidad: reducir estigma, supervisar el entorno digital y reforzar una respuesta preventiva y coordinada para proteger el bienestar psicológico infanto-juvenil.
Finalmente, el informe dirige recomendaciones a la población (familias, jóvenes y la comunidad), destacando la importancia de reducir el estigma, promover la búsqueda temprana de ayuda, supervisar activamente el entorno digital, cuidar la comunicación familiar y fomentar la vida social presencial y el ocio saludable. La observación atenta de las señales tempranas de malestar y el acompañamiento emocional sin minimizar ni alarmar se presentan como elementos clave de una respuesta comunitaria eficaz.
En conjunto, el Informe EMOChild ofrece una visión matizada y rigurosa de la salud mental infanto-juvenil en España: una realidad en la que se vislumbran signos de recuperación tras la pandemia, pero que sigue exigiendo una respuesta estructural, preventiva y basada en la evidencia para proteger el bienestar psicológico de niños, niñas y adolescentes y evitar que estos problemas se consoliden a lo largo del desarrollo vital.
En esa respuesta estructural, el documento sugiere que reforzar la prevención y la intervención pasa también por consolidar figuras profesionales estables en el entorno escolar, incluyendo perfiles de psicología educativa y preventiva, y por mejorar la coordinación entre educación, salud y comunidad.
Fuente.
Orgilés, M., Amorós-Reche, V., Morales, A. y Espada, J. P., (2025). Salud Mental en la Población Infanto-Juvenil en España: Resultados del Estudio Longitudinal EMOCHILD. Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia. Universidad Miguel Hernández. https://observainfancia.es/informes/
