Más allá del último sangrado: comprender la menopausia como proceso vital complejo
01 Sep 2026

El día 18 de octubre se conmemora el Día mundial de la menopausia, una transición universal por la que atraviesa, aproximadamente, la mitad de la población mundial. Actualmente más de 1.500 millones de mujeres mayores de 40 años se encuentran o están a punto de entrar en esta etapa vital. Esto la convierte en una experiencia de enorme relevancia psicológica, sanitaria y social que, sin embargo, ha sido abordada históricamente, y casi de forma exclusiva, a través en su dimensión endocrina y ginecológica. La revisión de Thurston et al. (2025) propone conceptualizar la menopausia como una transición simultáneamente biológica y psicológica, caracterizada por la interacción dinámica entre cambios hormonales, procesos emocionales, cognitivos y factores socioculturales.

Desde la psicología, esta reconceptualización es importante, ya que la experiencia menopáusica no puede entenderse únicamente como una consecuencia del descenso estrogénico, sino como un fenómeno complejo atravesado, además, por la historia personal, el contexto social y el significado cultural.

¿Qué es la menopausia y cuándo comienza?

La menopausia no es un evento súbito, sino un proceso progresivo que forma parte del envejecimiento reproductivo femenino. Desde el punto de vista clínico, se define retrospectivamente tras doce meses consecutivos de amenorrea sin otra causa médica que lo explique. La edad media de aparición de la menopausia natural en países occidentales se sitúa alrededor de los 51 años, aunque existe una variabilidad considerable —habitualmente entre los 45 y los 55 años— influida por factores genéticos, ambientales y de salud general (Thurston et al., 2025).

La transición menopáusica, también denominada perimenopausia, puede comenzar varios años antes del último periodo menstrual y se caracteriza por irregularidades en el ciclo, fluctuaciones hormonales marcadas y aparición progresiva de síntomas. Durante esta etapa se producen cambios significativos en los niveles de estradiol y hormona foliculoestimulante (FSH), con descensos abruptos de estrógenos en la fase tardía de la transición y en los primeros años posteriores al cese definitivo de la menstruación (Thurston et al., 2025). Es importante subrayar que la menopausia es un diagnóstico retrospectivo y biológico, pero su vivencia es anticipatoria y psicológica, ya que los síntomas pueden aparecer años antes del último sangrado.

Prevalencia y expresión sintomática.

Los datos actuales muestran que la sintomatología asociada a la menopausia es frecuente, aunque heterogénea. Según la evidencia disponible hasta el 75% de las mujeres refiere síntomas vasomotores, tales como sofocos y sudoraciones nocturnas; entre el 40% y el 60% alteraciones del sueño; del 45% al 68% presenta incremento de síntomas depresivos durante la perimenopausia; entre el 44% y el 62% reporta dificultades cognitivas subjetivas —frecuentemente descritas como “brain fog” (niebla mental y dificultad para pensar o recordar)—; y alrededor del 48% informa de cambios en la función sexual (Thurston et al., 2025; Badawy et al., 2024).

Foto: Freep!k. Autoría: Freep!k. Descarga: 11/02/2026.

Paralelamente, la evidencia indica, además, que los síntomas interactúan de manera bidireccional. Por ejemplo, os sofocos se asocian con una mayor probabilidad de estado de ánimo deprimido, y, a su vez, la presencia previa de sintomatología depresiva aumenta la percepción de intensidad y malestar asociado a los sofocos (Thurston et al., 2025). De forma similar, el insomnio actúa como un mediador parcial entre síntomas vasomotores y malestar emocional. La experiencia menopáusica, por tanto, no puede reducirse a una lista de síntomas y hacerlo con esa mirada supone simplificar el impacto de esta transición y su significado. Se trata de una etapa en donde aparece un entramado complejo en el que biología y psicología se retroalimentan en diferentes sentidos.

Vulnerabilidad psicológica y factores de riesgo.

Uno de los hallazgos más consistentes es que la menopausia constituye una ventana de vulnerabilidad de aparición de síntomas psicológicos en algunas mujeres. Por ejemplo, aquellas con historia previa de depresión presentan hasta trece veces más riesgo de desarrollar sintomatología depresiva clínicamente significativa durante esta transición (Thurston et al., 2025). Asimismo, la carga severa de síntomas vasomotores, el estrés vital, la precariedad económica y la sobrecarga de cuidados a terceros incrementan la probabilidad de malestar emocional.

La investigación emergente sobre trauma añade, igualmente, una dimensión muy relevante. La historia de abuso infantil o violencia interpersonal se asocia con mayor carga sintomática, peor calidad del sueño y mayor riesgo cardiovascular en la mediana edad (Thurston et al., 2025), es decir, una historia previa de trauma se asocia con mayor sintomatología y más grave. Estos datos cuestionan cualquier interpretación puramente hormonal y obligan a incorporar como parte de la atención a esta etapa la biografía psicológica como una variable central en la evaluación clínica.

Además, las desigualdades estructurales atraviesan, también, la experiencia de la menopausia. Las mujeres con niveles socioeconómicos más bajos presentan mayor prevalencia y severidad de síntomas, lo que vuelve a mostrar que la menopausia no es únicamente un evento biológico, sino también una experiencia socialmente condicionada (Thurston et al., 2025), lo que hace que los enfoques psicológicos y sociales sean particularmente relevantes de cara a esta etapa.

Factores de protección y potencial de crecimiento.

Frente a la narrativa exclusivamente patológica que, en ocasiones, se encuentra en la literatura, la evidencia muestra que la menopausia también puede ser un periodo de bienestar y crecimiento personal. Las actitudes positivas hacia el envejecimiento, una mayor resiliencia, una alta autoestima, la regulación emocional y el apoyo social –particularmente de las amigas– se asocian con menor carga sintomática y mayor satisfacción vital (Thurston et al., 2025). Muchas mujeres describen este cambio como un momento de redefinición identitaria, liberación respecto a la menstruación y mayor autoafirmación.

Este doble carácter de la menopausia —vulnerabilidad y oportunidad— refuerza la necesidad de un abordaje psicológico que evite posibles presuposiciones enfocadas en el déficit y que reconozca la diversidad de trayectorias y experiencias, así como que fomente aquellas variables amortiguadoras y de protección.

Invisibilización histórica y silencio cultural.

Pese a su universalidad, la menopausia ha sido históricamente invisibilizada en el discurso público y científico. La escasez de formación específica de los y las profesionales sanitarios -incluidos los psicólogos y psicólogas- y la limitada investigación longitudinal robusta reflejan esta desatención (Thurston et al., 2025). Muchas mujeres comunican que los síntomas que refieren han tendido a ser minimizados o atribuidos exclusivamente al “estrés”, la “edad” u otros factores, sin que se hayan escuchado de manera genuina sus experiencias y sin que se les haya ofrecido un marco adecuado y una ayuda o apoyo ajustados a las necesidades reales.

De hecho, el modelo biomédico clásico ha conceptualizado la menopausia como un “déficit hormonal”, reforzando una visión del cuerpo femenino como carente o deteriorado al llegar a esta etapa, mientras modelos como el de empoderamiento, propuesto por Hickey et al. (2024), aboga por devolver agencia a las mujeres –que sean un sujeto activo de decisión, interpretación y manejo de su experiencia y no un objeto pasivo de intervención médica–, promover la provisión de información basada en la evidencia y abandonar los enfoques paternalistas.

Medicalización y riesgo de patologización.

En los últimos años se observa, asimismo, una creciente y oportunista tendencia a la medicalización de la menopausia. El desarrollo de nuevos tratamientos farmacológicos para síntomas vasomotores y la expansión de discursos comerciales dirigidos a las mujeres de mediana edad, lejos de buscar el empoderamiento, pueden contribuir a una patologización excesiva de esta transición natural, en una búsqueda de rendimientos puramente económicos.

Si bien la terapia hormonal y otros fármacos son herramientas útiles algunos casos, la evidencia indica que es necesario realizar una valoración individualizada y favorecer la toma de decisiones informada (Thurston et al., 2025). Reducir la experiencia menopáusica a un desequilibrio hormonal puede disfrazar o invisibilizar otros determinantes psicológicos y sociales que necesitan atención y promover que se propicien intervenciones -médicas y/o farmacológicas- innecesarias.

Desde una perspectiva crítica, el desafío consiste en evitar tanto la minimización que históricamente ha vivido la menopausia y la experiencia de las mujeres durante esta transición, como la sobrerreacción farmacológica contemporánea, promoviendo decisiones informadas, contextualizadas y centradas en la persona.

Intervenciones psicológicas basadas en evidencia.

La terapia cognitivo-conductual (TCC) se ha situado como una de las intervenciones con mayor respaldo empírico para la reducción del malestar asociado a síntomas vasomotores y para el abordaje del insomnio y la sintomatología depresiva en esta etapa (Thurston et al., 2025). Aunque la TCC no necesariamente disminuye la frecuencia de los sofocos, sí reduce su interferencia y el nivel de angustia asociado.

Asimismo, algunas intervenciones basadas en mindfulness han mostrado mejoras en la calidad de vida y el estado emocional, aunque la calidad metodológica de los estudios es variable (Chen et al., 2021; Spector et al., 2024). Además, las intervenciones psicoeducativas en entornos laborales parecen contribuir, igualmente, a la reducción del estigma y al aumento del bienestar (Hardy et al., 2023).

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En conjunto, estos hallazgos sugieren que los abordajes psicológicos no deben considerarse complementarios, sino componentes esenciales y centrales de un modelo integral de abordaje de la menopausia.

¿Es necesario que haya unidades específicas de afrontamiento?

Se ha propuesto la integración de profesionales de salud mental en los entornos médicos como un modelo prometedor (Thurston et al., 2025). Este enfoque colaborativo permitiría abordar simultáneamente las dimensiones físicas y psicológicas, reduciendo la fragmentación asistencial. No obstante, cualquier estructura especializada debe evitar reproducir un modelo centrado exclusivamente en la farmacoterapia.

Más que crear espacios excesivamente medicalizados, el reto reside, tal vez, en incorporar la menopausia como parte del ciclo vital en la práctica clínica habitual y formar adecuadamente a los y las profesionales en su abordaje biopsicosocial.

Conclusión: repensar la menopausia desde la complejidad.

La menopausia es una transición biológica inevitable, pero la manera en que se experimente va a estar profundamente modulada por factores psicológicos, biográficos y estructurales, además de médicos. Aunque una proporción muy significativa de mujeres experimenta síntomas físicos y emocionales, existen factores de riesgo claros, y también factores protectores y potencial de crecimiento.

Evitar tanto la invisibilización como la patologización excesiva es una tarea urgente. La psicología ocupa un lugar central en este equilibrio: validar la experiencia, ofrecer intervenciones basadas en evidencia y contribuir a un modelo de atención que reconozca la complejidad biopsicosocial de esta etapa.

La menopausia no es un trastorno, pero puede convertirse en un momento de vulnerabilidad o de transformación. La manera en que la comunidad científica la investigue, nombre e intervenga determinará en gran medida la calidad de vida de millones de mujeres en las próximas décadas.


Referencias.

Badawy, Y., Spector, A., Li, Z., & Desai, R. (2024). The risk of depression in the menopausal stages: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 357, 126–133. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.04.041

Chen, T. L., Chang, S. C., Huang, C. Y., & Wang, H. H. (2021). Effectiveness of mindfulness-based interventions on quality of life and menopausal symptoms in menopausal women: A meta-analysis. Journal of Psychosomatic Research, 147, 110515. https://doi.org/10.1016/j.jpsychores.2021.110515

Hardy, C., Griffiths, A., Hunter, M. S., & Ayers, B. (2023). Effectiveness of workplace-based interventions to promote wellbeing among menopausal women: A systematic review. Women’s Health, 19, 20533691231177414. https://doi.org/10.1177/20533691231177414

Hickey, M., Szabo, R. A., & Hunter, M. S. (2024). An empowerment model for managing menopause. The Lancet, 403(10434), 947–957. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(23)02799-X

Spector, A., Li, Z., He, L., Badawy, Y., & Desai, R. (2024). The effectiveness of psychosocial interventions on non-physiological symptoms of menopause: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 352, 460–472. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.02.048

Thurston, R. C., Thomas, H. N., Castle, A. J., & Gibson, C. J. (2025). Menopause as a biological and psychological transition. Nature Reviews Psychology, 4(8), 530–543. https://doi.org/10.1038/s44159-025-00463-9

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