Abordar la sexualidad tras el cáncer desde una perspectiva integral sigue siendo un reto, también desde la psicología
12 Mar 2026

La atención psicológica en el ámbito hospitalario se percibe como insuficiente y fragmentada cuando se trata de afrontar el impacto del cáncer en la sexualidad. Muchas personas señalan que, aunque algunas son derivadas a psicología, la mayoría termina buscando apoyo por cuenta propia —en el sistema privado o en entidades especializadas—, y que incluso cuando existe acompañamiento, este suele centrarse en la ansiedad y el miedo asociados a la enfermedad, mientras que rara vez se abordan los cambios en la sexualidad, la autoimagen o las dificultades de intimidad. Además, solo una minoría refiere haber sido informada de la posibilidad de recibir apoyo psicológico en el hospital y, cuando se accede, a veces se limita a intervenciones breves de dos o tres sesiones, consideradas insuficientes para procesos de alta complejidad emocional.

Estas son algunas de las conclusiones recogidas en el informe «Sexualidad y bienestar durante el proceso oncológico. Un estudio cualitativo con pacientes y supervivientes», elaborado por el Observatorio del Cáncer de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), con el objetivo general de explorar las experiencias y percepciones de pacientes y supervivientes de cáncer sobre el impacto del proceso oncológico en su vida sexual y emocional, así como conocer los apoyos e información recibidos y las expectativas y necesidades de cara al futuro.

sexualidad y cáncer
Fuente: Imagen generada por inteligencia artificial. Autoría: OpenAI (DALL·E). Descarga: 30/01/26.
Una dimensión esencial del bienestar que sigue invisibilizada.

El informe parte de una premisa clara: la sexualidad constituye una dimensión esencial de la salud y el bienestar, reconocida como componente central de la calidad de vida. Sin embargo, en el contexto del cáncer, pese a que la enfermedad atraviesa de lleno la esfera psicológica, física, emocional y social, la sexualidad continúa siendo un aspecto frecuentemente invisibilizado en la atención clínica y en la vida cotidiana, lo que incrementa la vulnerabilidad de quienes atraviesan un proceso oncológico.

Los autores recuerdan que hablar de sexualidad no equivale a hablar únicamente de actividad sexual: incluye valores, emociones, actitudes, identidades y relaciones. Por ello, cuando el cáncer y sus tratamientos alteran el cuerpo, la energía, el estado de ánimo, el deseo o la percepción de deseabilidad, el impacto no se limita a una disfunción concreta, sino que puede afectar a la autoestima, a la intimidad, a la comunicación en pareja y a la manera de sentirse “vivo” o conectado con el presente.

Cómo se hizo el estudio: escuchar la experiencia, con profundidad y matices.

La investigación adopta un enfoque cualitativo basado en entrevistas en profundidad, grupos triangulares y un grupo de discusión, realizados de forma telemática entre abril y junio de 2025. En total se llevaron a cabo 24 dinámicas y participaron 35 personas con cáncer o supervivientes en España. La captación se realizó a través de los equipos de atención psicológica de ocho sedes provinciales de la AECC y del programa “Paciente con Voz”, y la muestra incluyó diagnósticos de cáncer de mama, colorrectal, ginecológico (cérvix, endometrio, ovario…) y urológico (próstata, pene y/o testículo), contemplando diversidad de género, edad, situación sentimental y fase del proceso oncológico.

Este planteamiento permite comprender no solo “qué” cambia en la vida íntima, sino “cómo” se vive, qué emociones emergen, qué silencios se instalan y qué necesidades quedan sin respuesta, especialmente en el ámbito psicológico.

El impacto inicial: cuando el deseo se apaga de golpe.

Uno de los hallazgos más consistentes es la interrupción inmediata de la actividad sexual tras el diagnóstico, a menudo asociada a una ausencia total de deseo. Lo llamativo, según relatan los participantes, es que esta caída del deseo se produce incluso antes de que aparezcan cambios físicos o secuelas visibles. El informe vincula ese apagón inicial a factores como el shock emocional del diagnóstico (miedo, incertidumbre, impacto), la reordenación radical de prioridades hacia la supervivencia y la anticipación de los cambios corporales que traerán los tratamientos, especialmente en quienes ya habían vivido experiencias previas con el cáncer.

Durante el tratamiento, esa interrupción tiende a sostenerse. La fatiga, el dolor, el malestar físico o las alteraciones hormonales dificultan retomar la intimidad; y, para muchas personas, la energía psicológica queda absorbida por el día a día asistencial, con ciclos terapéuticos que no dejan espacio a la sexualidad como dimensión relevante.

Cuerpo, autoimagen y deseo: una reconstrucción compleja.

El documento describe cómo los cambios corporales y sexuales derivados del cáncer pueden afectar de manera negativa a la autoestima, en parte, por la comparación con quienes no han atravesado la enfermedad. Se mencionan impactos estéticos (alopecia, cambios de peso, cicatrices, ostomías, pérdida o alteración de órganos sexuales externos) y también cambios en el confort físico y en la respuesta sexual (sequedad vaginal, dispareunia, menopausia precoz, disminución de sensibilidad, disfunción eréctil, incontinencia, etc.), con variaciones según tratamientos como quimioterapia, cirugía, radioterapia o hormonoterapia.

En la experiencia relatada por pacientes y supervivientes, no se trata solo de “verse distinto/a”, sino de sentirse distinto/a: algunas personas expresan dificultades para reconocerse en el propio cuerpo, sentirse menos deseables o experimentar una percepción de envejecimiento repentino. El efecto sobre la sexualidad aparece así como un fenómeno íntimamente ligado a la autoimagen, al miedo al rechazo y a la capacidad de sostener una relación de deseo con el propio cuerpo.

La sexualidad no desaparece: se resignifica.

El documento insiste en una idea fundamental: la sexualidad tras el diagnóstico no debe entenderse solo como pérdida o disfunción, sino como un proceso de transformación. Para algunas personas, se amplía el sentido de intimidad, vinculándose a la vitalidad, la conexión emocional y el disfrute del presente, y no tanto al coito. En otras, pierde relevancia, especialmente si antes ya ocupaba un lugar secundario o si persisten secuelas físicas como dolor o fatiga que hacen la actividad sexual incómoda o no prioritaria.

La recuperación de la actividad sexual, cuando ocurre, es heterogénea: en algunos casos se restablece de forma similar a la etapa previa, pero en otros, se retoma solo parcialmente con modificaciones sustanciales —priorizando el vínculo afectivo y explorando formas de contacto no centradas en la penetración—, o bien se produce una renuncia a prácticas coitales cuando existen alteraciones funcionales severas o irreversibles.

Pareja: apoyo, silencios y la importancia de hablar.

En la dimensión relacional, la pareja aparece con frecuencia como un pilar emocional para reconstruir la sexualidad y sostener la autoestima en un momento de vulnerabilidad. Muchas personas señalan que el acompañamiento facilita aceptar el cuerpo y buscar nuevas formas de intimidad. No obstante, el informe también recoge dinámicas más tensas: algunas personas refieren inseguridad y miedo al rechazo que pueden llevarlas a mantener relaciones sexuales sin deseo real, por temor a perder el vínculo, por presión autoimpuesta o por intentar “devolver” el cuidado recibido.

Aquí emerge un factor decisivo: la comunicación. Cuando hay diálogo abierto, la adaptación suele ser más viable y satisfactoria; cuando se evita hablar del tema, pueden instalarse silencios prolongados, incertidumbre sobre el deseo del otro y distanciamiento. En algunos relatos, la incapacidad de afrontar el diagnóstico en pareja desemboca incluso en rupturas abruptas.

Sin pareja: miedo al rechazo y aislamiento reforzado por el tabú.

El informe subraya que quienes atraviesan el proceso sin pareja viven una situación especialmente compleja: a la ausencia de apoyo íntimo se añaden barreras sociales, físicas y psicológicas para reconstruir la vida afectiva y sexual. El temor al rechazo por cicatrices, ostomías, ausencia de órganos sexuales o cambios corporales es una de las barreras más repetidas. En este marco, algunas personas optan por el silencio, porque consideran que familiares y amistades no comprenderán su vivencia íntima, y el tabú social refuerza la sensación de incomprensión.

El silencio sanitario: falta de información y barreras en consulta.

Uno de los ejes más contundentes del documento es el déficit de información. Muchas personas desconocían antes del diagnóstico que el cáncer o sus tratamientos podían afectar a la sexualidad, y esa falta de información se mantiene durante el proceso por ausencia de orientación estructurada en consulta. Los participantes describen que las consultas se centran en enfermedad, tratamiento y supervivencia, relegando a un segundo plano —o ignorando— los cambios emocionales y sexuales.

Cuando alguien intenta abrir el tema, aparecen barreras: falta de tiempo, vergüenza del paciente, percepción de falta de interés o sensibilidad del profesional, respuestas evasivas o relativizadoras, y discontinuidad asistencial que obliga a repetir vivencias íntimas ante distintos profesionales. Frente a esto, muchas personas señalan qué facilitaría el diálogo: que el profesional introduzca el tema con naturalidad y sin juicio, con empatía y verdadera disposición a escuchar, y que exista continuidad en la atención para generar confianza.

Atención psicológica: una dimensión pendiente, especialmente en sexualidad.

La percepción predominante de los participantes es que la atención psicológica en el ámbito hospitalario resulta insuficiente y fragmentada, y que, en lo relativo a sexualidad, rara vez se aborda de manera explícita. Aunque algunas personas han sido derivadas a psicología, muchas relatan haber tenido que buscar apoyo por cuenta propia, ya sea en el ámbito privado o en entidades como la AECC.

Incluso entre quienes acceden a apoyo psicológico, el informe recoge una idea recurrente: la intervención suele centrarse en la ansiedad y el miedo asociados a la enfermedad, pero no necesariamente incorpora los cambios en sexualidad, autoimagen, intimidad o disfunciones sexuales. Esa omisión puede limitar la capacidad de gestionar emociones muy específicas del ámbito íntimo, como la vergüenza corporal, el rechazo al propio cuerpo, el temor al dolor o a “no poder”, o la inseguridad ante la pareja.

Otro punto especialmente relevante es el acceso: solo un pequeño número de participantes afirma haber sido informado de la posibilidad de recibir apoyo psicológico en el hospital, y en muchos casos esa información llegó después de solicitarlo expresamente. Además, cuando la intervención se produce, algunas personas la describen como muy breve (en torno a dos o tres sesiones), algo que consideran insuficiente para procesos complejos que requieren tiempo, confianza y un abordaje más continuado.

En paralelo, aparece un reto de calidad asistencial: algunas personas señalan dificultad para encontrar profesionales con quienes se sientan en confianza para hablar de sexualidad, y relatan que la falta de sensibilidad percibida en algunos encuentros incrementa el aislamiento y desincentiva volver a sacar el tema. Esto conecta con una demanda clara: no basta con “tener psicología” disponible; se necesita un acompañamiento capaz de integrar lo emocional y lo sexual de manera real, sostenida y sin juicio.

De hecho, el documento recoge una percepción generalizada: falta un enfoque que integre de forma sistemática la dimensión sexual y emocional dentro de la atención oncológica. Algunas personas apuntan directamente a la necesidad de programas continuados con profesionales especializados en psicología y sexología, para poder abordar la vivencia de la sexualidad con acompañamiento adecuado y recursos clínicos específicos.

Necesidades no cubiertas y propuestas: integrar, informar, acompañar.

Las propuestas del informe se orientan a convertir lo que hoy se percibe como una vivencia privada y silenciada en una dimensión atendida de forma transversal. Entre las necesidades identificadas destacan: contar con abordajes integrales y sistemáticos que reconozcan el impacto emocional de la sexualidad en la calidad de vida; garantizar acompañamiento especializado continuo; y asegurar derivación a profesionales de psicología y sexología, junto con estrategias informativas claras y accesibles sobre secuelas y opciones de afrontamiento.

También se plantea la importancia de formar a profesionales sanitarios en comunicación empática para facilitar conversaciones sobre sexualidad en consultas de diagnóstico y seguimiento, y de crear espacios de apoyo —incluyendo grupos adaptados por edades y género— donde sea posible compartir experiencias sobre sexualidad, imagen corporal e impacto emocional, así como ofrecer orientación y apoyo psicológico también a las parejas cuando sea necesario.

Conclusión: sexualidad, cáncer y atención psicológica como parte de la calidad de vida.

En conjunto, el informe concluye que el cáncer impacta de manera profunda y multidimensional en la sexualidad, con patrones comunes como la suspensión inicial de la vida íntima, la transformación de la vivencia sexual, el impacto en la autoimagen, el peso de la comunicación en pareja, las barreras específicas en personas sin pareja y el silencio social y sanitario que rodea esta dimensión. A la vez, subraya una idea esencial para la práctica clínica: integrar de manera sistemática la dimensión sexual en la atención a personas con cáncer, informar sobre efectos de tratamientos, ofrecer acompañamiento psicológico especializado y garantizar recursos accesibles de sexología clínica son medidas que pueden mejorar la calidad de vida de pacientes y supervivientes.

Y, sobre todo, deja un mensaje nítido: la sexualidad tras un diagnóstico de cáncer no debe entenderse únicamente como pérdida o disfunción, sino como un proceso de transformación donde conviven resignificación, dificultades, silencios y nuevas formas de intimidad. Abordarla desde una perspectiva integral implica reconocer su centralidad en el bienestar y ofrecer respuestas adaptadas a la diversidad de realidades y necesidades.


Fuente.

AECC (2025). Sexualidad y bienestar durante el proceso oncológico: Un estudio cualitativo con pacientes y supervivientes. Observatorio del Cáncer de la Asociación Española Contra el Cáncer. https://doi.org/10.5281/zenodo.17721325

Noticias Relacionadas

Noticias

PSICOLOGÍA EN RED


LOS COLEGIOS HABLAN

MÁS NOTICIAS

Noticias Relacionadas

Noticias