Una definición más amplia e integradora del trauma psicológico podría facilitar el acceso a una atención adecuada para personas con síntomas postraumáticos, incluso cuando el acontecimiento vivido no encaja estrictamente en los criterios diagnósticos actuales. La evidencia revisada muestra que el trastorno de estrés postraumático —TEPT— no depende solo de las características objetivas del suceso, sino también de la interpretación subjetiva, la vulnerabilidad personal, el contexto social y las experiencias indirectas. No obstante, ampliar el concepto de trauma exige cautela para evitar patologizar respuestas emocionales normales ante situaciones estresantes.
Así lo plantea el artículo de revisión Defining the concept of psychological trauma —Definir el concepto de trauma psicológico—, (Engelhard et al., 2026), publicado en Nature Reviews Psychology. El trabajo analiza los problemas actuales en torno a la definición de acontecimiento traumático y revisa sus implicaciones clínicas, científicas y sociales.
Una definición en debate.
Tal y como explican los autores, el TEPT fue reconocido como diagnóstico psiquiátrico hace más de 40 años. Desde entonces, la definición de trauma ha ido cambiando. En el DSM-III, publicado en 1980, se consideraban traumáticos aquellos acontecimientos “fuera del rango de la experiencia humana habitual” y capaces de provocar malestar significativo en casi cualquier persona, como la violación, el combate, la tortura o los desastres naturales.
Con el tiempo, el concepto se ha ampliado. El DSM-IV reconoció que el TEPT podía aparecer no solo tras experimentar directamente un acontecimiento traumático, sino también tras presenciarlo o conocer que le había ocurrido a otra persona. En el DSM-5, se precisó que la exposición indirecta debía referirse a un amigo o ser querido, o producirse por una exposición laboral repetida o extrema a detalles aversivos de sucesos traumáticos.
Sin embargo, a juicio de los autores, el DSM sigue priorizando una definición basada en características objetivas: muerte real o amenaza de muerte, lesiones graves o violencia sexual. En cambio, la CIE-11 concede mayor peso a la experiencia subjetiva y define el trauma como un acontecimiento de naturaleza “extremadamente amenazante u horrorosa”.
No todas las personas desarrollan TEPT.
La revisión subraya que no todas las personas expuestas a acontecimientos traumáticos desarrollan TEPT. El riesgo condicional global estimado de TEPT tras cualquier acontecimiento traumático definido según el DSM-IV es del 4,0%. Aunque pueden aparecer síntomas tras el suceso, el diagnóstico requiere que estos persistan durante más de un mes y generen malestar o deterioro significativo.
La prevalencia también varía según el tipo de acontecimiento. Las tasas más elevadas se observan tras violencia interpersonal o agresiva; el artículo recoge, por ejemplo, una tasa del 20,9% en una muestra comunitaria de Detroit, de entre 18 y 45 años, tras exposición a violencia por agresión.
Los autores advierten de que la gravedad objetiva del suceso no basta para explicar el desarrollo del TEPT. La memoria reconstruye los acontecimientos, y los estudios longitudinales muestran que, cuanto peores son los síntomas con el tiempo, más severo tiende a recordarse el acontecimiento.

Vulnerabilidad, contexto y experiencias indirectas.
El artículo destaca que pueden aparecer síntomas de TEPT tras experiencias no reconocidas actualmente como traumáticas por el DSM. Un metaanálisis de 124 estudios mostró que acontecimientos como la discriminación racial, el desahucio, el acoso o la ruptura de una relación pueden asociarse con síntomas postraumáticos.
La revisión también señala el papel de la vulnerabilidad personal y del contexto. Entre los factores de riesgo identificados se incluyen el sexo y género femenino, los bajos ingresos del hogar, la historia previa de acontecimientos adversos, los problemas psicológicos previos, la personalidad reactiva al estrés y la desregulación de la respuesta neurobiológica al estrés. Estos factores pueden hacer que un acontecimiento de menor gravedad objetiva sea vivido como especialmente amenazante o aversivo.
Además, el trabajo revisa el papel del trauma indirecto. Presenciar cómo otra persona sufre un acontecimiento traumático, recibir información verbal sobre la muerte o lesión grave de un ser querido, o exponerse a imágenes y relatos perturbadores puede desencadenar respuestas emocionales intensas y síntomas postraumáticos.
Cuando el significado del suceso influye en la respuesta.
Desde los modelos cognitivo-conductuales, los autores explican que el TEPT puede desarrollarse y mantenerse por las valoraciones negativas que la persona realiza sobre el mundo, los demás y sí misma. Tras un acontecimiento adverso, pueden aparecer creencias como “el mundo es peligroso”, “no se puede confiar en los demás” o “soy vulnerable”. Estas interpretaciones pueden favorecer la evitación y mantener la sensación de amenaza.
La revisión conecta esta perspectiva con modelos como la inferencia activa, según los cuales las personas interpretan la información nueva a partir de sus creencias previas. Así, una persona con creencias rígidas de que el mundo es peligroso puede interpretar un ruido ambiguo como una amenaza, mientras que otra con creencias más flexibles puede considerarlo inocuo.
Hacia una atención más personalizada.
En sus conclusiones, los autores defienden la necesidad de una definición del trauma psicológico más amplia y clínicamente útil, que tenga en cuenta las características del acontecimiento, la experiencia subjetiva, la vulnerabilidad individual, el contexto y el procesamiento posterior. Sin embargo, advierten de que una ampliación excesiva o imprecisa puede favorecer la medicalización de situaciones estresantes habituales o la patologización de respuestas emocionales transitorias.
Por ello, plantean seguir investigando cómo interactúan los factores relacionados con el acontecimiento, las características personales, las creencias previas, la resiliencia y los factores socioculturales. En definitiva, revisar el concepto de trauma psicológico puede contribuir a una atención más personalizada, mejorar el acceso a tratamientos basados en la evidencia y ayudar a diseñar estrategias preventivas más ajustadas.
Fuente.
Engelhard, I. M., Krypotos, A.-M., McNally, R. J., Mertens, G., & van Zuiden, M. (2026). Defining the concept of psychological trauma. Nature Reviews Psychology, 5, 327–337. https://doi.org/10.1038/s44159-026-00557-y
