Tal y como viene recogido en la Orden PCM/186/2022, de 11 de marzo, por la que se publica el calendario del período de la hora de verano correspondiente a los años 2022 a 2026, este domingo, 29 de marzo, se realizará la transición estacional, de acuerdo al calendario oficial europeo y para asegurar la uniformidad en todos los territorios del país. Con este ajuste, los relojes se adelantarán una hora, dando comienzo así el denominado «horario de verano», una práctica que se repite cada primavera en la mayor parte de Europa y que, desde hace años, viene suscitando un intenso debate científico, político y social sobre los verdaderos efectos del cambio de hora en la salud, el bienestar psicológico, la seguridad y el consumo energético (Debyser & Pape, 2020; European Parliament, 2026).
En el contexto de este debate, el Gobierno de España anunció en octubre de 2025 su intención de poner fin al cambio de hora estacional a partir de 2026, una decisión que se alinea con el debate público sobre sus implicaciones sanitarias, psicológicas y sociales.
Aunque el cambio de hora fue concebido originalmente como una estrategia para aprovechar mejor la luz natural y reducir el consumo energético, cada vez más investigaciones científicas advierten de que esta práctica puede tener consecuencias negativas para la salud y el bienestar, debido a la alteración que provoca en los ritmos circadianos humanos. En este contexto, son múltiples los expertos y sociedades científicas que defienden la conveniencia de eliminar los cambios estacionales de hora y mantener de forma permanente el horario estándar -equivalente al actual horario de invierno-, por considerarlo más acorde con la fisiología humana.
El origen del cambio de hora y el debate actual en Europa.
La idea de modificar el horario para aprovechar mejor la luz solar no es reciente. A finales del siglo XIX, el entomólogo neozelandés George Vernon Hudson propuso adelantar los relojes para disponer de más horas de luz durante la tarde, y a principios del siglo XX el británico William Willett promovió esta medida para favorecer las actividades al aire libre. Sin embargo, fue durante la Primera Guerra Mundial cuando varios países europeos introdujeron oficialmente el horario de verano como medida para ahorrar combustible y electricidad.
Con el paso de las décadas, el sistema se consolidó en gran parte del mundo. En la Unión Europea, se unificó por primera vez el horario de verano en 1980 para garantizar un enfoque armonizado del cambio de hora en el mercado único, ya que hasta entonces las prácticas y horarios nacionales divergían. La actual directiva sobre el horario de verano (Directiva 2000/84/CE) exige que los Estados miembros cambien al horario de verano el último domingo de marzo y vuelvan al horario estándar (conocido informalmente como horario de invierno) el último domingo de octubre, aplicándose así el cambio de hora de manera coordinada desde 1996 (European Parliament, 2026).

No obstante, en los últimos años, se ha intensificado el debate sobre su continuidad (Debyser & Pape, 2020; Time Use Initiative, 2023). A este respecto, en 2018, la Comisión Europea lanzó una consulta pública en la que participaron más de 4,6 millones de ciudadanos, una cifra sin precedentes en este tipo de procesos. El resultado fue contundente: el 84% de los y las participantes se mostró a favor de eliminar el cambio de hora estacional (Debyser & Pape, 2020; European Parliament, 2019; Föh et al., 2019).
A raíz de esta consulta, la Comisión Europea propuso suprimir los cambios estacionales de hora y permitir que cada Estado miembro decidiera si mantener de forma permanente el horario de verano o el horario estándar. El Parlamento Europeo apoyó esta propuesta en 2019, aunque su implementación se ha ido retrasando por falta de consenso entre los países (Debyser & Pape, 2020; Araújo et al., 2025).
Diversos informes del Time Use Laboratory (Barcelona, 2024) y del European Parliament Research Service subrayan que mantener un horario fijo podría mejorar la salud pública y la productividad, reducir la fatiga y favorecer la estabilidad emocional de la población.
Actualmente, el debate se centra en qué horario sería más adecuado desde el punto de vista social y sanitario. Para muchos especialistas en cronobiología y medicina del sueño, la respuesta es clara: el horario estándar o de invierno.
El huso horario que le corresponde a España.
Por posición geográfica, la mayor parte de la península ibérica (excepto las Islas Canarias) se encuentra en el huso horario UTC + 0. Ese es el horario solar «natural» según la longitud del meridiano de Greenwich, que atraviesa directamente Castellón, Zaragoza y Huesca.
Sin embargo, desde el año 1940, España continental (y Baleares) está en UTC + 1 (hora central europea, CET), y durante el horario de verano pasa a UTC + 2 (CEST). Esto significa que, en invierno, ya nos encontramos, de por sí, una hora adelantados respecto al sol, y en verano llegamos a ir dos horas adelantados, lo que supone una desincronización de hasta dos horas entre el reloj social y el reloj biológico.
Esta situación puede generar una mayor distancia entre el horario social y los ritmos biológicos humanos, lo que se ha relacionado con síntomas como sueño fragmentado, cansancio matutino, irritabilidad o dificultades de atención. Por lo tanto, sería deseable aproximarse al máximo al horario solar, es decir, al horario de invierno e, incluso, al horario que correspondería por huso horario.
Ritmos circadianos y adaptación biológica al tiempo solar.
De hecho, el principal argumento científico contra el cambio de hora se basa en el funcionamiento del reloj biológico humano. Los ritmos circadianos regulan numerosos procesos fisiológicos —entre ellos el sueño, la secreción hormonal, la temperatura corporal o el estado de alerta—, y están sincronizados principalmente por la luz natural (Föh et al., 2019; Rishi et al., 2020).
La exposición a la luz matinal actúa como el principal sincronizador del reloj biológico, ajustando el ciclo sueño-vigilia a las condiciones ambientales. Cuando se modifica artificialmente la hora oficial, se produce una desalineación entre el reloj social y el reloj biológico, fenómeno conocido como «desajuste circadiano» o circadian misalignment (Rishi et al., 2020).
El horario de verano, al retrasar el amanecer y aumentar la exposición a la luz en las horas nocturnas, tiende a desplazar los ritmos circadianos hacia más tarde, lo que dificulta el inicio del sueño y reduce el descanso nocturno. Según la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño (American Academy of Sleep Medicine, AASM), esta desalineación del horario de verano con la biología circadiana humana, puede provocar pérdida de sueño, fatiga y alteraciones en diversos procesos fisiológicos, con posibles consecuencias para la salud mental y la salud cardiovascular y metabólica (Rishi et al., 2020).
Por este motivo, esta organización científica ha recomendado eliminar los cambios estacionales de hora y adoptar permanentemente un horario estándar, fijo y vigente durante todo el año.
Impacto del cambio de hora en la salud.
Diversos estudios epidemiológicos han analizado las consecuencias sanitarias asociadas a las transiciones entre horario estándar y horario de verano. La evidencia acumulada sugiere que estos cambios pueden aumentar temporalmente el riesgo de determinados problemas de salud.
Investigaciones realizadas en distintos países han encontrado incrementos en la incidencia de infarto de miocardio durante los días posteriores al cambio de hora en primavera. En un amplio estudio sueco, por ejemplo, se observó un aumento significativo de casos de infarto en los tres días posteriores al adelanto del reloj, con incrementos que en algunos casos alcanzaban el 24 % (Föh et al., 2019).
También se ha detectado un aumento de hospitalizaciones por ictus en los días posteriores a los cambios de hora, sugiriendo una posible asociación entre las alteraciones en el sueño y en los ritmos circadianos y el riesgo de efectos cardiovasculares (Rishi et al., 2020).
Asimismo, algunos estudios han observado una mayor incidencia de episodios depresivos tras la transición al horario estándar en otoño, lo que sugiere que las variaciones abruptas en la exposición a la luz natural pueden influir en el estado de ánimo y la salud mental (Föh et al., 2019; Neumann, 2024).
Los cambios de hora también se han relacionado con alteraciones del sueño y con un fenómeno conocido como «jet lag social», que describe la discrepancia entre los horarios biológicos y los horarios sociales impuestos por el trabajo o la escuela (Rishi et al., 2020). Este desajuste crónico se ha asociado con mayor riesgo de obesidad, síndrome metabólico, enfermedad cardiovascular y depresión.
Efectos en el sueño, el rendimiento y la seguridad.
Además de las consecuencias fisiológicas, el cambio de hora puede afectar al rendimiento cognitivo y a la seguridad. La pérdida de una hora de sueño en primavera se ha vinculado con disminuciones en la atención, la memoria y la capacidad de concentración (Rishi et al., 2020; Barnes & Wagner, 2006).
Este efecto puede ser especialmente relevante en adolescentes, quienes presentan de forma natural cronotipos más tardíos. En ellos, el retraso del amanecer asociado al horario de verano puede agravar el déficit de sueño y afectar al rendimiento académico (Ekmekcioglu et al., 2019; Neumann, 2024).
Asimismo, algunos estudios han detectado un aumento de accidentes de tráfico en los días posteriores al cambio de hora en primavera, posiblemente, debido a la fatiga y a la reducción del tiempo de sueño. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha estimado un incremento de hasta el 6% en los accidentes mortales tras el adelanto del reloj. Sin embargo, otros trabajos sugieren que, a largo plazo, el horario de verano podría reducir ciertos tipos de accidentes al aumentar las horas de luz durante la tarde, cuando se concentra una parte importante del tráfico (Rishi et al., 2020).
El debate sobre el ahorro energético.
El argumento histórico que justificó la implantación del horario de verano fue el ahorro de energía. La idea era que, al disponer de más luz natural en las horas de actividad, se reduciría el uso de iluminación artificial.
Sin embargo, la evidencia científica actual indica que estos ahorros son modestos o incluso inexistentes. Un metaanálisis que examinó 44 estudios concluyó que el cambio horario reduce el consumo energético en torno a un 0,34% de media, una cifra considerada muy pequeña y dependiente de factores geográficos como la latitud (Föh et al., 2019).
Otros estudios han mostrado que el ahorro en iluminación puede verse compensado por un mayor uso de calefacción o aire acondicionado, sobre todo, en contextos climáticos extremos (Araújo et al., 2025). Además, los patrones de consumo energético han cambiado notablemente desde que se introdujo el horario de verano. Hoy en día, gran parte de la energía se destina a climatización y dispositivos electrónicos, por lo que el impacto de la iluminación artificial es relativamente menor.
Investigaciones recientes sobre edificios comerciales indican que el cambio de hora puede alterar los patrones de consumo energético, afectando a sistemas de iluminación, climatización y ventilación, aunque los resultados varían considerablemente según la región y el tipo de edificio (Araújo et al., 2025).
Un fenómeno con implicaciones sociales y económicas.
Más allá de sus posibles efectos sobre el consumo energético, el cambio de hora también ha sido analizado desde perspectivas sociales y económicas. Algunos estudios han señalado que el aumento de luz vespertina podría tener determinados efectos sociales, mientras que la pérdida de sueño asociada a las transiciones horarias puede afectar al rendimiento y a la toma de decisiones (Barnes & Wagner, 2006; Rishi et al., 2020).
En conjunto, la evidencia científica muestra que el impacto del cambio de hora es complejo y multidimensional, con efectos que varían según el contexto geográfico, climático y social.
¿Horario de verano u horario de invierno?
Ante este panorama, muchos especialistas en cronobiología sostienen que, si se elimina el cambio de hora, la mejor opción sería mantener permanentemente el horario estándar o de invierno.
Según diversos investigadores, este horario permite una mayor exposición a la luz natural por la mañana, lo que facilita la sincronización del reloj biológico y favorece un sueño más saludable. Por el contrario, un horario de verano permanente retrasaría el amanecer durante buena parte del año, lo que implicaría comenzar las jornadas laborales y escolares en condiciones de oscuridad durante más tiempo, aumentando la desalineación entre el reloj biológico y los horarios sociales (Ekmekcioglu et al., 2019; Neumann, 2024).
Desde esta perspectiva, mantener el horario estándar podría contribuir a mejorar la calidad del sueño, el rendimiento cognitivo y el bienestar general de la población.
Una decisión aún pendiente.
A pesar del amplio debate científico y político, la eliminación del cambio de hora en Europa sigue pendiente de decisión. Mientras tanto, los relojes seguirán adelantándose cada primavera y retrasándose cada otoño.
No obstante, el creciente consenso entre especialistas en medicina del sueño, cronobiología y salud pública sugiere que la discusión sobre el futuro del horario estacional continuará en los próximos años.
La cuestión de fondo no es solo qué horario resulta más conveniente desde el punto de vista económico o social, sino cuál se ajusta mejor al funcionamiento del organismo humano. Y, según una parte cada vez mayor de la comunidad científica, la respuesta apunta hacia el mismo lugar: el horario estándar o de invierno.
Se pueden consultar todas las referencias aquí.
