Contenido elaborado por Jóvenes Profesionales de la Psicología (División Académica – SEP)
La experiencia de ser joven está marcada por cambios continuos. Terminar los estudios, comenzar una nueva formación, mudarse de ciudad o iniciar la vida laboral son situaciones que, aunque suelen asociarse a crecimiento y oportunidades, también implican procesos de adaptación complejos de los que no siempre se habla. En este contexto de incertidumbre, la soledad puede emerger de forma poco visible, recordando que no es exclusiva de una etapa concreta del ciclo vital. De hecho, el Marco Estratégico Estatal de las Soledades sitúa a los jóvenes entre los grupos prioritarios, señalando que un 35% experimenta soledad no deseada (Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, 2025).
Aunque existen formas de aislamiento más evidentes, la soledad en jóvenes suele aparecer, especialmente, en momentos de transición. En estas etapas no siempre hay normas claras ni un rol definido, lo que puede dificultar la adaptación y generar una sensación de desorientación.
El vacío entre etapas.
Cada cambio importante implica, en cierta medida, una ruptura. Los vínculos que antes formaban parte del día a día dejan de estar presentes del mismo modo, mientras que las nuevas relaciones aún no han alcanzado profundidad ni estabilidad.
Este “espacio intermedio” puede generar una sensación de desubicación difícil de explicar. El y la joven ya no se identifica completamente con su etapa anterior, pero tampoco se siente integrado en la nueva (Sundqvist et al., 2024). Surge así una incertidumbre relacional: con quién contar, dónde encajar o cómo reconstruir una red social. En muchos casos, este proceso implica empezar de cero, lo que puede resultar desafiante en una etapa en la que el sentido de pertenencia es fundamental.
Conectividad constante, conexión limitada.
La tecnología permite mantener un contacto continuo con otras personas. Mensajes, redes sociales o videollamadas hacen posible sostener vínculos previos incluso a distancia. Sin embargo, esta hiperconectividad no siempre se traduce en conexión emocional.
Las interacciones digitales suelen ser más rápidas y menos profundas. Se comparte información, pero no siempre experiencias significativas, lo que puede generar una sensación de contacto superficial. De este modo, aparece una paradoja: estar en contacto constante sin sentirse realmente acompañado.
Además, durante estos periodos de cambio, la exposición a la vida de otros puede intensificar la sensación de desajuste. Observar cómo antiguos amigos parecen adaptarse con facilidad o construir nuevas relaciones puede dar lugar a comparaciones que aumenten la inseguridad y el malestar.

Una experiencia difícil de expresar.
La soledad en estas circunstancias no siempre se verbaliza. Existe una expectativa social, a menudo implícita, de que la juventud es una etapa de sociabilidad, integración rápida y disfrute. Bajo esta idea, los cambios deberían ir acompañados de nuevas amistades casi de forma automática.
Cuando esto no ocurre, puede surgir una sensación de extrañeza o incluso de fracaso personal. Muchos jóvenes interpretan su dificultad para adaptarse como algo individual, en lugar de entenderlo como parte de un proceso compartido. Esta percepción dificulta compartir la experiencia, lo que refuerza el aislamiento: si no se habla de la soledad, parece que no existe.
Reconstruir vínculos con tiempo.
Adaptarse a una nueva etapa no es inmediato. Las relaciones significativas requieren tiempo, repetición y experiencias compartidas. Aceptar que los vínculos profundos no surgen de forma instantánea puede aliviar la presión por encajar rápidamente (Evans et al., 2022).
Fomentar espacios de encuentro, participar en actividades compartidas o sostener pequeñas interacciones cotidianas facilita la construcción progresiva de relaciones. Al mismo tiempo, mantener vínculos del pasado puede aportar estabilidad emocional, siempre que no se conviertan en el único apoyo.
Una oportunidad para redefinir las relaciones.
Las transiciones vitales, aunque desestabilizadoras, también ofrecen la oportunidad de replantear cómo nos relacionamos. Adoptar una actitud activa y paciente —participar en actividades, mantener una mentalidad abierta y favorecer el contacto frecuente— puede ayudar a construir nuevas redes sociales y fortalecer el sentimiento de pertenencia.
Asimismo, practicar la autoaceptación, evitar comparaciones constantes, sobre todo en redes sociales, y expresar cómo uno se siente son estrategias que pueden aliviar la sensación de soledad. Cuando esta persiste, recurrir a apoyo profesional o a recursos que fortalezcan las habilidades sociales puede facilitar la adaptación y mejorar el bienestar emocional (Sundqvist y Hemberg, 2021).
REFERENCIAS
Ministerio de Derechos Sociales, Conso y Agenda 2030. (2025). Marco estratégico estatal de las soledades 2026–2030. https://www.dsca.gob.es/sites/default/files/derechos-sociales/Marco_Estrategico_Soledades.pdf
Sundqvist, A. J. E., Nyman-Kurkiala, P., Ness, O., & Hemberg, J. (2024). The influence of educational transitions on loneliness and mental health from emerging adults’ perspectives. International Journal of Qualitative Studies on Health and Well-Being, 19(1), 2422142.
Evans, O., Cruwys, T., Cárdenas, D., Wu, B., & Cognian, A. V. (2022). Social identities mediate the relationship between isolation, life transitions, and loneliness. Behaviour Change, 39(3), 191-204.
Sundqvist, A., & Hemberg, J. (2021). Adolescents’ and young adults’ experiences of loneliness and their thoughts about its alleviation. International Journal of Adolescence and Youth, 26(1), 238-255.
