La Atención Temprana constituye uno de los recursos más eficaces para promover el desarrollo infantil, prevenir dificultades futuras y mejorar la calidad de vida de niños, niñas y familias. Coincidiendo con la celebración del Día Nacional de la Atención Temprana, profesionales y entidades recuerdan la necesidad de garantizar un acceso equitativo a estos servicios y de reforzar el papel de la Psicología en la detección e intervención precoz de los trastornos del desarrollo y los problemas de salud mental en la infancia.
Bajo el lema «Juntos somos Atención Temprana», hoy, 16 de junio, se celebra en toda España el Día Nacional de la Atención Temprana, una jornada que busca sensibilizar a la sociedad sobre la importancia de la detección precoz, la intervención temprana y el acompañamiento a las familias durante los primeros años de vida. La conmemoración coincide, además, con el 25.º aniversario de la Federación Española de Asociaciones de Profesionales de Atención Temprana (GAT), entidad que ha querido dedicar este año la campaña al reconocimiento de los y las profesionales que acompañan a miles de niños, niñas y a sus familias en momentos decisivos de su desarrollo (GAT, 2026).

La Atención Temprana como respuesta integral a las necesidades del desarrollo infantil.
La fecha del Día Nacional de la Atención Temprana no es casual: conmemora la presentación, el 16 de junio del año 2000, del Libro Blanco de la Atención Temprana, considerado un documento fundamental para la configuración del modelo español de atención a la infancia con trastornos del desarrollo o riesgo de padecerlos (GAT, 2000). Desde entonces, la Atención Temprana ha experimentado una profunda evolución, pasando de modelos centrados exclusivamente en el déficit, a enfoques integrales orientados al desarrollo infantil, la participación familiar y la coordinación entre sistemas sanitarios, educativos y sociales (GAT, 2026).
La Atención Temprana comprende el conjunto de intervenciones dirigidas a niños y niñas de entre 0 y 6 años que presentan trastornos en su desarrollo o riesgo de padecerlos, así como a sus familias y entornos. Su objetivo es dar respuesta lo antes posible a las necesidades que puedan surgir durante esta etapa especialmente sensible del desarrollo humano (Martínez Moreno & Calet, 2015).
La relevancia de estos servicios se explica por las características propias de la primera infancia. Los primeros años de vida constituyen un periodo de extraordinaria plasticidad cerebral y de intensa adquisición de competencias cognitivas, emocionales, sociales, comunicativas y motoras (Orozco Calderón, 2016). La evidencia acumulada durante las últimas décadas ha puesto de manifiesto que la detección precoz de dificultades y la intervención temprana mejoran significativamente las oportunidades de desarrollo y participación de los niños y niñas, al tiempo que reducen el impacto de posibles dificultades futuras (Gómez-Cotilla, López-de-Uralde-Selva y Valero-Aguayo, 2024; Gu et al., 2025; GAT, 2026).
Hacia un modelo más equitativo y coordinado de Atención Temprana.
Desde la perspectiva psicológica, la Atención Temprana desempeña un papel esencial en la promoción de la salud mental infantil. La intervención precoz no solo permite abordar alteraciones del desarrollo, sino también fortalecer factores de protección relacionados con el apego, la regulación emocional, las habilidades sociales, la comunicación y las competencias parentales. De este modo, contribuye a prevenir problemas posteriores de salud mental y favorece trayectorias evolutivas más positivas.
A pesar de los avances en el ámbito, aún persisten importantes desafíos. Uno de los más relevantes es la desigualdad territorial en el acceso a los servicios. Las diferencias existentes entre comunidades autónomas afectan a aspectos como la cobertura, la organización de los recursos, los tiempos de espera, los criterios de acceso o la disponibilidad de profesionales especializados, lo que ha llevado a diversos organismos y entidades a reclamar una mayor armonización del sistema y la garantía de unos estándares mínimos comunes en todo el territorio (Martínez Moreno & Calet, 2015; GAT, 2025; Real Patronato sobre Discapacidad, 2025).
Precisamente, para responder a esta situación, los ministerios de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 y de Sanidad, junto con los gobiernos autonómicos, aprobaron, en 2025, el primer acuerdo estatal para la mejora de la Atención Temprana, con el propósito de avanzar hacia un marco común de calidad, reforzar la coordinación entre administraciones y reducir los tiempos de espera hasta un máximo de 45 días desde la detección de una situación de riesgo evolutivo (Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, 2025).
Los profesionales de la Psicología, pieza clave en los equipos de Atención Temprana.
Este acuerdo incorpora una financiación inicial cercana a los 42 millones de euros destinada a reforzar los servicios de Atención Temprana en todo el territorio nacional. La finalidad es avanzar hacia un sistema que garantice el acceso a una atención especializada, gratuita y de calidad independientemente del lugar de residencia de cada niño o niña.
En este contexto, los y las profesionales de la Psicología ocupan una posición especialmente relevante. Su trabajo abarca la evaluación del desarrollo, la detección de señales de alerta, la valoración del funcionamiento psicológico, emocional y conductual, la intervención con niños y niñas, el acompañamiento a las familias y la coordinación con otros profesionales implicados en la atención. Asimismo, desempeñan un papel fundamental en el apoyo a madres y padres que afrontan procesos de incertidumbre, preocupación o adaptación tras la identificación de dificultades en el desarrollo de sus hijos e hijas (GAT, 2000; Dunst, Trivette y Hamby, 2007; Robles-Bello y Sánchez-Teruel, 2013; Martínez Moreno & Calet, 2015).
La evaluación psicológica: comprender el desarrollo para orientar la intervención.
Desde un punto de vista práctico, la labor del psicólogo o psicóloga en Atención Temprana comienza habitualmente con la acogida de la familia y la recogida sistemática de información sobre el desarrollo del niño o la niña, su historia evolutiva, sus rutinas, sus contextos de relación y las preocupaciones expresadas por madres, padres o cuidadores. Esta primera fase no tiene únicamente un valor diagnóstico, sino también relacional: permite crear un clima de confianza, escuchar las expectativas familiares, reducir la incertidumbre inicial y explicar de forma comprensible el proceso de valoración e intervención (GAT, 2000; Cañadas Pérez, 2012; Martínez Moreno & Calet, 2015; Dalmau-Montala et al., 2017).
La evaluación psicológica en Atención Temprana debe contemplar el desarrollo global del niño o la niña, incluyendo las áreas cognitiva, comunicativa, socioemocional, conductual, motora y adaptativa, así como la calidad de sus interacciones con las figuras de cuidado y con el entorno. Esta valoración permite identificar fortalezas, necesidades de apoyo, señales de alerta y posibles factores de riesgo o protección, evitando reducir la intervención a una etiqueta diagnóstica y orientándola hacia objetivos funcionales y significativos para la vida cotidiana (Robles-Bello y Sánchez-Teruel, 2013; DEC, 2014).
En la práctica clínica y comunitaria, esto implica observar cómo el niño o la niña se comunica, juega, responde a la interacción, regula sus emociones, explora el entorno, tolera los cambios, expresa malestar, imita, atiende, se vincula y participa en rutinas familiares, escolares o comunitarias. A partir de esta información, el profesional de la Psicología contribuye a establecer hipótesis explicativas, prioridades de intervención y objetivos compartidos con la familia y el resto del equipo (GAT, 2000; Bagnato, 2007; Robles-Bello y Sánchez-Teruel, 2013; Martínez Moreno & Calet, 2015; DEC, 2014; Dalmau-Montala et al., 2017).

Prevención, apoyo familiar y prácticas centradas en la familia.
Otra función esencial es la detección precoz de dificultades emocionales, relacionales o conductuales que pueden aparecer asociadas a trastornos del desarrollo, discapacidad, prematuridad, alteraciones sensoriales, dificultades de comunicación o situaciones de vulnerabilidad familiar. La intervención psicológica temprana puede ayudar a prevenir la consolidación de problemas de regulación emocional, dificultades de conducta, aislamiento, rechazo de la interacción, estrés familiar o patrones relacionales desajustados, favoreciendo entornos más seguros, sensibles y predecibles (GAT, 2000; Dunst et al., 2007; Espe-Sherwindt, 2008; Robles-Bello y Sánchez-Teruel, 2013; Martínez Moreno & Calet, 2015).
El psicólogo o psicóloga también cumple una función central en el acompañamiento emocional a la familia. La llegada a un servicio de Atención Temprana suele producirse tras un periodo de preocupación, sospecha, diagnóstico, derivación o espera, y puede estar acompañada de sentimientos de culpa, miedo, desconcierto, tristeza, frustración o sobrecarga. En este proceso, la intervención psicológica ayuda a las familias a comprender mejor las necesidades su hijo o hija, ajustar expectativas, fortalecer competencias parentales y afrontar de forma más adaptativa las demandas cotidianas del cuidado (Dunst et al., 2007; Espe-Sherwindt, 2008).
Este acompañamiento no debe confundirse con una mera transmisión de pautas. Las prácticas actuales recomiendan un modelo centrado en la familia, en el que los y las profesionales reconocen las fortalezas, prioridades y decisiones familiares, promueven la participación activa de madres, padres y cuidadores, y favorecen su confianza y competencia para apoyar el desarrollo infantil en las rutinas diarias (Espe-Sherwindt, 2008; Cañadas Pérez, 2012, Cañadas Pérez et al., 2016, DEC, 2014; Dalmau-Montala et al., 2017).
La intervención en entornos naturales y el modelo centrado en la familia.
Desde esta perspectiva, el trabajo psicológico puede incluir orientación sobre cómo responder a rabietas o dificultades de regulación, cómo favorecer la comunicación en momentos cotidianos, cómo anticipar cambios, cómo estructurar rutinas, cómo reforzar conductas adaptativas, cómo promover el juego compartido, cómo mejorar la sensibilidad parental o cómo apoyar la autonomía del niño o la niña. La clave es que las estrategias no queden restringidas a la sesión terapéutica, sino que puedan integrarse en la alimentación, el baño, el sueño, el juego, los desplazamientos, la escuela infantil y otros contextos naturales (DEC, 2014; Cañadas Pérez, 2012, Cañadas Pérez et al., 2016; Dalmau-Montala et al., 2017).
El enfoque centrado en la familia ha supuesto un cambio importante respecto a modelos tradicionales más ambulatorios, en los que la intervención se organizaba principalmente en torno a sesiones individuales con el niño o la niña. Las revisiones actuales subrayan que la Atención Temprana debe avanzar hacia prácticas desarrolladas en entornos naturales, basadas en rutinas y orientadas a capacitar a las familias para generar oportunidades de aprendizaje en la vida diaria (Cañadas Pérez et al., 2016; Martínez Moreno & Calet, 2015; Dalmau-Montala et al., 2017).
La Psicología como puente entre familias, profesionales y servicios.
En este marco, la psicología aporta herramientas específicas para comprender la relación entre desarrollo infantil, vínculo, conducta, emoción y contexto. Su contribución resulta valiosa cuando existen dificultades de regulación emocional, problemas de conducta, alteraciones en la interacción social, retrasos en la comunicación, trastornos del neurodesarrollo o situaciones familiares de estrés. En todos estos casos, el objetivo no es únicamente reducir síntomas o dificultades, sino favorecer la participación del niño o la niña, mejorar la calidad de las interacciones y fortalecer el bienestar familiar (Robles-Bello y Sánchez-Teruel, 2013; DEC, 2014).
La coordinación interdisciplinar constituye otra dimensión imprescindible del trabajo psicológico. Los niños y niñas atendidos en Atención Temprana pueden necesitar apoyo de profesionales de la psicología, logopedia, fisioterapia, terapia ocupacional, medicina, enfermería, pedagogía, trabajo social u otros perfiles especializados. El psicólogo o psicóloga contribuye a integrar la información disponible, evitar intervenciones fragmentadas, establecer objetivos comunes y coordinar actuaciones con la familia, la escuela infantil, los servicios sanitarios y otros recursos comunitarios (GAT, 2000; Guralnick, 2011; Robles-Bello y Sánchez-Teruel, 2013; DEC, 2014; Martínez Moreno & Calet, 2015; Dalmau-Montala et al., 2017).
Esta coordinación resulta crucial en la transición entre servicios, por ejemplo, cuando el niño o la niña inicia la escolarización, cambia de recurso, recibe un diagnóstico específico o finaliza la etapa de Atención Temprana. En estos momentos, el o la profesional de la Psicología puede ayudar a elaborar informes, orientar adaptaciones, preparar a la familia, coordinarse con los equipos educativos y facilitar que la información relevante se traslade de forma clara, respetuosa y útil para el nuevo contexto ( DEC, 2014; Dalmau-Montala et al., 2017).
La prevención como inversión en desarrollo, bienestar y salud mental.
Asimismo, la psicología tiene un papel esencial en la prevención. La Atención Temprana no debe actuar únicamente cuando las dificultades ya son evidentes, sino también ante situaciones de riesgo biológico, psicológico o social que puedan afectar al desarrollo. La observación temprana, el apoyo a la crianza, la promoción de vínculos seguros, la detección de señales de alarma y la orientación familiar constituyen estrategias fundamentales para reducir vulnerabilidades y potenciar factores de protección desde los primeros años de vida (GAT, 2000; Shonkoff y Phillips, 2000; Dunst et al., 2007; Espe-Sherwindt, 2008; Rodrigo et al., 2010; Martínez Moreno & Calet, 2015).
En una etapa en la que cada mes cuenta, reforzar el rol de la psicología en Atención Temprana supone apostar por una intervención más ajustada, más humana y más eficaz para la infancia y sus familias.
En el marco de esta jornada nacional, las entidades del sector recuerdan que la Atención Temprana no debe entenderse como un recurso asistencial complementario, sino como una inversión estratégica en desarrollo infantil, bienestar familiar, inclusión social y salud mental. Garantizar su acceso universal y reforzar la presencia de profesionales cualificados en los equipos constituye una de las mejores formas de promover la igualdad de oportunidades desde los primeros años de vida.
Se puede consultar todas las referencias aquí.
