La evidencia acumulada en los últimos años confirma que el sesgo de género en salud no se limita al acceso o a la investigación, sino que atraviesa el propio proceso diagnóstico. Las mujeres se enfrentan, de hecho, a un doble sesgo: por un lado, al infradiagnóstico de enfermedades médicas y/o problemas psicológicos relevantes y, por otro, al sobrediagnóstico o a la atribución errónea de sus síntomas físicos a causas psicológicas. Este fenómeno, circunscrito a lo que se ha denominado “gender health gap” –la brecha de género en la salud–, perpetúa las desigualdades estructurales en la investigación, en la práctica clínica y en los resultados relacionados con la salud (Regensteiner et al., 2025).
Este doble sesgo no se manifiesta de forma aislada en especialidades concretas, sino que atraviesa el conjunto del sistema sanitario, tanto en el abordaje de la patología física como de problemas de salud mental y/o psicológica, revelando un patrón transversal en la forma en que se construyen, interpretan y aplican los diagnósticos en función del género.
La cuestión no es únicamente el hecho de que determinadas patologías se terminen detectando más tarde en mujeres –incluso años más tarde–, sino que, además, con frecuencia, cuando lo que se abordan son síntomas específicamente físicos estos se reinterpretan como ansiedad, estrés o somatización retrasando una exploración exhaustiva y completa y la realización de las pruebas diagnósticas necesarias. Este retraso y la tendencia interpretativa hacia lo psicológico tiene consecuencias clínicas, psicológicas y sociales profundas.
Infradiagnóstico y retraso diagnóstico: prevalencia y patrones.
Uno de los ámbitos mejor documentados en el ámbito de la salud en cuanto al infradiagnóstico es el cardiovascular. La revisión sistemática muestra que las mujeres reciben menor número de pruebas diagnósticas invasivas, menor número de derivaciones a cardiología y tratamientos menos intensivos en enfermedades cardiovasculares, incluso cuando presentan síntomas compatibles (Khan et al., 2024). Además, en el estudio de Lichtman et al. (2018), mujeres jóvenes con infarto agudo de miocardio refirieron que sus síntomas se atribuyeron con mayor frecuencia al estrés o la ansiedad antes de llegar a un diagnóstico definitivo. Este retraso no es anecdótico y tiene implicaciones directas en la morbimortalidad.

En el ámbito de la atención primaria, el protocolo epidemiológico plantea que el sesgo de género puede relacionarse, también, con prácticas de bajo valor clínico y potenciales eventos adversos, lo que sugiere que la inequidad no solo afecta al acceso a pruebas, sino a la calidad global del abordaje (Carrillo et al., 2023).
Estos mecanismos de retraso diagnóstico y reinterpretación psicológica de los síntomas físicos no son exclusivos de determinadas especialidades médicas, sino que responden a una lógica más amplia de interpretación clínica que también se reproduce en el ámbito de la salud mental.
En el ámbito del neurodesarrollo, el infradiagnóstico en mujeres es particularmente relevante. Los datos sobre TDAH en mujeres adultas documentan que existen patrones de diagnóstico tardío, frecuente comorbilidad previa mal atribuida y años de funcionamiento deteriorado sin explicación clínica adecuada (Attoe & Climie, 2023). En paralelo, la investigación psicométrica sobre el Autism Spectrum Quotient (Baron-Cohen et al., 2001) muestra problemas de invariancia de medida según el sexo, lo que sugiere que hay instrumentos que se están usando ampliamente y que pueden no estar capturando de forma adecuada la manifestación femenina del autismo (Belcher et al., 2023).
En el caso del TDAH no diagnosticado, los efectos psicológicos son significativos. El estudio de Holden y Kobayashi-Wood (2025) describe experiencias de culpa, baja autoestima, vergüenza e internalización de etiquetas negativas durante los años previos al diagnóstico, mostrando que el infrarreconocimiento tiene un coste identitario, además de funcional.
Psicologización y sobrediagnóstico: cuando el cuerpo se convierte en ansiedad.
El otro extremo del problema es la psicologización de algunos problemas físicos. La revisión de Samulowitz et al. (2018) muestra que el dolor crónico en mujeres tiende a ser deslegitimado, minimizado o reinterpretado como emocional con mayor frecuencia que en hombres. Este patrón afecta a la credibilidad otorgada al relato y a las decisiones clínicas que siguen al diagnóstico.
Zirnsak et al. (2024) profundizan cualitativamente en esta experiencia y señalan que algunas mujeres con diagnósticos previos de salud mental relatan que sus síntomas físicos han sido sistemáticamente atribuidos a su problema psicológico previo, obligándoles a “luchar” para obtener exploraciones adicionales. Este fenómeno se alinea con el concepto de “diagnostic overshadowing” –ensombrecimiento por diagnósticos previos–, donde la existencia de un diagnóstico psiquiátrico o psicológico previo eclipsa el razonamiento clínico ante nuevos síntomas físicos (Hallyburton, 2022; Liberati et al., 2025).
Este sobrediagnóstico psicológico no implica que los trastornos de ansiedad o depresión no existan en mujeres —de hecho, presentan mayor prevalencia en muchas categorías—, sino que cuando existe un diagnóstico previo relacionado con salud mental este sustituye a la evaluación médica completa. La consecuencia puede ser doblemente perjudicial: persistencia de la enfermedad física y estigmatización psicológica.
De nuevo, el patrón es similar: aquello que no encaja de manera inmediata en el modelo clínico dominante corre el riesgo de ser reinterpretado bajo marcos explicativos psicológicos antes de completar el estudio diferencial.
La menopausia como ejemplo paradigmático.
La menopausia ilustra la complejidad del fenómeno. Por un lado, síntomas como los sofocos, alteraciones del sueño, cambios de humor o niebla mental pueden ser infravalorados o tratados superficialmente. Por otro, existe el riesgo de que síntomas nuevos o atípicos se atribuyan automáticamente a la transición menopáusica, ocultando patologías cardiovasculares, tiroideas o autoinmunes subyacentes.
El análisis sobre la brecha de género en investigación y la práctica clínica subraya cómo la falta histórica de inclusión de mujeres en los ensayos y la medicalización selectiva de procesos fisiológicos han generado un marco interpretativo parcial (Regensteiner et al., 2025). La menopausia se convierte así en un espacio ambivalente: se da invisibilización cuando se banaliza, y una sobregeneralización cuando todo síntoma se explica a través de esta transición.
Consecuencias clínicas y psicológicas.
El retraso diagnóstico de enfermedades físicas como, por ejemplo, las enfermedades cardiovasculares, se asocia con un peor pronóstico y una mayor mortalidad (Lichtman et al., 2018). En el caso del neurodesarrollo, el diagnóstico tardío se relaciona con trayectorias de fracaso académico, laboral y relacional, así como con un mayor riesgo de trastornos afectivos secundarios (Attoe & Climie, 2023; Holden & Kobayashi-Wood, 2025).
En el plano psicológico, la deslegitimación repetida puede generar desconfianza en el sistema sanitario, la evitación de consultas futuras y un deterioro de la alianza terapéutica (Samulowitz et al., 2018; Zirnsak et al., 2024). Además, la internalización de etiquetas como “exagerada” o “ansiosa” afecta a la autoimagen y a la percepción de competencia personal.
Desde el punto de vista sistémico, el sesgo de género no es únicamente un problema individual de los y las profesionales, sino una consecuencia de la existencia de estructuras de investigación históricamente androcéntricas y de instrumentos diagnósticos diseñados sobre muestras predominantemente masculinas (Regensteiner et al., 2025; Belcher et al., 2023).
Invisibilización y falta de escucha.
Un eje transversal en la literatura es la experiencia de no ser escuchadas. Zirnsak et al. (2024) describen cómo las mujeres perciben que su relato es, con frecuencia, cuestionado o relativizado. Samulowitz et al. (2018) documentan cómo el dolor femenino se conceptualiza culturalmente como emocional o exagerado. Estas dinámicas no solo influyen en el diagnóstico, sino que configuran un marco epistémico donde la voz de la paciente pierde legitimidad.
La consecuencia es una forma de injusticia epistémica: la experiencia subjetiva no se considera fuente válida de conocimiento clínico. Este fenómeno amplifica la brecha diagnóstica y refuerza desigualdades estructurales.
Una raíz estructural: ensayos clínicos e infrarrepresentación de mujeres.
La brecha diagnóstica no puede entenderse sin examinar la historia de la investigación. Durante décadas, los ensayos clínicos han incluido de forma desproporcionada a varones, bajo el supuesto de que los resultados serían generalizables a las mujeres. Esta exclusión histórica ha tenido consecuencias directas en la comprensión de síntomas, de los perfiles clínicos y la respuesta a los tratamientos. El análisis reciente subraya que la infrarrepresentación femenina en la investigación ha producido una base de evidencia parcial, que posteriormente se ha traducido en la generación de guías clínicas menos sensibles a las diferencias sexo-género (Regensteiner et al., 2025).
En las enfermedades cardiovasculares, por ejemplo, los estudios iniciales que sirvieron para determinar los criterios clásicos de presentación sintomática se basaron mayoritariamente en muestras masculinas. Esto ha contribuido a que los síntomas más frecuentes en mujeres —que pueden diferir en intensidad o forma de presentación— se consideren “atípicos”, favoreciendo los retrasos diagnósticos (Khan et al., 2024; Lichtman et al., 2018).

La infrarrepresentación no solo afecta a la prevalencia o al reconocimiento clínico, sino también a la farmacocinética y farmacodinámica. Las diferencias hormonales, metabólicas y de composición corporal pueden modificar la eficacia y los efectos adversos de los tratamientos. Cuando estos factores no se analizan por sexo, se perpetúa, por defecto, una ciencia basada en un modelo masculino (Regensteiner et al., 2025).
En el ámbito de la salud mental y el neurodesarrollo, la construcción de instrumentos diagnósticos sobre muestras predominantemente masculinas ha condicionado, igualmente, los criterios clínicos y la interpretación de síntomas (Belcher et al., 2023; Attoe & Climie, 2023). Así, tanto en la enfermedad cardiovascular como en el TDAH o el autismo, el patrón es comparable: aquello que no coincide con el modelo de referencia puede quedar invisibilizado, retrasado o reinterpretado.
Sesgo en la construcción de categorías diagnósticas en psicología.
La infrarrepresentación no se limita a los ensayos farmacológicos o cardiovasculares, sino que atraviesa la propia arquitectura de los sistemas diagnósticos en psicología y psiquiatría. Muchos criterios clínicos se han desarrollado a partir de muestras mayoritariamente masculinas o desde modelos de presentación externalizante de los síntomas. Esto puede generar una infraidentificación de manifestaciones más internalizantes o relacionales, que son más frecuentes en el caso de las mujeres y en diferentes problemas y patologías (Belcher et al., 2023; Attoe & Climie, 2023).
Este desajuste entre el modelo diagnóstico y la expresión clínica femenina no solo contribuye al infradiagnóstico, sino que puede promover etiquetados alternativos —como trastornos de ansiedad o de personalidad— cuando el cuadro nuclear no ha sido adecuadamente conceptualizado e identificado.
¿Cómo mejorar los sistemas de diagnóstico y abordaje?
La literatura reciente converge en la necesidad de reformas estructurales y formativas. Se propone incorporar sistemáticamente el análisis por sexo y género en investigación clínica, revisar los instrumentos diagnósticos para asegurar la invariancia y la validez en mujeres, y mejorar la formación relacionada con los sesgos implícitos y el razonamiento clínico reflexivo en los y las profesionales (Regensteiner et al., 2025; Belcher et al., 2023).
Asimismo, abordar el “diagnostic overshadowing” requiere de protocolos que obliguen a descartar causas orgánicas ante síntomas nuevos, incluso en presencia de diagnósticos previos de salud mental (Hallyburton, 2022; Liberati et al., 2025). En atención primaria, la evaluación de prácticas de bajo valor con perspectiva de género podría reducir inequidades (Carrillo et al., 2023).
Finalmente, fortalecer la escucha clínica y validar la experiencia subjetiva no es un gesto sin sentido, sino un componente esencial y central de la calidad asistencial.
Conclusiones: hacia una revisión estructural del modelo diagnóstico y clínico con perspectiva de género.
La brecha de género en el ámbito de la salud no es únicamente una cuestión menor o de sensibilización profesional, sino un fenómeno estructural que atraviesa la producción del conocimiento, la construcción de las categorías diagnósticas y la práctica clínica cotidiana (Regensteiner et al., 2025).
El sesgo de género no distingue entre especialidades: tanto en la cardiología como en la atención primaria, tanto en el dolor crónico como en el TDAH o el autismo, el modelo diagnóstico puede invisibilizar, retrasar o psicologizar el malestar femenino.
Cerrar la brecha implica reconocer que cuando los síntomas de una mujer se interpretan sistemáticamente como ansiedad o exageración, no estamos ante un simple sesgo individual, sino ante una estructura que necesita revisión. La calidad asistencial y la justicia sanitaria dependen de ello.
Referencias.
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