La migraña es un trastorno primario caracterizado por ataques recurrentes que, habitualmente, duran entre 4 y 72 horas y pueden cursar con dolor de intensidad moderada o grave, frecuentemente pulsátil, sensibilidad a la luz y al sonido, náuseas y vómitos. En algunas personas, puede estar precedida por un aura, con síntomas neurológicos reversibles de tipo visual, sensorial u otros. Aunque el dolor de cabeza constituye una de sus manifestaciones más conocidas, reducir la enfermedad a este síntoma no permite reflejar adecuadamente su complejidad ni la discapacidad que puede ocasionar (OMS, 2025).
De hecho, esta problemática es potencialmente incapacitante y su impacto va mucho más allá del dolor. Puede afectar al bienestar psicológico, las relaciones sociales y familiares, la vida laboral y la calidad de vida, y presenta una estrecha relación bidireccional con problemas de salud mental como la ansiedad y la depresión. Frente a la frecuente banalización de esta enfermedad, mejorar su reconocimiento, abordar los factores psicológicos asociados e integrar la intervención psicológica dentro de una atención multidisciplinar constituyen elementos fundamentales para reducir su impacto y favorecer el bienestar de las personas que viven con migraña (OMS, 2025; Sturgeon et al., 2023; Grazzi et al., 2026).
El Día Internacional busca visibilizar la migraña y combatir su banalización.
Precisamente con el propósito de aumentar el conocimiento y la sensibilización social sobre esta enfermedad, cada 12 de septiembre se conmemora el Día Internacional de Acción contra la Migraña. En este año 2026, la Asociación Española de Migraña y Cefalea (AEMICE) pone el foco en el lema #LasPalabrasImportan, destacando el papel que desempeña el lenguaje en la percepción social de la enfermedad y en la experiencia de las personas afectadas. La iniciativa conecta con una realidad documentada en diferentes estudios y encuestas: la migraña continúa siendo infravalorada, estigmatizada y descrita con frecuencia como “solo un dolor de cabeza”, pese a su elevada carga de discapacidad (AEMICE, 2026; The Migraine Trust, s. f.).

Las palabras también importan: es clave comunicar correctamente sobre la migraña.
A este respecto, de acuerdo con la Guía de estilo de migraña. Manual para comunicar bien, elaborada por el Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Española de Neurología (SEN) y avalada por AEMICE, el lenguaje puede contribuir tanto a comprender una enfermedad como a banalizarla o estigmatizarla (SEN, 2026).
Entre sus recomendaciones se encuentra hablar de “migraña”, en singular, y no de “migrañas” cuando se hace referencia a la enfermedad. El plural puede transmitir la idea de acontecimientos aislados o anecdóticos, en lugar de una enfermedad neurológica que acompaña a la persona y puede presentar manifestaciones recurrentes. De igual modo, se recomienda hablar de “ataque de migraña” para referirse a sus manifestaciones agudas, en lugar de equipararlas simplemente con un “dolor de cabeza” (SEN, 2026).
La migraña forma parte de la vida de quien la presenta, pero no define quién es esa persona.
La guía aconseja también utilizar un lenguaje centrado en la persona, evitando términos como “migrañoso” o “migrañosa” y optando por expresiones como “persona con migraña” o “persona que vive con migraña”. El objetivo es evitar que se convierta en una etiqueta que defina a quien la presenta. Estas recomendaciones adquieren especial importancia teniendo en cuenta que el estigma asociado a la migraña se ha relacionado con una mayor discapacidad, peor calidad de vida y mayor carga de enfermedad incluso durante los periodos entre ataques (SEN, 2026; Klepper et al., 2026).
Esta banalización tiene consecuencias en distintos contextos. Una encuesta realizada por The Migraine Trust a 2.028 personas con migraña puso de manifiesto que muchas sentían que no se las tomaba en serio en ámbitos como el sanitario y el laboral. Más de la mitad afirmó que vivir con la enfermedad había afectado significativamente a su salud mental y alrededor de un tercio declaró haber experimentado pensamientos suicidas. La organización señala, precisamente, que una de las experiencias recurrentes entre las personas encuestadas era que su enfermedad fuese caracterizada como “solo un dolor de cabeza” (The Migraine Trust, s. f.).
Un problema frecuente y altamente incapacitante.
La elevada prevalencia de la migraña explica también su enorme impacto en salud pública. La OMS estima que, en 2021, las cefaleas afectaron aproximadamente al 40% de la población mundial, unos 3.100 millones de personas, y señala que la migraña se encuentra entre las enfermedades neurológicas que generan una mayor carga de discapacidad. Según las Estimaciones Mundiales de Salud de 2021, ocupó el tercer lugar entre las enfermedades neurológicas por años de vida ajustados por discapacidad (AVAD) (OMS, 2025).
La migraña puede aparecer durante la infancia y la adolescencia, aunque suele comenzar alrededor de la pubertad y afecta especialmente a las personas de entre 35 y 45 años. Además, presenta una marcada diferencia por sexo: es considerablemente más frecuente entre las mujeres, una diferencia en la que intervienen factores hormonales. Estimaciones internacionales sitúan la migraña en al menos uno de cada siete adultos y señalan que puede ser hasta tres veces más frecuente entre las mujeres que entre los hombres (OMS, 2014, 2025).
En esta misma línea, un análisis realizado por el World Economic Forum y el McKinsey Health Institute identifica la migraña entre las condiciones que generan una importante carga diferencial para las mujeres y estima que afecta aproximadamente al 21% de ellas, con consecuencias que abarcan la discapacidad, la calidad de vida y la participación laboral y social (World Economic Forum & McKinsey Health Institute, 2025).
Se estima que la migraña afecta a más de 6 millones de personas en España.
De forma específica, en España, los datos disponibles indican que afecta a más de 6 millones de personas en España, alrededor del 13% de la población, con una presencia especialmente elevada entre las mujeres. Además, cabe señalar su considerable repercusión personal, laboral y económica, así como la persistencia del infradiagnóstico y el infratratamiento (Garrido et al., 2018; Zambrano-Camiña et al., 2024).
La migraña puede presentarse también en edades tempranas. Un estudio realizado con 2.226 niños y niñas de entre 6 y 13 años encontró una prevalencia de migraña del 1,7%, que aumentaba progresivamente con la edad. En esta población, los patrones alterados de sueño se asociaron con una probabilidad 4,2 veces mayor de presentar migraña, mientras que los antecedentes familiares se asociaron con una probabilidad 8,1 veces mayor. Estos resultados, aunque proceden de una población concreta y no son extrapolables directamente a otros países, muestran la relevancia que pueden adquirir desde la infancia factores como el sueño y la historia familiar (Ayatollahi & Khosravi, 2006).
Puede afectar a diferentes ámbitos de la vida de quienes la padecen.
En niños, niñas y adolescentes, la relación entre migraña y problemas emocionales también está claramente documentada. Según un estudio de 2025, quienes presentan migraña tienen aproximadamente el doble de probabilidad de presentar depresión que quienes no la padecen, mientras que en el caso de la ansiedad el riesgo también es significativamente mayor. A su vez, los y las adolescentes con depresión mostraron una probabilidad considerablemente superior de presentar migraña, lo que vuelve a apuntar hacia una relación estrecha y potencialmente bidireccional desde edades tempranas (Yum & Chu, 2025).
El impacto de la enfermedad se extiende asimismo al ámbito laboral. Las dificultades para mantener la actividad durante un ataque, la hipersensibilidad a la luz, los sonidos o los olores y la imprevisibilidad de los episodios pueden interferir significativamente con el desempeño profesional. A ello se añade que algunas personas evitan comunicar su enfermedad por temor a no ser comprendidas, lo que refuerza la necesidad de desarrollar entornos laborales informados, comprensivos y flexibles (AEMICE & Lilly, 2022).
Esta carga ha adquirido también una creciente dimensión política. En 2025, la European Migraine & Headache Alliance reunió en el Parlamento Europeo a representantes de 29 países para reclamar el reconocimiento de la migraña como un problema relevante de salud pública y su incorporación a la futura estrategia europea sobre salud neurológica. Entre las cuestiones destacadas se encontraban la desigualdad en el acceso a los tratamientos y los costes indirectos y consecuencias socioeconómicas de una enfermedad cuyo impacto permanece, en buena medida, invisible (EMHA, 2025).
Migraña y salud mental: una relación bidireccional.
La evidencia disponible indica que la relación entre migraña y salud mental es compleja y bidireccional. La ansiedad y la depresión son más frecuentes entre las personas con migraña, pero, a su vez, presentar estos problemas puede asociarse con una mayor probabilidad de desarrollar migraña o con una evolución más desfavorable de la enfermedad. Esta asociación parece explicarse, al menos en parte, por mecanismos compartidos de tipo genético, neurobiológico, hormonal y ambiental, además del efecto acumulativo del dolor, el estrés y las alteraciones del sueño (OMS, 2025; American Migraine Foundation, 2024; Yum & Chu, 2025; Klepper et al., 2026).
La coexistencia de migraña y problemas de salud mental no parece ser una simple coincidencia diagnóstica. Cuando ambas condiciones aparecen conjuntamente, la discapacidad y la repercusión sobre el funcionamiento diario tienden a ser mayores, y determinadas comorbilidades pueden influir en la evolución de la propia migraña. En particular, la depresión se ha identificado como un factor de riesgo para la progresión desde la migraña episódica hacia la migraña crónica, lo que refuerza la importancia de evaluar de forma sistemática los síntomas depresivos en las personas con esta enfermedad (Yum & Chu, 2025; Klepper et al., 2026).
La frecuencia de los ataques de migraña parece especialmente relevante. Según la American Migraine Foundation, los problemas de salud mental afectan aproximadamente al 54% de las personas que presentan más de 15 días con migraña al mes, frente al 34% entre quienes tienen menos de 15. La asociación comprende, entre otros problemas, depresión, ansiedad, trastorno bipolar, trastorno de pánico y trastorno de estrés postraumático (American Migraine Foundation, 2024).
Estrés, sueño, catastrofización del dolor y miedo.
No obstante, los factores psicológicos relacionados con la migraña no se limitan a la presencia de un trastorno mental diagnosticado. La evidencia muestra diferencias en variables como estrés, calidad del sueño, ansiedad, catastrofización del dolor (caracterizada por pensamientos de indefensión y rumiación), miedo, evitación y regulación emocional, que pueden contribuir a aumentar el malestar y la discapacidad asociados a la enfermedad (Pistoia et al., 2022; Sturgeon et al., 2023; Yu & Tan, 2024; Tol et al., 2026).
De igual modo, determinados rasgos y procesos psicológicos —entre ellos, el neuroticismo, la evitación del daño, el estrés, la ansiedad y la depresión— pueden relacionarse con el inicio, evolución y respuesta terapéutica de la migraña. Esto no significa que la migraña sea un trastorno psicológico: se trata de un trastorno neurológico en el que interactúan procesos biológicos, psicológicos y sociales, de acuerdo con el actual modelo biopsicosocial del dolor y de la propia migraña (Yu & Tan, 2024; Grazzi et al., 2026; Mingels et al., 2026).
La imprevisibilidad de los ataques y el estigma aumentan el impacto psicológico de la migraña.
La imprevisibilidad de los ataques de migraña añade otra fuente de malestar. No saber cuándo aparecerá el siguiente ataque puede generar anticipación, preocupación y miedo, favorecer la evitación de determinadas actividades y dificultar la planificación del trabajo, las relaciones sociales, el ocio o las responsabilidades familiares. En algunas personas se configura así un círculo en el que el temor al dolor favorece la evitación y ésta, a su vez, puede reforzar las interpretaciones catastróficas y limitar progresivamente la actividad y la calidad de vida (Sturgeon et al., 2023).
El estigma puede intensificar este proceso. De acuerdo con Keppler et al. (2026), cerca de un tercio de las personas con migraña activa declaró experimentar estigma con frecuencia o mucha frecuencia, asociándose esta experiencia con una mayor discapacidad, menor calidad de vida y mayor carga entre ataques. A ello puede sumarse el denominado estigma internalizado, que puede manifestarse a través de sentimientos de vergüenza, culpa, ansiedad, depresión o baja autoestima.
Sus efectos persisten más allá de los ataques y aumentan ante problemas de salud mental.
La repercusión de la enfermedad tampoco termina necesariamente cuando desaparece el dolor. Las personas con migraña pueden experimentar preocupación anticipatoria por el siguiente ataque, cansancio, dificultades cognitivas, aislamiento y limitaciones para organizar su vida. Se han descrito problemas de concentración, lapsos de memoria o sensación de “niebla mental”, especialmente durante los ataques, aunque algunas personas con migraña crónica también los experimentan en los periodos interictales (Headache Australia, 2025).
La comorbilidad con problemas de salud mental aumenta todavía más esta carga. Un informe elaborado conjuntamente por GAMIAN-Europe en colaboración con la European Migraine & Headache Alliance señala que las personas con migraña presentan una probabilidad entre dos y cinco veces mayor de experimentar depresión o ansiedad, además de una mayor frecuencia de problemas de sueño. La coexistencia de estas condiciones se asocia también con más visitas a los servicios sanitarios y mayores costes económicos, lo que refuerza la necesidad de superar modelos asistenciales fragmentados (GAMIAN-Europe & EMHA, 2024).
El papel de la Psicología en el abordaje de la migraña.
En este contexto, la intervención del psicólogo o la psicóloga no implica considerar que la migraña tenga un origen psicológico ni que sus síntomas sean imaginarios. Su función consiste en abordar aquellos procesos emocionales, cognitivos, conductuales y sociales que pueden modular la experiencia del dolor, incrementar la discapacidad o dificultar la adaptación a una enfermedad neurológica crónica (White, 2020; Sturgeon et al., 2023).
La evaluación psicológica puede permitir identificar síntomas de ansiedad y depresión, estrés, problemas de sueño, anticipación negativa y miedo al dolor, evitación de actividades, dificultades de aceptación, problemas de adaptación a la enfermedad o alteraciones de las relaciones sociales y laborales. En población infantil y adolescente, además, la evidencia reciente subraya la importancia de considerar la posible presencia de otras condiciones psicológicas y del neurodesarrollo, dado que pueden complicar el diagnóstico, aumentar la discapacidad y requerir una intervención más individualizada (White, 2020; Sturgeon et al., 2023; Yum & Chu, 2025).
La labor psicológica puede orientarse asimismo a romper el círculo entre síntomas, estrés y malestar emocional, enseñar estrategias para afrontar el dolor, favorecer una regulación emocional más adaptativa y ayudar a la persona a recuperar actividades y objetivos vitales que pueden haberse reducido progresivamente por miedo a desencadenar un ataque. Desde esta perspectiva, el objetivo no consiste necesariamente en eliminar todos los síntomas, sino también en reducir su interferencia y favorecer que la persona pueda mantener una vida significativa a pesar de la enfermedad (White, 2020; Zambrano-Camiña et al., 2024).
¿Qué tratamientos psicológicos cuentan con mayor respaldo?
Entre las intervenciones psicológicas más estudiadas se encuentran la terapia cognitivo-conductual (TCC), las técnicas de relajación y el biofeedback. La TCC trabaja sobre pensamientos, emociones y conductas relacionadas con la enfermedad y puede incorporar estrategias de reestructuración cognitiva, regulación del estrés, activación conductual, exposición gradual a actividades evitadas, hábitos saludables, manejo del sueño y habilidades de comunicación. Su finalidad es proporcionar herramientas que permitan responder de una forma más adaptativa al dolor y reducir su interferencia sobre el funcionamiento cotidiano (Sturgeon et al., 2023).
Las técnicas de relajación, entre ellas la relajación muscular progresiva, la respiración diafragmática o la imaginación guiada, buscan disminuir la activación fisiológica relacionada con el estrés. El biofeedback, por su parte, proporciona información sobre determinadas respuestas fisiológicas para entrenar un mayor control sobre ellas. Ambas estrategias han sido ampliamente utilizadas dentro de los tratamientos conductuales de la migraña (Sturgeon et al., 2023).
La TCC, una intervención eficaz para el abordaje de la migraña.
En los últimos años han adquirido también relevancia las intervenciones basadas en mindfulness y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Estas aproximaciones pueden favorecer una relación diferente con el dolor y los pensamientos asociados a él, aumentar la flexibilidad psicológica y reducir conductas de evitación. Sin embargo, aunque los resultados disponibles son de interés, su base empírica específica para la migraña sigue siendo menor que la existente para la TCC, la relajación y el biofeedback (Sturgeon et al., 2023; Grazzi et al., 2026).
En niños, niñas y adolescentes con migraña y problemas psicológicos y emocionales asociados, la terapia cognitivo-conductual cuenta con un respaldo especialmente relevante. La evidencia recogida por Yum y Chu (2025) indica que puede reducir tanto la frecuencia de las cefaleas como los síntomas depresivos y ansiosos, principalmente, cuando se combina con psicoeducación sobre los desencadenantes y técnicas de manejo del estrés. Otras intervenciones como el biofeedback, el entrenamiento en relajación y las intervenciones basadas en mindfulness también han mostrado beneficios sobre la regulación emocional, la discapacidad y la calidad de vida (Yum & Chu, 2025).
Más allá del dolor: una atención integral frente a la migraña.
En definitiva, el conocimiento acumulado muestra que abordar la migraña exige mirar más allá del dolor. La detección y el tratamiento de la ansiedad, la depresión, el estrés, las alteraciones del sueño, las interpretaciones negativas o desproporcionadas del dolor y otros factores psicológicos pueden formar parte de una atención integral que combine el tratamiento neurológico con estrategias psicológicas y cambios en los hábitos de vida. Al mismo tiempo, combatir el estigma y utilizar un lenguaje preciso contribuye a reconocer la verdadera dimensión de una enfermedad todavía demasiado banalizada, visibilizándola, favoreciendo su comprensión y mejorando así la atención que reciben las personas que viven con ella (SEN, 2026; Grazzi et al., 2026).
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