La salud mental de niños, niñas, adolescentes y jóvenes se ha deteriorado de forma sostenida durante la última década en la mayoría de los países de la OCDE. Los datos disponibles muestran un aumento de los síntomas de ansiedad, depresión y malestar psicológico, así como un empeoramiento de diversos indicadores de bienestar psicológico. Aunque la pandemia de la COVID-19 agravó esta tendencia, el deterioro ya era visible antes de 2020. Las chicas, los adolescentes de mayor edad y los jóvenes en situación de mayor vulnerabilidad socioeconómica presentan peores resultados, en un contexto marcado por la acumulación de presiones digitales, económicas, escolares, familiares, sociales y globales.
Así lo pone de manifiesto la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en su informe Child, Adolescent and Youth Mental Health in the 21st Century, publicado en 2026, en el que analiza las tendencias, los factores de riesgo y las respuestas políticas relacionadas con la salud mental de las personas menores de 25 años en los países de la organización. La OCDE es un organismo internacional que reúne a distintos países para analizar y proponer políticas públicas orientadas a mejorar el bienestar económico y social. El documento se basa en datos nacionales e internacionales, revisión de la literatura científica y entrevistas semiestructuradas realizadas en 2025 a 29 expertos clínicos y responsables de políticas públicas en salud mental juvenil.
Una tendencia negativa que comenzó antes de la COVID-19.
Según el informe, los problemas psicológicos son frecuentes en la infancia y la adolescencia, y afectan aproximadamente a uno de cada cinco jóvenes en los países de la OCDE. El documento recuerda, además, que muchos trastornos mentales tienen su inicio típico entre los 12 y los 25 años, y que la edad máxima estimada de inicio de los trastornos mentales se sitúa en torno a los 14,5 años. Asimismo, el 62,5% de los trastornos tendría su inicio antes de los 25 años.
La OCDE señala que, en casi todos los países donde se encontraron datos relevantes, la salud mental juvenil ha empeorado y han aumentado las tasas de ansiedad, depresión y malestar psicológico. En concreto, de los once países que cuentan con datos comparables a lo largo del tiempo, nueve registraron entre 2012 y 2022 un deterioro medio anual de los indicadores de salud mental juvenil de entre el 3% y el 16%. Solo Japón y Corea mostraron pequeñas mejoras en los indicadores analizados.

La pandemia de la COVID-19 intensificó este deterioro, pero no lo originó. En países como Canadá, Países Bajos, Noruega, Suecia y Estados Unidos, que cuentan con datos comparables recogidos a lo largo de varios años sobre salud mental juvenil, los niveles más altos de malestar psicológico se observaron en 2021. No obstante, el incremento ya había comenzado antes de la crisis sanitaria, entre 2016 y 2019. Algunos datos de 2023 y 2024 apuntan a una ligera recuperación tras el pico pandémico, aunque la OCDE advierte de que todavía es pronto para determinar si esta mejora será sostenida o si supone un retorno a niveles de malestar que ya eran elevados antes de la pandemia.
Peores indicadores en chicas y adolescentes de mayor edad.
El informe identifica diferencias importantes en función de la edad y el sexo. Las chicas y los adolescentes de mayor edad presentan peores resultados de salud mental que los chicos y los niños más pequeños. En 2022, el 68% de las chicas de 15 años declaró presentar múltiples quejas de salud, frente al 36% de los chicos de la misma edad. Asimismo, la proporción de chicas de 15 años que afirmaban “sentirse bajas de ánimo” más de una vez por semana aumentó del 28,6% en 2014 al 45,4% en 2022. En los chicos de 15 años, esta proporción pasó del 12,1% al 19,4% en el mismo periodo.
La OCDE también alerta del aumento de las autolesiones, especialmente entre niñas y adolescentes. Entre los 13 países que pudieron aportar datos, las hospitalizaciones por autolesiones en chicas de 0 a 17 años aumentaron un 29% entre 2015 y 2023. En cambio, las tasas de suicidio juvenil se han mantenido relativamente estables en la mayoría de los países de la OCDE, aunque el informe subraya que existen diferencias entre países y que será necesario seguir monitorizando estos datos en los próximos años.
No obstante, el informe recomienda interpretar estos resultados con cautela. El aumento de la sensibilización sobre la salud mental y la reducción del estigma pueden influir en que los jóvenes comuniquen con más facilidad sus síntomas o identifiquen su malestar. Sin embargo, los expertos consultados por la OCDE consideran de forma casi unánime que existe un deterioro real: 28 de los 29 entrevistados afirmaron que la salud mental de los jóvenes ha empeorado durante la última década.
No hay una única causa: los factores de riesgo se acumulan.
La OCDE subraya que el deterioro de la salud mental juvenil no puede atribuirse a un solo factor. El informe identifica una red compleja de factores interrelacionados, tanto nuevos como tradicionales, que se acumulan y se refuerzan entre sí. Entre ellos se incluyen la digitalización, el uso de redes sociales, la ansiedad ante el cambio climático, la inestabilidad global, los conflictos, la inseguridad económica y laboral, la presión académica, el bullying y el ciberbullying.
En relación con la digitalización, el informe destaca que su impacto sobre la salud mental es complejo, dependiente del contexto y diferente según las características de cada joven. El uso excesivo o nocturno de dispositivos digitales se asocia con alteraciones del sueño, y el sueño insuficiente constituye un factor de riesgo bien establecido para una peor salud mental. La OCDE también señala que el uso de redes sociales se ha vinculado con síntomas de ansiedad, estado de ánimo deprimido y insatisfacción corporal, aunque advierte de que los efectos suelen ser pequeños, no siempre consistentes y en muchos casos no permiten establecer causalidad.
El informe evita presentar los entornos digitales únicamente como un riesgo. También reconoce que pueden ofrecer oportunidades de conexión, apoyo entre iguales, acceso a información sobre salud mental y espacios de pertenencia, especialmente para jóvenes que pueden sentirse aislados en otros contextos. Por ello, la OCDE plantea que las políticas no deben limitarse a imponer restricciones uniformes, sino promover entornos digitales seguros, inclusivos y saludables.
Pobreza, escuela y crisis globales: factores que agravan el malestar psicológico.
La situación socioeconómica continúa siendo un aspecto esencial de la salud mental. La pobreza, la inseguridad residencial, las dificultades económicas familiares, la precariedad laboral y la percepción de menores oportunidades de futuro se asocian con un mayor malestar psicológico entre los jóvenes. A su vez, estas condiciones pueden aumentar la vulnerabilidad ante otros riesgos, como la exposición a daños digitales, el bullying o la falta de acceso a recursos de apoyo.
La OCDE también recoge la preocupación de los expertos por el impacto psicológico de amenazas globales como el cambio climático, los conflictos internacionales y la inestabilidad geopolítica. Estas preocupaciones pueden afectar a los jóvenes incluso cuando no están directamente expuestos a sus consecuencias materiales, especialmente por la exposición constante a información alarmante o angustiosa en medios digitales y redes sociales.
El entorno escolar es otro ámbito prioritario. El bullying, el ciberbullying y la presión académica se asocian con peores resultados de salud mental. Según el informe, los datos de las encuestas HBSC muestran que tanto el bullying como el ciberbullying aumentaron entre 2018 y 2022, especialmente entre los adolescentes más jóvenes. Además, la literatura revisada por la OCDE vincula la presión académica con ansiedad, depresión y síntomas psicosomáticos.
La importancia de anticiparse y ofrecer apoyo a tiempo.
Ante esta situación, la OCDE defiende una respuesta coordinada, preventiva y multisectorial. El informe subraya que aumentar el acceso a los servicios especializados es importante, pero no suficiente. Muchos jóvenes acceden a la ayuda cuando sus dificultades ya se han agravado, por lo que resulta necesario reforzar las actuaciones preventivas y los apoyos tempranos en los ámbitos educativo, sanitario, familiar, comunitario y digital.
Entre las medidas prioritarias, el documento recomienda fortalecer los programas de aprendizaje social y emocional en las escuelas, aumentar el conocimiento de la población joven sobre la salud mental, apoyar a las familias y ampliar los servicios accesibles, cercanos y adaptados a sus necesidades. La OCDE destaca también el valor de los modelos comunitarios en los que los propios jóvenes pueden participar en el acompañamiento y apoyo a otros jóvenes, como la red australiana headspace o los centros @ease de los Países Bajos, orientados a ofrecer ayuda temprana, cercana y no estigmatizante.
El informe señala que cada vez más países están adoptando medidas dirigidas a regular el comportamiento digital de niños y adolescentes, como prohibiciones del uso del teléfono móvil en los centros educativos, requisitos de verificación de edad o restricciones de acceso a redes sociales. Sin embargo, la OCDE advierte de que la evidencia sobre sus efectos en la salud mental todavía es mixta, por lo que estas políticas deben evaluarse rigurosamente para conocer tanto sus beneficios como sus posibles consecuencias no deseadas.
Medir mejor para actuar con mayor eficacia.
Uno de los principales retos identificados por la OCDE es la falta de datos regulares, comparables y actualizados. Menos de un tercio de los países de la organización recopilan datos nacionales representativos y periódicos sobre salud mental juvenil. Esta carencia dificulta el seguimiento de tendencias, la evaluación de medidas políticas y la comprensión de las experiencias reales de niños, adolescentes y jóvenes.
En conclusión, la OCDE llama a fortalecer la prevención, ampliar el acceso a ayuda temprana y fácilmente accesible, actuar sobre factores de fondo como la pobreza infantil, la inseguridad residencial y la presión académica, evaluar cuidadosamente las políticas digitales y mejorar los sistemas de información. Una respuesta integral, basada en la evidencia y centrada en las necesidades de los jóvenes, será esencial para frenar el deterioro de la salud mental juvenil y favorecer su bienestar psicológico presente y futuro.
Fuente.
OECD (2026). Child, Adolescent and Youth Mental Health in the 21st Century, OECD Publishing, Paris, https://doi.org/10.1787/1092c3cb-en
