Para muchas familias, uno de los cambios más desconcertantes que trae consigo la adolescencia es el silencio repentino de sus hijos e hijas. Ese niño o niña que antes hablaba sin parar y compartía cada detalle de su vida, de pronto parece levantar a su alrededor un muro de incomunicación. Esta transformación, lejos de ser un fenómeno aislado, forma parte del proceso de desarrollo normal que atraviesan los y las adolescentes mientras comienzan a construir su independencia. Aun así, puede resultar emocionalmente difícil para madres y padres que sienten que, sin haber cambiado nada por su parte, el vínculo que tenían con su hijo o hija adolescente se ve drásticamente afectado.
Así lo afirma el Instituto de la Mente Infantil (Child Mind Institute), en un artículo a través del cual recoge una serie de recomendaciones dirigidas a madres y padres para gestionar eficazmente la falta de comunicación repentina por parte de sus hijos e hijas adolescentes.
Tal y como señala el Instituto, ante esta situación, lo primero que deben hacer las personas adultas es respirar y comprender que esta distancia es esperable y necesaria. Se trata de una etapa clave en la transición hacia la adultez, en la que los y las jóvenes ensayan formas de ser autónomos y buscan espacios propios. A pesar de su aparente frialdad o desinterés, los/as adolescentes siguen necesitando a sus padres: su apoyo, orientación y presencia siguen siendo pilares fundamentales, aunque ellos no lo reconozcan abiertamente.

De hecho, numerosos/as adolescentes manifiestan que desean estar más cerca de sus padres, pero no saben cómo hacerlo. Por ello, mientras ellos intentan tomar distancia como parte de su proceso de maduración, corresponde a los padres acortar esa brecha con sensibilidad y respeto. La clave está en acompañar sin invadir, estar presentes sin forzar y propiciar espacios de conexión genuina.
¿Qué tipo de silencio enfrenta la familia?
Es fundamental analizar hasta qué punto se manifiesta esta falta de comunicación, ya que no todos los silencios son iguales ni implican el mismo nivel de preocupación. A continuación, se exponen tres escenarios posibles, junto con estrategias concretas para abordar cada uno de ellos:
1. Adolescente que antes compartía todo y ahora confía solo en sus amistades
Cuando un/a adolescente que solía contar todo a su madre o padre comienza a excluir a los adultos de su vida íntima y se apoya principalmente en su círculo de amistades, el cambio puede resultar doloroso. Sin embargo, en este caso, no hay motivos de alarma: se trata de un patrón de comportamiento habitual y saludable en esta etapa del desarrollo.
En lugar de tomarlo como algo personal, lo recomendable es evitar los reproches y trabajar en mantener interacciones positivas. Retomar actividades compartidas del pasado, sentarse a comer juntos o simplemente conversar desde el respeto y la escucha puede ayudar a reforzar el vínculo. Compartir aspectos divertidos o interesantes de la propia vida puede ser una buena manera de facilitar que el o la adolescente también se abra, sin presionarle/a.
2. Adolescente que responde con monosílabos, fastidio o desdén
Algunos/as adolescentes muestran una actitud más defensiva o reactiva: responden con monosílabos, ruedan los ojos con fastidio y reservan su entusiasmo exclusivamente para sus amistades. Aunque este comportamiento puede ser frustrante, sigue siendo parte del desarrollo normal.
En estos casos, conviene mantener límites claros pero razonables y concentrarse en fortalecer la relación afectiva. Si un adolescente no se siente conectado con sus padres, difícilmente los respetará. Evitar «sermonear» es crucial: cuando los progenitores se abstienen de discursos moralizantes, los/as jóvenes no sienten la necesidad de alejarse para buscar su identidad. Además, resulta útil reconocer que detrás de ciertos gestos de desdén puede haber malestar emocional. Nombrar la emoción y recordar al adolescente cómo es realmente, por ejemplo diciendo: «Sé que estás molesto, pero normalmente eres amable y respetuoso», puede abrir la puerta al diálogo.
3. Adolescente que se aísla de todos y permanece recluido
Cuando el o la adolescente deja de comunicarse no solo con la familia, sino también con sus amistades, se encierra largas horas en su habitación, pierde interés por actividades que antes disfrutaba y se aísla cada vez más, es necesario prestar atención urgente. Estos signos exceden el rango de comportamiento típico de la adolescencia y pueden ser indicadores de situaciones graves, como haber sufrido algún tipo de trauma (por ej., acoso, abuso, etc.); consumir sustancias o indicar el inicio de problemas de salud mental, entre ellos depresión, esquizofrenia o trastorno bipolar (los cuales se vuelven más comunes a finales de la adolescencia y en los primeros años después de cumplir 20).
Este tipo de aislamiento no debe tomarse a la ligera. Recluirse en un mundo virtual no sustituye el contacto humano, y las relaciones online pueden generar vínculos intensos sin garantías de seguridad o autenticidad. En estos casos, la intervención de los padres debe ser firme y decidida.
Es importante dar espacio para que el/la adolescente pueda explicar su conducta, en especial si se percibe hostilidad o enojo. La privacidad tiene límites: los padres tienen derecho a saber qué sucede en la habitación de su hijo si este pasa la mayor parte del tiempo solo. Preguntas como «¿A dónde vas?» o «¿Cuándo volverás?» deben obtener respuestas claras, no evasivas.
Si no se logra establecer un canal de comunicación directo, puede ser útil monitorear sus redes sociales, siempre con responsabilidad y como una medida de protección. Asimismo, se recomienda buscar ayuda profesional de manera inmediata, comenzando por contactar al pediatra y describir detalladamente la situación.
Cómo actuar en caso de sospecha de pensamientos suicidas.
Ante la sospecha de que el/la adolescente podría estar teniendo ideas suicidas, la intervención debe ser inmediata, pero siempre desde la calma. De acuerdo con los expertos, es esencial evitar frases como «no pienses así» o «no deberías sentirte así», ya que pueden sonar críticas y poco empáticas, incluso si la intención es de preocupación.
Por el contrario, sugieren algunas pautas fundamentales, entre ellas, las siguientes:
- Repetir con frecuencia que se le quiere, especialmente en momentos difíciles.
- Validar las emociones de su adolescente con expresiones que transmitan empatía, como «parece que ha sido muy difícil para ti» o «sé lo doloroso que puede llegar a ser».
- Acompañarlo en el proceso de búsqueda de ayuda profesional, dejando claro que pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino un paso valiente y necesario.
Cuidar el vínculo incluso en medio del silencio.
En definitiva, ante el llamado «tratamiento del silencio», los padres deben recordar que no es por ellos, sino que es un proceso interno que el o la adolescente necesita atravesar. Aun cuando parezca que no hay lugar para los adultos en la vida de sus hijos e hijas, lo cierto es que estos/as los siguen necesitando profundamente, aunque lo expresen de maneras diferentes.
Por eso, más allá de lo difícil o poco gratificante que pueda ser en ciertos momentos, el desafío está en elegir bien las batallas, respetar los espacios y mantener el vínculo afectivo, poniendo siempre la salud y el bienestar del adolescente en primer plano.
Fuente: Child Mind Institute
