El bienestar social, psicológico y emocional de los y las adolescentes ha empeorado de forma significativa durante la última década en la mayoría de los países de la OCDE. Cada vez más jóvenes presentan una menor satisfacción con su vida, peor salud mental y un mayor malestar psicológico, en una etapa del desarrollo caracterizada por profundos cambios físicos, cognitivos, psicológicos y sociales que incrementan su vulnerabilidad. No obstante, este deterioro no afecta por igual a chicas y chicos: mientras que las adolescentes presentan con mayor frecuencia baja satisfacción vital, soledad, ansiedad, depresión, autolesiones, insatisfacción corporal y niveles elevados de estrés, ellos, por su parte, muestran una mayor prevalencia de trastornos de conducta, comportamientos agresivos y antisociales, peleas, acoso, ciberacoso y otras conductas de riesgo, además de una probabilidad notablemente mayor de morir por suicidio.
Así lo señala la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Organisation for Economic Co-operation and Development), en un nuevo informe, donde analiza datos comparativos internacionales, principalmente, sobre adolescentes de entre 11 y 15 años, procedentes del Portal de Datos sobre Bienestar Infantil de la OCDE. Su objetivo es aportar evidencia para diseñar estrategias de promoción del bienestar adolescente adaptadas a las diferentes necesidades de chicas y chicos, examinando también la influencia de las normas de feminidad y masculinidad y de los entornos familiar, escolar, comunitario y digital.

La adolescencia, una etapa clave para la salud mental y el bienestar psicológico.
Tal y como señala el informe, la adolescencia constituye un periodo decisivo para el desarrollo ya que el bienestar social y emocional durante esta etapa influye en la salud mental y física, el bienestar subjetivo, la estabilidad económica y la empleabilidad en la edad adulta. También las experiencias que viven los y las adolescentes en la familia, la escuela, la comunidad y los entornos digitales desempeñan un papel determinante tanto en la aparición de riesgos como en el desarrollo de factores de protección.
De acuerdo con los datos, los y las adolescentes de hoy presentan, en prácticamente todos los países miembros, menores niveles de satisfacción con la vida y peor salud mental que hace una década. A este respecto, se observa que entre los años académicos 2013-2014 y 2021-2022, la proporción de adolescentes de 11, 13 y 15 años con baja satisfacción vital aumentó un 40% en el promedio de la OCDE. Durante el mismo periodo, el porcentaje que declaró haberse sentido decaído, irritable o nervioso más de una vez por semana creció más de un 50%, hasta alcanzar al 26%.
La OCDE recuerda, además, que la adolescencia es el periodo en el que aparece con mayor frecuencia el primer trastorno de salud mental, alcanzando el riesgo máximo alrededor de los 15 años, tanto en chicas como en chicos. Por ello, considera esencial reforzar la prevención y la detección precoz del malestar psicológico antes de que las dificultades se cronifiquen o den lugar a problemas de mayor gravedad.
Las chicas presentan un mayor deterioro del bienestar psicológico y más problemas internalizantes.
Las diferencias entre chicas y chicos son amplias. Según el índice de bienestar WHO-5, el 44% de las chicas de entre 11 y 15 años presenta un bajo bienestar psicológico, frente al 23,5% de los chicos. Asimismo, ellas tienen entre 1,65 y 2,5 veces más probabilidades de declarar baja satisfacción con su vida.
El 36% de las chicas afirman haberse sentido decaídas, irritables o nerviosas más de una vez por semana durante los seis meses anteriores, frente al 17% de los chicos. También refieren sentimientos de soledad con mayor frecuencia: en los 28 países de la OCDE con datos disponibles, el 22% manifiesta haberse sentido sola la mayor parte del tiempo o siempre durante el último año, frente al 10% de los chicos.
En las chicas predominan los problemas internalizantes, es decir, aquellos en los que el malestar y las emociones negativas se dirigen hacia una misma, como la ansiedad, la depresión, la baja autoestima y las autolesiones. De hecho, tienen, aproximadamente, un 70% más de probabilidades de presentar trastornos de ansiedad y casi el doble de probabilidades de desarrollar trastornos depresivos.
Las diferencias son todavía mayores en los trastornos de la conducta alimentaria: entre los 10 y los 19 años, las chicas tienen más de tres veces más probabilidades de desarrollarlos. También presentan más conductas autolesivas. El informe advierte, no obstante, de que estas pueden permanecer ocultas o infradeclaradas entre los chicos cuando se interpretan como accidentes o consecuencias de peleas.
Más problemas externalizantes y conductas agresivas entre los chicos.
Los chicos presentan con mayor frecuencia problemas externalizantes, en los que las emociones y el malestar se expresan mediante conductas dirigidas hacia otras personas o el entorno. Entre ellas, se encuentran los trastornos de conducta, la agresión, el comportamiento antisocial, la delincuencia, las peleas, los robos y el acoso.
En promedio, 32 de cada 1.000 chicos de entre 10 y 19 años presentan un trastorno de conducta, frente a 18 de cada 1.000 chicas. El 14% de los chicos de 11, 13 y 15 años declara haberse involucrado en peleas físicas al menos tres veces durante el año anterior, frente al 6% de las chicas. Asimismo, el 21% afirma haber acosado a otros estudiantes, frente al 13% de ellas, y el 14% reconoce haber participado en ciberacoso, en comparación con el 8% de las chicas.
Las conductas de riesgo no siguen, sin embargo, un patrón uniforme. Casi uno de cada tres estudiantes europeos -el 31%-, declara haber tenido algún episodio reciente de consumo intensivo de alcohol durante los 30 días anteriores, con diferencias variables entre países. La brecha más marcada aparece en el juego: entre quienes han apostado durante el último año, el 28% de los chicos muestra un comportamiento indicativo de juego excesivo, frente al 10% de las chicas.
El suicidio adolescente: perfiles de riesgo diferentes en chicas y chicos.
El suicidio constituye otra diferencia fundamental. Aunque las chicas presentan más autolesiones e intentos de suicidio, los chicos tienen 2,76 veces más probabilidades de morir por suicidio en los 11 países de la OCDE con datos disponibles. En la Unión Europea, el suicidio representa la segunda causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años.
La OCDE señala, asimismo, que los factores asociados al riesgo suicida presentan diferencias entre chicas y chicos. En las adolescentes, destacan los síntomas depresivos y la exposición a la violencia interpersonal, mientras que en los chicos adquieren mayor relevancia los problemas de conducta, la desesperanza y el acceso a medios letales. El informe añade que las causas de esta diferencia aún no se conocen completamente, aunque señala que las normas restrictivas de masculinidad, al desalentar la expresión emocional y la búsqueda de ayuda, pueden actuar como una importante barrera para solicitar apoyo y recibir atención.
Diferencias en las competencias socioemocionales y la experiencia académica.
La OCDE también identifica diferencias en las competencias socioemocionales y las habilidades de afrontamiento. A los 15 años, los chicos informan de mayor regulación emocional, resistencia al estrés, energía, confianza y sociabilidad, mientras que las chicas muestran niveles superiores de tolerancia, empatía, responsabilidad y motivación de logro.
Solo el 14% de las chicas de 15 años presenta valores elevados de resistencia al estrés, frente al 39% de los chicos. Además, el 55% de las chicas de 13 y 15 años refiere un nivel alto de estrés percibido, en comparación con el 35% de ellos.
La presión académica constituye otro factor relevante. El 22% de las chicas de 11, 13 y 15 años dice sentirse muy agobiada por el trabajo escolar, frente al 13% de los chicos. Aunque ellas suelen obtener mejores resultados cognitivos, se sienten menos preparadas para su futuro tras finalizar los estudios: así lo declara el 55%, frente al 62% de los chicos.
Estos últimos, en cambio, presentan un menor compromiso académico, peores resultados medios en lectura, matemáticas y ciencias y más repetición de curso —11%, frente al 8% de las chicas—. Las normas masculinas asociadas a la autosuficiencia, el distanciamiento emocional y la búsqueda de estatus pueden reducir su disfrute escolar y dificultar que soliciten ayuda al profesorado.
El impacto de los estereotipos, la imagen corporal y el acoso.
Las normas rígidas de feminidad y masculinidad pueden limitar la expresión emocional, aumentar el malestar psicológico y dificultar la construcción de una identidad positiva. Aunque proporcionan referencias durante el desarrollo, también pueden imponer expectativas contradictorias y, en algunos adolescentes, la adhesión a estas normas puede funcionar como una forma de afrontamiento ante dificultades familiares, sociales o escolares.
En las chicas, las presiones relacionadas con la apariencia, la perfección y la sexualización intensifican la insatisfacción corporal. Entre adolescentes de 15 años de siete países, el 43% de ellas está descontenta con su apariencia, frente al 24% de los chicos. Una imagen corporal negativa se relaciona con menor autoestima y bienestar, mayor malestar, síntomas depresivos y trastornos de la conducta alimentaria.
La sexualización y el acoso sexual también afectan a la salud mental, la percepción de una misma, la participación escolar y la libertad para expresarse. El informe los vincula con ansiedad, depresión, estrés postraumático, autolesiones, consumo de sustancias y dietas perjudiciales.
Entre los chicos, las normas que ensalzan el dominio, la dureza, el control emocional y la violencia pueden fomentar la agresión, las peleas y el rechazo de la vulnerabilidad. También actúan como barrera para buscar atención psicológica, incluso cuando aparecen ansiedad, depresión, estrés, baja autoestima o riesgo suicida.

La familia como factor de protección frente al malestar psicológico adolescente.
Ante este escenario, la OCDE insiste en que los problemas de salud mental y bienestar adolescente no pueden abordarse únicamente desde los servicios sanitarios. Considera necesario adoptar un enfoque preventivo, integral y multisectorial que implique de forma coordinada a las familias, los centros educativos, los servicios de salud, las comunidades y los entornos digitales, prestando especial atención a la detección temprana del malestar psicológico y a las distintas formas en que este se manifiesta en chicas y chicos.
Con relación a la comunicación familiar, el 42% de las chicas afirman que no puede hablar con sus progenitores o padrastros sobre cuestiones que realmente le preocupan, frente al 26% de los chicos.
Las relaciones familiares sólidas y el apoyo parental actúan como factores de protección. En cambio, las dificultades en las relaciones familiares, la presión excesiva, el rechazo o la desatención parental se asocian con menor bienestar, ansiedad, delincuencia y un aumento de los problemas internalizantes y externalizantes. La pobreza y el estrés económico también pueden deteriorar la calidad de las interacciones familiares y aumentar los problemas emocionales y de conducta.
El papel de la escuela y la comunidad en la prevención y el apoyo psicológico.
En los centros educativos, las relaciones positivas con docentes y compañeros reducen el malestar emocional y fortalecen la resiliencia. En cambio, el bullying y la presión académica excesiva se relacionan con menor bienestar, ansiedad, depresión e ideación suicida. Cabe destacar que las cifras revelan que el 6% del alumnado de 11, 13 y 15 años sufre acoso escolar al menos una vez por semana.
Aunque el número de programas evaluados rigurosamente sigue siendo limitado, la evidencia disponible indica que los programas universales de aprendizaje social y emocional bien implementados pueden contribuir a prevenir la ansiedad y reducir el bullying. Los programas psicoeducativos centrados en las emociones, la salud mental y las habilidades de afrontamiento también pueden mejorar el bienestar. Para quienes presentan mayores necesidades, la OCDE plantea intervenciones más intensivas y específicas dentro de un sistema coordinado y escalonado de apoyo. Asimismo, señala como prácticas prometedoras las consultas gratuitas con profesionales de la salud mental, los centros juveniles de acceso directo y las herramientas de apoyo online.
La colaboración entre docentes y profesionales de la salud mental permitiría mejorar la respuesta de los centros, establecer mecanismos claros de derivación y coordinar la atención con los servicios sanitarios y sociales.
El informe también considera necesario crear barrios seguros, espacios comunitarios supervisados y oportunidades de participación y voluntariado que fortalezcan el sentido de pertenencia y las relaciones con personas adultas de confianza.
Riesgos digitales diferenciados y necesidad de entornos online seguros.
Por último, advierte de riesgos digitales diferenciados. Las chicas están más expuestas al ciberacoso, el acoso sexual online, la difusión no consentida de imágenes íntimas, las presiones sobre la apariencia y los estándares de belleza irreales. Los chicos, por su parte, presentan una mayor exposición a contenidos misóginos y hostiles hacia las mujeres y a espacios digitales que trivializan o respaldan conductas antisociales y violencia de género. No obstante, el informe advierte de que todavía se necesita más investigación para determinar sus efectos sobre el comportamiento fuera de Internet.
Ante esta situación, la OCDE pide entornos digitales seguros desde su diseño, regulación de las plataformas, protección de la privacidad, sistemas accesibles de denuncia y alfabetización digital. Asimismo, considera prioritario reforzar la investigación sobre las intervenciones eficaces, adaptar las políticas a la edad y a las diferentes vulnerabilidades de chicas y chicos y garantizar un acceso temprano y coordinado al apoyo psicológico antes de que las dificultades se agraven.
Se puede acceder al informe completo desde la página web de la OCDE o bien directamente aquí.
