El impacto invisible de los conflictos bélicos en la salud mental
10 Mar 2026

La salud mental en contextos de conflicto bélico constituye un desafío complejo que trasciende las fronteras físicas y temporales de la guerra. Sus efectos se manifiestan en la destrucción del tejido social, el desplazamiento forzado, la pérdida y el duelo, así como en la transmisión intergeneracional del trauma. El impacto no se limita a las poblaciones directamente expuestas: las consecuencias emocionales, psicológicas y sociales alcanzan a comunidades lejanas a través de los medios de comunicación, redes sociales, la empatía global y la solidaridad transnacional. Afrontar este reto exige situar la mejora de la salud mental como una prioridad ética y política en la construcción de paz y equidad.

Así lo indica el sexto volumen de la serie «Salud Pública y Conflictos Bélicos» de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS), titulado «La Salud Mental de las poblaciones en contexto de conflicto. El impacto invisible», un documento a través del cual aborda el impacto de los conflictos bélicos en la salud mental, que, no solo generan traumas individuales, sino también una transformación de las condiciones estructurales que permiten la vida en comunidad, con impacto en la distribución poblacional de la salud mental.

Fuente: freepik. Descarga: 19/01/26

En los territorios directamente afectados, la exposición a la violencia y a las pérdidas derivadas de la guerra incrementa el riesgo de trastorno de estrés postraumático, depresión, ansiedad y otros problemas de salud mental o conductuales; y, por otra vía, los estresores cotidianos asociados al conflicto —como la pobreza, el desplazamiento forzado o la ruptura de redes sociales— median y, en muchos casos, potencian ese impacto.

A este respecto, el documento subraya que esta relación exige considerar la extensión del impacto más allá de las zonas de guerra o del propio momento bélico, dado que puede afectar directa e indirectamente a diversas comunidades. En las zonas de conflicto, civiles y combatientes afrontan amenazas a su seguridad, pérdidas traumáticas y violencia, lo que se asocia con un aumento de la depresión, la ansiedad y otros diagnósticos; además, estas manifestaciones pueden agravarse por circunstancias como el desplazamiento forzado o la persecución por motivos de identidad, credo, raza o género, así como por la destrucción de infraestructuras y la ruptura de redes de apoyo social, que dejan a individuos y comunidades en una situación de vulnerabilidad extrema.  

Alta prevalencia y dos vías de impacto: del trauma directo a los estresores cotidianos.

A partir de un marco conceptual que integra niveles individuales y sistémicos, la monografía recoge que las poblaciones afectadas por estos contextos presentan una alta prevalencia de problemas de salud mental, con tasas dos o tres veces superiores a las de poblaciones no expuestas; no obstante, advierte de la elevada variabilidad de resultados y de la falta, en algunos casos, de datos estratificados por ejes de desigualdad, como el género. Esta heterogeneidad —señala— puede responder a diferencias metodológicas entre estudios y a la diversidad de las poblaciones analizadas, además de la dificultad de acceder a datos confiables en contextos especialmente complejos. En este marco, el texto menciona un rango muy amplio de prevalencias en problemas frecuentes: trastorno de estrés postraumático (3–88%), depresión (5–80%) y trastornos de ansiedad (1–81%).

Para comprender cómo se articula el impacto, el documento remite al modelo ecológico de Miller-Rasmussen y distingue dos vías principales en territorios directamente afectados: una ruta directa, en la que la exposición a la violencia y las pérdidas derivadas de la guerra incrementan el riesgo de desarrollar trastorno de estrés postraumático, depresión y otros problemas de salud mental o conductuales relacionados, y una ruta indirecta, en la que los estresores cotidianos asociados al conflicto —como la pobreza, el desplazamiento forzado o la ruptura de redes sociales—, median y, en muchos casos, potencian el impacto.

Estresores cotidianos y pérdidas traumáticas: cuando el duelo y la vulnerabilidad se agravan en la guerra.

De hecho, la monografía resalta que estos estresores cotidianos pueden explicar una proporción de la afectación más allá de la exposición directa a la guerra, lo que obliga a ampliar la mirada e incorporar las condiciones estructurales y sociales asociadas a los conflictos bélicos que perpetúan el sufrimiento psicológico, incluidas las grandes olas de personas refugiadas y desplazadas, que buscan seguridad en otras partes del mundo, un proceso que también puede repercutir en las comunidades de llegada.

En los apartados dedicados a las experiencias traumáticas y los trastornos relacionados, el texto precisa que sus efectos se observan de manera más clara en ciertos grupos en potencial situación de vulnerabilidad —como mujeres, niños y niñas o población LGBTIQ+—, y describe factores directos que pueden asociarse a problemas de salud mental en personas expuestas a la guerra.

Entre estos factores, se incluyen la violencia directa; la pérdida, separación y duelo; la experiencia de pérdida del entorno; los desafíos sociales y la estigmatización; y la vulnerabilidad o resiliencia preexistente. En relación con el duelo, el documento señala que, en zonas de conflicto, la pérdida abrupta, inesperada y violenta agrava el proceso y que, en muchos casos, las personas no tienen oportunidad de despedirse o confirmar la muerte de sus seres queridos, lo que puede dar lugar al denominado duelo ambiguo, marcado por la incertidumbre y la falta de cierre; también recoge que pueden aparecer duelos complicados o prolongados, con un patrón persistente de añoranza intensa, dolor emocional y alteraciones de identidad y funcionalidad.

Duelo colectivo y desplazamiento forzado: la angustia que se prolonga en la huida y el refugio.

Además, el documento introduce la dimensión colectiva, al describir cómo las pérdidas masivas pueden desestabilizar redes de soporte, alterar estructuras comunitarias y erosionar sistemas socioculturales, dando lugar a experiencias de duelo colectivo, que pueden sostener a las personas mediante el apoyo mutuo y los rituales comunitarios, pero también agravarse cuando se impiden o interrumpen rituales, cuando se vive duelo acumulado o cuando los desplazamientos fragmentan redes y rompen referentes simbólicos; a escala transnacional, añade, las diásporas (esto es, comunidades que viven fuera de su país de origen) pueden experimentar duelos transnacionales agravados por la exposición continua a noticias e imágenes y por la imposibilidad de volver.

En cuanto al desplazamiento y el refugio, la monografía describe los desplazamientos forzados como movimientos migratorios que implican fuerza, coacción o coerción y enfatiza que estas circunstancias presentan desafíos para la salud mental. Las personas se ven obligadas a abandonar sus hogares con poca o ninguna advertencia, bajo condiciones de violencia y miedo, y el desarraigo abrupto y la pérdida del hogar, la comunidad y el sentido de pertenencia pueden provocar una profunda angustia.

Durante el trayecto, añade, suelen enfrentarse a inseguridad —persecución, amenaza, explotación y otras vivencias directas de violencia—, además de pérdidas de seres queridos e incertidumbre sobre el futuro. Ya en refugios temporales, campos de refugiados o países de llegada, los desafíos se vuelven complejos: aunque se presentan como lugares más seguros, con frecuencia están marcados por sobrepoblación, recursos limitados, acceso insuficiente a servicios básicos y falta de privacidad y seguridad, condiciones que pueden perpetuar sentimientos de impotencia, miedo y aislamiento social; a ello se suma la incertidumbre sobre el estatus legal, la duración de la estancia y la posibilidad de retorno o reasentamiento.

Infancia, mujeres y salud mental colectiva: cuando el conflicto desplaza el bienestar de toda la población.

El documento dedica una atención específica a la infancia, al señalar que la interrupción de la educación, la exposición a diferentes formas de violencia y la inestabilidad del entorno pueden tener impactos de por vida en su desarrollo emocional y psicológico, y también a la situación de mujeres y niñas, particularmente vulnerables a la violencia de género y sexual, en un contexto en el que el estrés crónico, la falta de control sobre el futuro y la incertidumbre pueden exacerbar el empeoramiento de la salud mental.

Más allá de los diagnósticos individuales, el texto plantea que los conflictos bélicos no solo generan casos aislados de trastorno mental, sino que alteran la distribución de la salud mental en poblaciones enteras, hasta el punto de que “la frontera entre salud y enfermedad mental queda desestructurada”: no se trata solo de individuos enfermos, sino de sociedades empujadas a enfermar por el conflicto. En esta lógica, sostiene, la guerra desplaza la curva poblacional del bienestar y la salud mental, erosionando la atención sanitaria —hospitales destruidos, profesionales exiliados y estigma reforzado— y fragmentando el tejido comunitario: la exposición prolongada a la violencia, la pérdida y la desestabilización erosiona el capital social, debilita redes de apoyo mutuo y fractura la cohesión comunitaria.

Al mismo tiempo, los sistemas de salud se ven desbordados o colapsados, reforzando la desatención de la salud y la salud mental como problema colectivo y produciendo o reproduciendo desigualdades estructurales, con afectación desproporcionada sobre mujeres, personas racializadas y otros grupos históricamente oprimidos, en escenarios donde la destrucción de infraestructuras, la fuga de profesionales del ámbito psicológico y social y la escasez de suministros fundamentales pueden hacer extremadamente difícil o imposible la respuesta.

La guerra como reto de salud global: exposición mediática, empatía y estrés más allá del frente.

A su vez, el documento amplía el foco hacia la salud global y advierte de que la guerra, a menudo percibida como un problema localizado, es un fenómeno que trasciende fronteras y se inscribe en el ámbito de la salud global, con repercusiones visibles —como desplazamientos masivos y crisis humanitarias—, y otras menos visibles, como la normalización de la violencia y el deterioro de la salud mental colectiva.

En un mundo conectado, señala, las consecuencias psicológicas y sociales pueden alcanzar a poblaciones fuera del territorio en conflicto: las imágenes y reportajes constantes pueden provocar miedo, tristeza e impotencia; la empatía y la preocupación por el sufrimiento ajeno pueden convertirse en experiencias compartidas; y el estrés asociado a las noticias y a la gestión política del conflicto puede tener impacto significativo, con estados de vigilancia y estrés que se vinculan a dificultades para concentrarse o dormir y a la aparición de síntomas de ansiedad y depresión, con efectos sobre las interacciones sociales y el desempeño académico o laboral.

En esa misma línea, se menciona el impacto sobre el entorno de personas que trabajan en la milicia o en tareas humanitarias, cuyas familias pueden experimentar un estrés intenso y crónico por la seguridad de sus seres queridos, con manifestaciones como insomnio, irritabilidad, dificultades de concentración y sentimientos de impotencia, además de tensiones en la dinámica familiar y social.

Redes sociales e infodemia: el trauma indirecto amplificado y el coste de oportunidad del conflicto.

Respecto a las redes sociales, la monografía añade que, a diferencia de los medios tradicionales, éstas aportan inmediatez, bidireccionalidad y curación algorítmica del contenido, lo que amplifica el impacto emocional, la desinformación y la infodemia. En ese contexto, la exposición repetida puede favorecer trauma indirecto y el doomscrolling (consumo compulsivo de malas noticias), mientras que la amplificación algorítmica y los bucles de eco pueden generar confusión, polarización y estrés crónico; el documento menciona también campañas coordinadas (bots, cuentas falsas, deepfakes) que podrían explotar estas dinámicas incrementando ansiedad, desconfianza y sentimiento de indefensión, especialmente, en familias con vínculos directos con zonas en conflicto y en grupos vulnerabilizados.

Por último, el texto aborda los costes de oportunidad vinculados al gasto asociado a los conflictos bélicos: desde la salud global, sostiene, cada euro, dólar o moneda destinado al gasto militar o a la respuesta humanitaria inmediata no podrá emplearse en programas sanitarios y de salud mental, lo que constituye un coste de oportunidad elevado; este desplazamiento —crowding-out— prioriza otros sectores económicos frente a intervenciones preventivas y comunitarias y, según se expone, deriva en una doble carga: trauma directo en zonas en conflicto y deterioro silencioso de la salud mental fuera de ellas, comprometiendo la productividad futura.


Se puede acceder al informe completo desde la página web de la SESPAS o bien directamente aquí.

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