La disminución de la tolerancia a los sonidos cotidianos podría constituir un fenómeno que trasciende los diagnósticos tradicionales de salud mental y del neurodesarrollo. La evidencia disponible indica que la hiperacusia y la misofonía comparten características clínicas, mecanismos comunes y un importante impacto en el funcionamiento diario. Todo ello apunta a la necesidad de avanzar hacia una evaluación y un tratamiento más integrados, centrados en los procesos compartidos entre distintos trastornos y no únicamente en las categorías diagnósticas.
Así lo plantea una revisión publicada en Nature Reviews Psychology, en la que un equipo internacional de investigadores analiza el conocimiento actual sobre la disminución de la tolerancia a los sonidos (decreased sound tolerance), un término que engloba alteraciones caracterizadas por una capacidad reducida para tolerar sonidos cotidianos que la mayoría de las personas perciben como normales. El trabajo se centra en dos de sus manifestaciones más frecuentes, la hiperacusia y la misofonía, y propone abordarlas desde una perspectiva transdiagnóstica, considerando los mecanismos que comparten con diversos trastornos psicológicos y del neurodesarrollo.
Los autores sostienen que estudiar estas alteraciones de forma aislada ha limitado el avance del conocimiento científico y el desarrollo de tratamientos eficaces. En su lugar, defienden un enfoque que permita identificar tanto los elementos comunes como las características específicas de cada condición, facilitando una comprensión más completa de la relación entre el procesamiento sensorial y la salud mental.
Hiperacusia y misofonía: dos alteraciones con rasgos comunes.
La revisión explica que la hiperacusia consiste en una tolerancia reducida a sonidos cotidianos. En algunos casos, sonidos de intensidad moderada se perciben como excesivamente fuertes. En otros, determinados sonidos pueden incluso provocar dolor físico. Esta alteración puede generar ansiedad, irritabilidad, miedo, hipervigilancia, dificultades de concentración y aislamiento social.
Por su parte, la misofonía se caracteriza por intensas respuestas emocionales, fisiológicas y conductuales ante sonidos específicos, como masticar, respirar, carraspear o hacer clic con un bolígrafo. Las reacciones no dependen necesariamente del volumen del sonido, sino de su significado, del contexto o de quién lo produce. Según recoge la revisión, suele comenzar durante la infancia o la adolescencia y puede afectar de forma importante al funcionamiento social, académico y laboral.
Aunque ambas alteraciones presentan diferencias, también comparten manifestaciones como la reactividad emocional, la evitación de determinados sonidos, la hipersensibilidad sensorial y el deterioro de la calidad de vida. Además, pueden aparecer tanto en personas con trastornos psiquiátricos o del neurodesarrollo como en personas sin diagnósticos previos.

Frecuente relación con la salud mental y los trastornos del neurodesarrollo.
La revisión recoge que la disminución de la tolerancia a los sonidos aparece con frecuencia junto a trastornos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastorno del espectro del autismo y trastorno obsesivo-compulsivo. Además, señala que la gravedad de la ansiedad y de los síntomas depresivos suele aumentar a medida que también lo hace la gravedad de la hiperacusia o la misofonía.
En cuanto a la prevalencia, los estudios analizados estiman que aproximadamente el 15 % de los adultos australianos de entre 45 y 70 años presenta hiperacusia, mientras que un estudio canadiense encontró una prevalencia del 17 % entre estudiantes universitarios. Respecto a la misofonía clínicamente relevante, las estimaciones en población general oscilan entre el 2 % y el 18 %, dependiendo del método de evaluación utilizado. En una muestra representativa de Estados Unidos, el 4,6 % de los adultos cumplía criterios de misofonía clínica.
Los autores también destacan la elevada presencia de estas alteraciones en personas con trastornos del neurodesarrollo. En una muestra de niños y jóvenes con autismo, cerca del 90 % de las familias informó de que la disminución de la tolerancia a los sonidos constituía un problema crónico que afectaba al funcionamiento diario.
Mecanismos compartidos y evaluación todavía limitada.
La revisión analiza diversas hipótesis sobre los mecanismos que podrían explicar estas alteraciones. En el caso de la hiperacusia, las investigaciones apuntan a posibles alteraciones en distintas estructuras del sistema auditivo, tanto periférico como central. En la misofonía, la evidencia disponible señala la participación de procesos relacionados con la sensibilidad sensorial, la regulación emocional y el procesamiento de la información social.
Los autores subrayan que todavía no existe un marcador biológico único ni un mecanismo exclusivo para ninguna de estas alteraciones. Tampoco hay evidencia de que los mecanismos cambien según el trastorno psicológico o del neurodesarrollo con el que coexistan. Precisamente por ello, consideran que un enfoque transdiagnóstico puede resultar más útil para comprenderlas y tratarlas.
Otro de los problemas señalados es la ausencia de herramientas diagnósticas estandarizadas. Actualmente no existen pruebas consideradas de referencia para diagnosticar la hiperacusia o la misofonía. Además, ni la misofonía figura en las últimas ediciones de los principales manuales diagnósticos —aunque está siendo evaluada para su incorporación a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE)—, ni la hiperacusia cuenta con un reconocimiento específico como trastorno independiente. Esta situación, indican los investigadores, ha dificultado el desarrollo de procedimientos homogéneos de evaluación y una respuesta asistencial adecuada.
Tratamientos personalizados y prioridades de investigación.
En relación con el tratamiento, la revisión señala que actualmente no existen intervenciones curativas ni protocolos considerados de referencia. No obstante, diferentes estrategias pueden proporcionar un alivio clínicamente significativo cuando se adaptan a las necesidades de cada persona. Entre ellas, se incluyen la terapia sonora, la terapia cognitivo-conductual, la psicoeducación y otras intervenciones dirigidas a mejorar la regulación emocional, reducir la evitación y aumentar gradualmente la tolerancia a los sonidos.
Como conclusión, los autores consideran que la disminución de la tolerancia a los sonidos reúne las características propias de un fenómeno transdiagnóstico. Por ello, proponen impulsar investigaciones que desarrollen criterios diagnósticos consensuados, herramientas de evaluación más precisas, tratamientos personalizados y sistemas de detección temprana. A su juicio, integrar la investigación sobre los mecanismos biológicos, psicológicos y sociales, junto con la experiencia de las personas afectadas, será fundamental para mejorar la comprensión y la atención de estas alteraciones.
Fuente.
Scheerer, N. E., Rosenthal, M. Z., Birmingham, E., Carson, T. B., Van Esch, N., Williams, Z., Iarocci, G., & Jahn, K. N. (2026). Transdiagnostic mechanisms of decreased sound tolerance. Nature Reviews Psychology, 5, 402–419. https://doi.org/10.1038/s44159-026-00565-y
