La música puede activar los sistemas cerebrales de recompensa, favorecer la evocación de recuerdos autobiográficos, generar respuestas emocionales intensas y establecer una estrecha interacción entre los sistemas auditivo y motor. Sin embargo, no todas las personas experimentan el placer musical de la misma manera: alrededor de un 2% de la población podría presentar anhedonia musical, una característica por la que la música apenas produce placer pese a conservarse la capacidad de disfrutar de otras experiencias gratificantes.
Así lo explica Robert Zatorre, profesor del Departamento de Neurología y Neurocirugía de la Universidad McGill y titular de una Cátedra de Investigación de Canadá en Neurociencia Auditiva y Cognitiva del Instituto Neurológico de Montreal, en un episodio de Speaking of Psychology, el pódcast de la American Psychological Association (APA). El investigador analiza qué sucede en el cerebro cuando escuchamos, imaginamos o producimos música y qué puede aportar este conocimiento al desarrollo de intervenciones terapéuticas.
La música implica múltiples funciones cognitivas.
De acuerdo con Zatorre, una de las particularidades de la música es que no constituye únicamente un patrón de sonidos, sino una actividad humana compleja capaz de involucrar simultáneamente numerosas funciones cerebrales.
Reconocer una melodía, por ejemplo, requiere procesamiento auditivo, pero puede desencadenar al mismo tiempo un recuerdo asociado a una determinada etapa de la vida, permitir que la persona continúe escuchándola mentalmente cuando ya ha dejado de sonar, inducir movimientos acompasados y generar una respuesta emocional o placentera.
Por este motivo, el investigador considera que la música ofrece una vía especialmente rica para estudiar procesos relacionados con la percepción, la memoria, el movimiento, las emociones y el placer, así como las conexiones que se establecen entre ellos.

La música activa el sistema cerebral de recompensa.
Uno de los principales hallazgos de la investigación neurocientífica en este ámbito es que la música puede activar el mismo sistema cerebral de recompensa implicado en otras experiencias placenteras.
Según explica Zatorre, este circuito comprende diferentes estructuras cerebrales, entre ellas, el estriado, la corteza orbitofrontal, la amígdala y el área tegmental ventral, y está estrechamente relacionado con la actividad de las neuronas dopaminérgicas. Hace aproximadamente 25 años, su equipo observó mediante técnicas de neuroimagen que un estímulo abstracto como la música podía activar este sistema, conocido previamente por su respuesta ante recompensas primarias como la comida.
Investigaciones posteriores permitieron profundizar en el papel de la dopamina. Zatorre señala que los estudios realizados mediante tomografía por emisión de positrones permitieron medir esta respuesta química y que otros experimentos manipularon farmacológicamente los niveles de dopamina. Los resultados mostraron que incrementar la actividad dopaminérgica aumentaba el placer experimentado ante la música, mientras que inhibirla lo reducía.
Estos hallazgos plantean, según el investigador, una cuestión de especial interés para la neurociencia: cómo un sistema cerebral relacionado con mecanismos biológicos básicos de recompensa puede responder también a estímulos abstractos y culturales como la música y otras manifestaciones artísticas.
Entre la predicción y la sorpresa: una de las claves del placer musical.
No existe, según Zatorre, una pieza musical que pueda considerarse universalmente bella. Las preferencias musicales están fuertemente condicionadas por la cultura, que determina, entre otros aspectos, las escalas, los instrumentos, las estructuras rítmicas y las convenciones musicales con las que las personas se familiarizan.
Sin embargo, sí existiría un principio más general que puede contribuir a explicar por qué la música resulta placentera: el equilibrio entre la previsibilidad y la sorpresa.
El cerebro intenta constantemente anticipar qué sucederá a continuación y la música proporciona una sucesión temporal de elementos sobre los que pueden generarse expectativas. Una secuencia completamente predecible puede resultar poco estimulante, mientras que una sucesión totalmente aleatoria dificulta establecer expectativas. El placer surgiría, en buena medida, en un punto intermedio en el que existe suficiente estructura para anticipar lo que ocurrirá, pero también desviaciones capaces de sorprender.
Así, un acorde inesperado, un cambio de tonalidad o la aparición de una nueva voz pueden resultar especialmente placenteros, precisamente, porque modifican una expectativa previamente establecida. Zatorre relaciona este mecanismo con la respuesta dopaminérgica: cuando el resultado difiere de lo esperado de una manera gratificante, la dopamina desempeña un papel relevante en la experiencia de placer.
¿Por qué la música puede despertar recuerdos tan intensos?
La relación entre música y memoria constituye otro de los campos que están recibiendo una creciente atención científica, también por sus posibles aplicaciones en personas con alteraciones de memoria.
Zatorre vincula esta capacidad, al menos parcialmente, con el propio sistema de recompensa. La dopamina participa en los procesos de aprendizaje y en la codificación de información, de manera que los acontecimientos relevantes o gratificantes pueden consolidarse con mayor fuerza.
Cuando una determinada música acompaña a una experiencia emocionalmente significativa, la emoción generada por la propia música y la asociada al acontecimiento pueden favorecer el establecimiento de una asociación entre ambas. Esta sería una de las razones por las que una canción puede actuar posteriormente como una poderosa señal para recuperar recuerdos autobiográficos.
Anhedonia musical: cuando la música no produce placer.
Aunque el disfrute de la música está muy extendido, no es universal. Los trabajos desarrollados por Zatorre y su equipo a partir de cuestionarios administrados a numerosas personas, permitieron identificar que, aproximadamente, un 2% presenta anhedonia musical.
Estas personas apenas experimentan placer al escuchar música, aunque disfrutan con normalidad de otras experiencias gratificantes, como las interacciones sociales, la comida, las relaciones afectivas o determinadas actividades recreativas. Los experimentos realizados mediante neuroimagen mostraron, asimismo, una respuesta muy reducida del sistema cerebral de recompensa ante la música.
Según Zatorre, las investigaciones apuntan a una diferencia en la conectividad entre las regiones auditivas y el sistema de recompensa: las fibras de sustancia blanca que comunican ambos sistemas son menos robustas de lo habitual en las personas con anhedonia musical.
El investigador subraya, no obstante, que no debe considerarse necesariamente un trastorno. Las personas estudiadas suelen indicar que esta característica está presente desde que tienen memoria y muchas de ellas no la perciben como una dificultad en su vida. Zatorre plantea, por ello, que puede entenderse como parte de la neurodiversidad, aunque continúa investigándose hasta qué punto estas conexiones cerebrales podrían modificarse mediante la experiencia.
Una estrecha conexión entre escuchar y moverse.
La investigación muestra también una fuerte relación entre el sistema auditivo y el sistema motor. Según Zatorre, las oscilaciones cerebrales de las regiones encargadas de procesar el sonido y las relacionadas con el control del movimiento presentan una sincronización especialmente estrecha.
Esta conexión ayuda a comprender por qué escuchar música puede inducir espontáneamente movimientos como marcar el ritmo con el pie o balancear el cuerpo, pero también resulta fundamental para producir música.
Al tocar un instrumento se establece un proceso continuo de retroalimentación: los movimientos generan sonidos y, a su vez, la información auditiva permite modificar esos movimientos para aproximarse al resultado deseado. Se produce así un bucle constante entre percepción y acción, un mecanismo que también interviene en actividades como el habla.
El potencial de la música en la salud y la rehabilitación.
El conocimiento acumulado sobre estos mecanismos está comenzando a trasladarse de forma cada vez más sistemática al ámbito clínico. El investigador destaca el creciente interés por utilizar la música en contextos relacionados con la demencia, la enfermedad de Parkinson, el ictus, el dolor y otros procesos de rehabilitación.
Uno de los ámbitos actualmente investigados es el uso de la música para la analgesia y el control del dolor. Aunque ya existen evidencias experimentales de que puede resultar útil, todavía se está estudiando cómo funciona, en qué circunstancias y qué aproximaciones pueden resultar más adecuadas para diferentes tipos de dolor, como el dolor crónico o el asociado a una lesión.
Para Zatorre, uno de los cambios más relevantes de los últimos años es, precisamente, la mayor conexión entre la investigación básica y la práctica clínica. Comprender con mayor precisión la anatomía, la fisiología y el funcionamiento de los sistemas cerebrales implicados en la audición y la música puede contribuir a desarrollar intervenciones más específicas y fundamentadas científicamente.
La música integra percepción, movimiento, memoria, emoción y recompensa.
En este sentido, los avances en las técnicas de neuroimagen están permitiendo estudiar estructuras subcorticales muy pequeñas que anteriormente resultaban difíciles de observar y que procesan la información sonora antes de que alcance la corteza cerebral. Este conocimiento puede resultar relevante también para investigar problemas como la pérdida auditiva y sus efectos sobre la percepción musical.
En conjunto, las investigaciones expuestas por Zatorre muestran que la música constituye mucho más que una experiencia auditiva: pone en relación percepción, movimiento, memoria, emoción y recompensa, y ofrece un modelo especialmente valioso para comprender cómo interactúan diferentes sistemas cerebrales. Al mismo tiempo, avanzar en el conocimiento de estos mecanismos abre nuevas posibilidades para estudiar de manera rigurosa el potencial de la música en la salud y la rehabilitación.
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