La intervención psicológica temprana y el apoyo a las familias, claves para favorecer el bienestar de niños y niñas con Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal
09 Sep 2026

El término Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal (TEAF) engloba un conjunto de alteraciones permanentes originadas por la exposición prenatal al alcohol. Se trata de un espectro, precisamente, porque sus manifestaciones pueden variar enormemente entre unas personas y otras, tanto en el tipo de dificultades que presentan como en su gravedad. Mientras algunos niños y niñas muestran rasgos físicos característicos asociados al síndrome alcohólico fetal, otros presentan únicamente alteraciones cognitivas, conductuales y emocionales que pasan desapercibidas durante años y dificultan su identificación (Hoyme et al., 2016; Santoyo Sánchez, 2019; CDC, 2025c).

El TEAF constituye una de las principales causas prevenibles de alteraciones del neurodesarrollo y puede tener importantes repercusiones sobre la salud mental, el bienestar psicológico, el aprendizaje, la conducta y la adaptación social de quienes lo presentan (Hoyme et al., 2016; CDC, 2025b, 2025c).

Día Mundial del TEAF: sensibilización, prevención y diagnóstico.

A pesar de tratarse de una condición completamente prevenible, las estimaciones internacionales indican que el TEAF podría afectar aproximadamente a 7,7 de cada 1.000 niños/as y jóvenes en la población general mundial, si bien la prevalencia varía considerablemente entre países y regiones. Los expertos advierten, además, de que muchos casos continúan sin ser diagnosticados, por lo que la magnitud real del problema podría ser superior (Lange et al., 2017).

Con motivo del Día Mundial del Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal (TEAF), que se conmemora cada 9 de septiembre, diversas organizaciones internacionales recuerdan la importancia de prevenir completamente el consumo de alcohol durante el embarazo y de mejorar la detección, el diagnóstico y la atención de las personas con TEAF. Esta jornada, que se celebra el día nueve del noveno mes como referencia simbólica a los nueve meses de gestación, pretende asimismo sensibilizar a la sociedad sobre una condición que continúa siendo ampliamente infradiagnosticada y poco conocida, pese a ser totalmente prevenible cuando no existe exposición prenatal al alcohol (Socidrogalcohol, 2026).

Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal
Foto: Magnific. Autoría: stefamerpik. Descarga: 08/09/26.
Un trastorno prevenible que sigue representando un importante desafío para la salud pública.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y numerosas instituciones sanitarias internacionales llevan años insistiendo en un mensaje claro: no existe una cantidad de alcohol en ningún momento del período gestacional en el que su consumo esté exento de riesgos. El alcohol atraviesa fácilmente la placenta y alcanza concentraciones similares en el feto y en la madre. Sin embargo, a diferencia del organismo materno, el feto carece de la capacidad necesaria para metabolizarlo, de modo que permanece durante más tiempo expuesto a sus efectos tóxicos, especialmente, sobre el cerebro en desarrollo (Schölin, 2016; Comisión de Salud Pública, 2024; CDC, 2025c; Ministerio de Sanidad, 2025).

El alcohol puede interferir en diferentes momentos del desarrollo cerebral, alterando procesos fundamentales como la proliferación y migración neuronal, la formación de conexiones sinápticas o la organización de distintas estructuras cerebrales. Como consecuencia, pueden verse comprometidas numerosas funciones neuropsicológicas esenciales para el desarrollo, entre ellas la atención, la memoria, el lenguaje, el razonamiento, las funciones ejecutivas, la regulación emocional, la planificación, la flexibilidad cognitiva o la conducta adaptativa (Doyle y Mattson, 2015; Hoyme et al., 2016; Hagan et al., 2016).

Estas dificultades suelen traducirse en problemas para organizar tareas, mantener la atención durante periodos prolongados, controlar los impulsos, comprender situaciones sociales complejas, anticipar las consecuencias de los propios actos, gestionar cambios inesperados o desenvolverse con autonomía en las actividades cotidianas. En muchos casos, además, el desarrollo intelectual global puede situarse dentro de la normalidad, lo que contribuye a que las dificultades pasen inadvertidas y se atribuyan erróneamente a falta de esfuerzo, desobediencia o problemas educativos.

La prevención del TEAF, una responsabilidad compartida.

Como advierten los y las especialistas, esta interpretación resulta especialmente perjudicial, ya que muchas conductas consideradas desafiantes reflejan en realidad limitaciones derivadas del funcionamiento cerebral y no una intención deliberada de incumplir normas o desafiar a las figuras adultas de referencia (Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016; Santoyo Sánchez, 2019; CDC, 2025c).

A pesar de ello, el consumo de alcohol durante el embarazo continúa siendo relativamente frecuente en numerosos países. Diversos factores contribuyen a esta situación, entre ellos, la normalización social del consumo de bebidas alcohólicas, la falsa creencia de que pequeñas cantidades de vino o cerveza no comportan riesgos, los embarazos no planificados, la falta de información específica y la influencia de factores sociales, culturales y comerciales que favorecen el consumo de alcohol (Comisión de Salud Pública, 2024; Ministerio de Sanidad, 2025; Schölin, 2016; Scott & Sher, 2023).

A este respecto, es recomendable que los y las profesionales de la salud incorporen de forma sistemática el cribado del consumo de alcohol, ofrezcan intervenciones breves basadas en la entrevista motivacional y proporcionen información clara, comprensible y libre de juicios de valor, evitando mensajes culpabilizadores que puedan dificultar que las mujeres hablen abiertamente sobre sus hábitos de consumo o soliciten ayuda cuando la necesiten (Schölin, 2016; Comisión de Salud Pública, 2024; Ministerio de Sanidad, 2025).

En esta misma línea, la OMS recuerda que la prevención del TEAF no puede recaer exclusivamente sobre la mujer embarazada, sino que requiere políticas públicas y entornos sociales que reduzcan la disponibilidad, la promoción y la normalización del alcohol(Lange, 2017; Scott & Sher, 2023; Comisión de Salud Pública, 2024; OMS, 2024).

La salud mental, una de las dimensiones más afectadas.

Aunque tradicionalmente el TEAF se ha asociado, sobre todo, a las dificultades cognitivas y al rendimiento académico, la investigación de las últimas décadas ha puesto de manifiesto que sus repercusiones sobre la salud mental y el bienestar psicológico pueden ser igualmente importantes.

Los niños y niñas con TEAF presentan una mayor probabilidad de desarrollar trastornos del estado de ánimo, ansiedad, problemas de regulación emocional, trastornos por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), alteraciones del comportamiento, dificultades para establecer relaciones sociales satisfactorias y problemas de adaptación durante la adolescencia y la vida adulta (Doyle & Mattson, 2015; CDC, 2025).

No obstante, los expertos subrayan que conviene diferenciar entre las consecuencias derivadas directamente del daño cerebral ocasionado por la exposición prenatal al alcohol y aquellas que aparecen como resultado de experiencias negativas acumuladas a lo largo del desarrollo. Entre estas últimas, se encuentran el fracaso escolar repetido, la exclusión social, el acoso entre iguales, los conflictos familiares, la pérdida progresiva de autoestima o las dificultades para mantener relaciones sociales estables (Streissguth et al., 2004; CDC, 2025b).

Comprender el TEAF para prevenir dificultades secundarias y proteger la salud mental.

La literatura científica se refiere a estas últimas como discapacidades secundarias, precisamente, porque muchas de ellas pueden prevenirse o reducirse cuando el trastorno se identifica de forma temprana y el niño recibe apoyos adecuados desde los primeros años de vida (Streissguth et al., 2004; CDC, 2025b).

En este sentido, comprender el origen neuropsicológico de las dificultades constituye un elemento fundamental para proteger la salud mental del menor. Cuando las conductas se interpretan únicamente como desobediencia o mala educación, las respuestas del entorno suelen centrarse en el castigo, las reprimendas o el aumento de las exigencias. Sin embargo, estas estrategias no solo resultan poco eficaces, sino que pueden incrementar la frustración, favorecer la aparición de problemas emocionales y deteriorar progresivamente la relación entre el niño o la niña y las personas adultas de referencia (Santoyo Sánchez, 2019; CDC, 2025a).

Por el contrario, cuando familias, profesorado y profesionales sanitarios comprenden cómo afecta el TEAF al funcionamiento cerebral, resulta más sencillo ajustar las expectativas, adaptar las demandas, proporcionar apoyos específicos y crear contextos que favorezcan el aprendizaje y el bienestar psicológico (Santoyo Sánchez, 2019; CDC, 2025a).

Un trastorno frecuentemente infradiagnosticado.

Uno de los principales desafíos actuales es que muchos niños y niñas con TEAF nunca llegan a recibir un diagnóstico adecuado. En parte, ello se debe a que las manifestaciones del trastorno pueden confundirse fácilmente con otros problemas del neurodesarrollo o de salud mental (Hagan et al., 2016; Hoyme et al., 2016; CDC, 2025c).

La elevada heterogeneidad de los métodos diagnósticos y la falta de identificación de numerosos casos dificultan conocer la prevalencia real del TEAF, contribuyendo a que continúe siendo un trastorno infradiagnosticado (Lange et al., 2017).

Así, es relativamente frecuente que los y las menores sean diagnosticados inicialmente de TDAH, dificultades específicas del aprendizaje, trastornos de conducta, trastornos del lenguaje o incluso trastornos del espectro autista, sin que se identifique la exposición prenatal al alcohol como posible origen de parte de las dificultades que presentan (Hoyme et al., 2016; Hoyme et al., 2016; CDC, 2025c).

A ello se añade que, en muchos casos, no se dispone de información completa sobre el embarazo, sobre todo, cuando existen situaciones de adopción, acogimiento o separación temprana de la familia biológica. Asimismo, algunos rasgos físicos característicos pueden atenuarse con el crecimiento, de manera que el componente neuropsicológico adquiere un mayor protagonismo y hace todavía más complejo el diagnóstico (Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016; Hoyme et al., 2016).

Esta realidad explica que numerosas organizaciones internacionales insistan en la necesidad de mejorar la formación de los profesionales sanitarios, educativos y sociales sobre el TEAF, favorecer su detección precoz y desarrollar equipos multidisciplinares capaces de realizar una evaluación integral del desarrollo cognitivo, emocional, conductual y adaptativo del menor (Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016; Hoyme et al., 2016).

El papel de la Psicología: evaluación, diagnóstico e intervención temprana.

La complejidad del TEAF hace que su abordaje requiera la participación coordinada de diferentes profesionales -entre ellos, psicólogos y psicólogas, pediatras, logopedas, profesionales de la educación, etc.-, que desempeñan funciones complementarias para ofrecer una respuesta ajustada a las necesidades de cada niño o niña. No obstante, la psicología ocupa una posición especialmente relevante tanto en la evaluación como en la intervención, al aportar herramientas para comprender el perfil neuropsicológico de la persona, identificar sus fortalezas y dificultades y diseñar programas de apoyo individualizados (Doyle & Mattson, 2015; APA, 2022).

De forma específica, los psicólogos y las psicólogas desempeñan un papel fundamental en el diagnóstico, el tratamiento y el acompañamiento de las personas con TEAF a lo largo de todo el ciclo vital. Su labor incluye la evaluación del funcionamiento cognitivo, emocional, conductual y adaptativo, el diagnóstico diferencial con otros trastornos del neurodesarrollo y de la salud mental, la intervención psicológica basada en la evidencia, el apoyo a las familias y la coordinación con los centros educativos y otros recursos comunitarios (Doyle & Mattson, 2015; APA, 2022).

Lejos de limitarse a confirmar un diagnóstico, la evaluación psicológica permite comprender cómo procesa la información cada niño o niña y cuáles son las estrategias que pueden facilitar su aprendizaje y bienestar. Dos menores con un mismo diagnóstico pueden presentar perfiles muy diferentes: mientras uno puede mostrar importantes dificultades de memoria de trabajo, otro puede desenvolverse relativamente bien en este ámbito, pero presentar una marcada impulsividad o graves problemas de regulación emocional. Conocer estas diferencias resulta imprescindible para planificar apoyos eficaces y evitar intervenciones estandarizadas que no respondan a las necesidades reales del menor.

Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal
Foto: Magnific. Descarga: 08/09/26.
Una evaluación que va mucho más allá del cociente intelectual.

Uno de los errores más frecuentes consiste en valorar exclusivamente el nivel intelectual. Sin embargo, numerosos niños y niñas con TEAF presentan un cociente intelectual dentro de la media y, aun así, experimentan importantes limitaciones en su funcionamiento cotidiano. Por ello, las guías clínicas internacionales recomiendan realizar una evaluación neuropsicológica amplia que incluya diferentes dominios del desarrollo (Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016; Hoyme et al., 2016).

Entre otros aspectos, resulta necesario explorar la atención sostenida y selectiva, la memoria, las funciones ejecutivas —como la planificación, la organización, la flexibilidad cognitiva o el control inhibitorio—, el lenguaje, la velocidad de procesamiento, las habilidades visuoespaciales, la conducta adaptativa, las competencias sociales y el estado emocional. También es importante valorar el contexto familiar, escolar y social en el que se desenvuelve el menor, ya que estos factores pueden actuar como elementos de protección o, por el contrario, incrementar las dificultades (Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016; Hoyme et al., 2016).

El diagnóstico diferencial constituye igualmente una tarea esencial. El TEAF comparte manifestaciones con otros trastornos del neurodesarrollo, especialmente con el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), las dificultades específicas del aprendizaje y, en algunos casos, con el trastorno del espectro del autismo. Además, pueden coexistir varias de estas condiciones, por lo que una evaluación rigurosa debe analizar cómo interactúan entre sí y cuál es el origen de las diferentes dificultades (Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016; Hoyme et al., 2016).

Intervenciones psicológicas adaptadas al funcionamiento cerebral.

En la actualidad no existe un tratamiento capaz de revertir el daño cerebral ocasionado por la exposición prenatal al alcohol. Sin embargo, una intervención temprana, individualizada y adaptada al perfil neuropsicológico puede mejorar el funcionamiento cotidiano, reducir la aparición de dificultades secundarias y favorecer el bienestar psicológico (Bertrand et al., 2009; CDC, 2025a).

La intervención parte de una premisa fundamental: no se trata de esperar que el niño o la niña responda como si no tuviera TEAF, sino de adaptar las estrategias a su forma de procesar la información. Entre los principales ámbitos de trabajo se encuentran las funciones ejecutivas —como la atención, la planificación, el control de impulsos o la resolución de problemas—, la regulación emocional y las habilidades sociales (Bertrand et al., 2009; Doyle & Mattson, 2015; Hagan et al., 2016).

Durante las últimas décadas se han desarrollado programas específicos dirigidos al entrenamiento de estas capacidades, así como intervenciones para mejorar el aprendizaje y la autorregulación y programas de formación para madres, padres y personas cuidadoras. Aunque todavía se necesitan estudios más amplios, los resultados disponibles son prometedores, especialmente cuando las intervenciones comienzan de forma temprana, se mantienen en el tiempo y se coordinan entre los diferentes contextos de desarrollo (Bertrand et al., 2009; Coles et al., 2009; Petrenko et al., 2017).

Además, la intervención no debe centrarse exclusivamente en las dificultades. Identificar y potenciar las fortalezas, intereses y capacidades de cada niño o niña puede favorecer su autoestima, participación social y autonomía, contribuyendo a construir una imagen positiva de sí mismo y a ajustar las expectativas de su entorno a sus capacidades reales.

Familia y escuela: adaptar el entorno a las necesidades del menor.

La familia constituye una parte fundamental de la intervención. Las dificultades asociadas al TEAF, especialmente, cuando el diagnóstico es tardío o determinadas conductas se interpretan como desobediencia o falta de voluntad, pueden generar estrés y agotamiento entre las personas cuidadoras. La psicoeducación y el acompañamiento permiten comprender mejor el trastorno y sustituir respuestas centradas exclusivamente en el castigo por estrategias adaptadas al funcionamiento neuropsicológico del o de la menor (Petrenko et al., 2017; Bertrand et al., 2009).

Entre las medidas recomendadas se encuentran mantener rutinas estables, anticipar los cambios, dividir las tareas complejas en pasos más sencillos, utilizar apoyos visuales, ofrecer instrucciones breves y adaptar las expectativas al nivel de funcionamiento real. Asimismo, resulta fundamental atender al bienestar de quienes ejercen el cuidado, facilitando apoyo psicológico, formación y espacios de ayuda mutua cuando sean necesarios (Champagne et al., 2023).

Estas adaptaciones son igualmente importantes en la escuela, donde las demandas de atención, planificación, autocontrol y adaptación pueden hacer especialmente visibles las dificultades asociadas al TEAF. Estructurar las actividades, reducir distractores, utilizar apoyos visuales, ofrecer más tiempo o descansos y anticipar las transiciones puede facilitar el aprendizaje y reducir la sobrecarga (CDC, 2025).

La coordinación entre la familia, el profesorado, los equipos de orientación y los y las profesionales sanitarios resulta esencial para mantener estrategias coherentes en los diferentes contextos. También es importante promover entornos inclusivos y prevenir el acoso y la exclusión social, teniendo en cuenta que las dificultades para interpretar determinadas situaciones sociales, la impulsividad o la inmadurez emocional pueden incrementar la vulnerabilidad de algunos niños y niñas.


Todas las referencias se encuentran disponibles aquí.

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