¿Qué significa ser infiel? La respuesta, que nunca ha sido sencilla, se ha vuelto todavía más compleja en un contexto en el que las aplicaciones de citas, las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial multiplican las posibilidades de interacción y difuminan los límites entre lo emocional, lo sexual y lo digital. Para los y las profesionales de la Psicología, comprender estas nuevas realidades resulta especialmente relevante a la hora de trabajar con parejas y personas que afrontan las consecuencias de una ruptura de la confianza.
El artículo “Cómo ayudan los psicólogos/as a las personas a recuperarse de una infidelidad” (How psychologists help patients heal from infidelity, Medaris, 2026), publicado en la revista Monitor on Psychology, de la American Psychological Association (APA), analiza lo que sabemos sobre las causas y consecuencias de la infidelidad y, especialmente, qué puede aportar la intervención psicológica para afrontar una experiencia que puede generar una intensa crisis individual y de pareja.
¿Qué entendemos hoy por infidelidad?
Una de las primeras dificultades es establecer qué comportamientos pueden considerarse una infidelidad. Las definiciones varían y evolucionan. El artículo recoge una revisión en la que ésta se define como cualquier comportamiento emocional, sexual o romántico secreto que vulnere la exclusividad y límites propios y consensuados de la relación.
Sin embargo, la cuestión es más compleja. Las personas tienden a identificar más fácilmente como infidelidad las conductas físicas que las emocionales o digitales, pero lo que se considera una transgresión depende en buena medida de cómo los miembros de una pareja entiendan sus compromisos y límites.
Esta cuestión cobra especial importancia en el contexto actual. Las aplicaciones permiten establecer nuevos contactos con enorme facilidad; algunas plataformas han hecho más interactivo el consumo de pornografía y la inteligencia artificial introduce nuevas formas de relación con sistemas capaces de mantener interacciones percibidas como compasivas o incluso como coquetería.
Para la práctica psicológica, esto plantea una cuestión fundamental: no siempre puede darse por supuesto que ambos miembros de una pareja comparten la misma definición de fidelidad. Explorar los límites, expectativas y acuerdos de la relación puede ser una parte relevante de la evaluación y de la intervención.
No existe una única razón para ser infiel.
Tampoco existe un perfil único de la persona que comete una infidelidad, ni una causa que explique todos los casos.
Una investigación recogida en el artículo agrupa las motivaciones en dos grandes categorías. Por un lado, aquellas relacionadas con la propia relación, como estar enfadado con la pareja o sentirse desconectado de ella. Por otro, motivos que no necesariamente tienen que ver con problemas dentro de la relación, como buscar variedad sexual o ceder a una tentación bajo los efectos del alcohol.
Esta distinción es importante porque las motivaciones también parecen relacionarse con lo que sucede después. El Monitor, cuando la infidelidad responde a déficits percibidos en la relación, las personas muestran mayor probabilidad de confesarla y también de romper posteriormente con su pareja. Cuando responde a otros motivos, es más probable que permanezca en secreto y que la persona trate de continuar con su relación original.

Otra investigación analizada en Monitor on Psychology, realizada con usuarios de una plataforma específicamente orientada a buscar relaciones extramaritales, encontró que quienes buscaban activamente este tipo de encuentros no lo hacían principalmente porque fueran infelices en sus relaciones.
Para los profesionales, estos resultados invitan a evitar explicaciones automáticas. Una infidelidad no implica necesariamente que existiera previamente una relación insatisfactoria ni permite, por sí sola, determinar el futuro de esa pareja.
El impacto psicológico de la traición.
Que sus causas sean diversas no significa que sus consecuencias sean menores.
La infidelidad puede provocar una desregulación emocional tanto en la persona que ha sufrido la infidelidad, como en la que ha cometido la transgresión y generar emociones intensas de ira, inseguridad, vergüenza, culpa, celos y tristeza. La investigación también ha relacionado haber sufrido una infidelidad con síntomas depresivos, menor autoestima e incluso peores indicadores posteriores de salud física.
El daño puede afectar, además, a aspectos especialmente profundos de la identidad y de la percepción de la propia historia. La persona puede sentir no solo que pierde la relación tal y como la conocía, sino también cuestionar lo que creía haber compartido con su pareja e, incluso, su propia percepción de sí misma.
Algunas dinámicas, además, pueden repetirse. Una investigación citada en el artículo encontró que las personas que habían sido infieles en una relación presentaban mayor probabilidad de volver a serlo en la siguiente. De manera similar, quienes habían sufrido una infidelidad mostraban mayor probabilidad de volver a experimentar una situación semejante en relaciones posteriores.
Una crisis que exige una intervención especialmente cuidadosa.
Trabajar desde el punto de vista con una infidelidad presenta características particulares. La terapia de pareja implica ya observar una dinámica interpersonal que se desarrolla en tiempo real dentro de la consulta. Cuando existe una infidelidad, se añade una crisis que genera urgencia y una elevada intensidad emocional.
Pero esa crisis también puede convertirse en una oportunidad para introducir cambios. Algunas parejas consiguen reparar la ruptura y fortalecer su relación; otras deciden separarse. En determinadas circunstancias, especialmente cuando las diferencias en el deseo sexual o determinadas necesidades se abordan antes de que se produzca una transgresión, algunas parejas pueden plantearse modificar consensuadamente los acuerdos y términos de su relación.
No existe, por tanto, un único resultado que deba perseguir la intervención psicológica. La finalidad no es necesariamente mantener unida a la pareja, sino ayudar a sus miembros a comprender qué ha ocurrido, procesar sus consecuencias y decidir cómo quieren avanzar.
Reconstruir la confianza: diferentes aproximaciones terapéuticas.
El artículo recoge distintos enfoques para trabajar con la infidelidad. Uno de ellos es el método Gottman, que ha mostrado mejoras significativas en la satisfacción de ambos miembros de la pareja y una reducción de la tendencia de la persona infiel a abandonar la relación.
El protocolo plantea tres fases. La primera implica asumir la responsabilidad por la infidelidad; la segunda aborda los problemas de la relación que precedieron a la infidelidad; y la tercera se orienta a ayudar a la pareja a volver a establecer un vínculo afectivo.
Otro modelo aborda las consecuencias de la infidelidad desde una perspectiva relacionada con el trauma. En una primera etapa se trata de contener el daño, incluyendo asegurarse de que la relación con la tercera persona haya terminado. Posteriormente se analiza qué condujo a la infidelidad y, finalmente, se trabaja sobre cómo ambas partes quieren que sea la relación en el futuro, en caso de que las dos decidan continuar juntas.
Este enfoque reconoce que la infidelidad puede generar sentimientos y experiencias semejantes a los observados en el trastorno de estrés postraumático y que pueden requerir atención específica. Además, puede aplicarse también en terapia individual.
Perdonar no tiene por qué ser el objetivo.
Una cuestión particularmente relevante es el papel del perdón. Aunque la investigación ha encontrado una relación general entre perdón y satisfacción en la pareja, el artículo recoge, también, un planteamiento que cuestiona que perdonar tenga que constituir necesariamente la meta de la recuperación.
Desde esta perspectiva, el perdón genuino debe ser merecido por la persona que ha cometido la infidelidad. Si esta no está dispuesta a comprender el dolor causado y a dar los pasos necesarios para recuperar la confianza, la persona que ha vivido la infidelidad puede avanzar en su propia recuperación sin necesidad de perdonar.
Esta idea tiene una clara aplicación clínica: superar el daño y perdonar no son necesariamente procesos equivalentes, y la intervención psicológica no debería imponer de antemano cuál debe ser el desenlace emocional o relacional.
Una mirada sin juicios para comprender y avanzar.
Trabajar con la infidelidad exige formación y competencias específicas. Sin embargo, según señala Monitor on Psychology, actualmente no existe un itinerario único de formación o derivación para los psicólogos que quieran especializarse en este ámbito.
El artículo destaca, además, la importancia de adoptar una posición de curiosidad en lugar de juicio. La función del profesional no consiste en determinar quién es “bueno” o “malo”, sino en comprender las motivaciones, el daño producido, las dinámicas relacionales y las necesidades de las personas implicadas.
Para la Psicología, esta perspectiva es especialmente útil en un momento en el que las fronteras de la fidelidad pueden ser cada vez más diversas y difíciles de definir. Preguntar por los acuerdos de la pareja, explorar qué significa para cada persona la transgresión, comprender las motivaciones sin minimizar el daño y ayudar a tomar decisiones sin imponer la reconciliación o la ruptura son competencias esenciales en este tipo de intervención.
La infidelidad puede desencadenar una profunda crisis, pero no determina automáticamente el final de una relación. Algunas parejas reconstruyen su vínculo; otras deciden separarse. En ambos casos, la Psicología puede proporcionar un espacio para contener el daño, comprender lo sucedido y favorecer que las personas puedan avanzar de una manera más consciente y autónoma.
Fuente.
Medaris, A. (2026, July 1). How psychologists help patients heal from infidelity. Monitor on Psychology, 57(5).
