La metacognición —la capacidad de reflexionar y evaluar los propios pensamientos y acciones— se ha consolidado como un concepto central para comprender la psicopatología. Sin embargo, como señalan Seow et Al. (2025) en un reciente artículo publicado en Nature Reviews Psychology, el estudio de la metacognición sigue fragmentado entre disciplinas que dialogan poco entre sí. Esta desconexión limita tanto el avance teórico como la aplicación clínica de los hallazgos.
El artículo propone una integración sistemática entre la neurociencia cognitiva y las disciplinas clínicas, con implicaciones directas para la evaluación, conceptualización y tratamiento de los trastornos mentales.
Dos disciplinas, un mismo objeto de estudio.
Según los autores, en el ámbito clínico, la metacognición suele entenderse como un conjunto de creencias y estilos de pensamiento sobre los propios procesos mentales. Tal y como señalan, modelos como el de la terapia metacognitiva o el modelo multifuncional describen cómo las personas interpretan, regulan y responden a sus pensamientos, especialmente en contextos de malestar emocional. Estas aproximaciones se apoyan en entrevistas clínicas y cuestionarios de autoinforme, y están estrechamente ligadas a la práctica terapéutica.
Por su parte, siguen explicando, la neurociencia cognitiva adopta una definición más restringida y operativa y la metacognición se evalúa mediante tareas experimentales que miden, por ejemplo, el grado de confianza en decisiones perceptivas o mnésicas. Estas medidas permiten estimar sesgos metacognitivos y sensibilidad metacognitiva con precisión cuantitativa, pero, a menudo, se alejan de los problemas cotidianos que presentan los pacientes.

El artículo viene a resaltar que estas diferencias no solo no son incompatibles, sino complementarias y que ambas visiones estudian distintos niveles de un mismo fenómeno.
Una jerarquía metacognitiva integradora.
El eje central del artículo es una propuesta jerárquica de la metacognición. En los niveles más “locales” se sitúan evaluaciones puntuales, como la confianza en una decisión concreta. En niveles progresivamente más “globales” aparecen juicios sobre el rendimiento en una tarea, sobre capacidades cognitivas generales y, finalmente, sobre el yo. En la cúspide se incorporan constructos clínicos como la conciencia de distorsiones cognitivas o las creencias generales sobre cómo funciona la mente.
Este marco resulta, según el artículo, especialmente relevante para la psicología clínica porque permite vincular medidas experimentales con fenómenos clínicos complejos, como la baja autoestima, la rumiación o la falta de insight. Además, ofrece una base conceptual para entender por qué un paciente puede mostrar, por ejemplo, sobreconfianza en errores concretos y, al mismo tiempo, una profunda inseguridad global.
Alteraciones metacognitivas a través de los trastornos mentales.
El artículo revisa de forma exhaustiva cómo las alteraciones metacognitivas aparecen en múltiples trastornos: ansiedad, depresión, trastorno obsesivo-compulsivo, estrés postraumático y psicosis, entre otros. Estas alteraciones no se limitan a un diagnóstico específico, sino que atraviesan categorías clínicas, reforzando una visión transdiagnóstica de la psicopatología.
Desde esta perspectiva, la metacognición no solo refleja la sintomatología, sino que puede contribuir activamente a su mantenimiento. Creencias como la supuesta incontrolabilidad de los pensamientos o la excesiva confianza en interpretaciones erróneas influyen en la conducta, la regulación emocional y la toma de decisiones, con consecuencias clínicas significativas.
Implicaciones para la intervención psicológica.
Una de las aportaciones valiosas del artículo para los y las profesionales es la revisión crítica de las intervenciones dirigidas a la metacognición. Terapias como la terapia metacognitiva (MTC) o el entrenamiento metacognitivo (EMC) han mostrado eficacia clínica en distintos trastornos, especialmente desde un enfoque transdiagnóstico.
Sin embargo, los autores subrayan que todavía se sabe poco sobre los mecanismos específicos de cambio. Integrar medidas neurocognitivas en la investigación clínica permitiría identificar qué niveles de la jerarquía metacognitiva se modifican con cada intervención y cómo estos cambios se relacionan con la mejoría sintomática.
¿Por qué es clave conocer este enfoque?
Para los profesionales de la psicología, comprender la metacognición desde un marco integrador tiene varias aplicaciones prácticas. Permite refinar la formulación de casos, seleccionar intervenciones más ajustadas al perfil metacognitivo del paciente y avanzar hacia tratamientos personalizados. Además, abre la puerta a colaboraciones entre investigación básica y clínica que pueden traducirse en herramientas más precisas de evaluación y seguimiento terapéutico.
En definitiva, como señala el artículo, integrar la neurociencia y la clínica en el estudio de la metacognición no es solo un reto académico, sino una oportunidad concreta para mejorar la comprensión y el tratamiento de los trastornos mentales.
Fuente.
Seow, T. X. F., Jelinek, L., Moritz, S., & Hauser, T. U. (2026). Integrating cognitive neuroscience and clinical perspectives on metacognitive mechanisms in psychopathology. Nature Reviews Psychology, 5, 9–28. https://doi.org/10.1038/s44159-025-00503-4
