La pandemia de COVID-19 ha tenido un grave impacto en la salud mental y el bienestar de las personas de todo el mundo, así como ha aumentado el riesgo de conducta suicida entre la población. Así lo recoge el reciente informe de la OMS, Mental Health and COVID-19: Early evidence of the pandemic’s impact (Salud mental y COVID-19: evidencia temprana del impacto de la pandemia).

En el informe, realizado a partir de la revisión de los datos científicos disponibles hasta la fecha, incluidos revisiones sistemáticas y metaanálisis, analiza el impacto de la pandemia de COVID-19 y su efecto en la salud mental de la población mundial. Los resultados del análisis son contundentes: tan sólo en el primer año de la pandemia de COVID-19 se ha disparado un 25% la prevalencia de los trastornos de ansiedad y depresión en todo el mundo.

Autor: Engin Akyurt Fuente: 
pexels Fecha descarga: 06/12/2020

La gravedad del problema radica en que, además, este aumento del sufrimiento psicológico se ha acompañado de un cierre generalizado de los servicios de salud mental o de un funcionamiento “bajo mínimos”, que ha obstaculizado que las personas en riesgo hayan podido obtener la ayuda y tratamientos necesarios.

El documento, que se trata del primer informe técnico de revisión de los problemas de salud mental asociados a la COVID-19 por parte de la OMS, se compone de varias secciones que analizan: el impacto de la pandemia de COVID-19 en la prevalencia de los síntomas de salud mental y los trastornos mentales; el impacto de la pandemia de COVID-19 en la prevalencia de pensamientos y comportamientos suicidas; el riesgo de infección, enfermedad grave y muerte por COVID-19 para las personas que viven con trastornos mentales; el impacto de la pandemia de COVID-19 en los servicios de salud mental; y la eficacia de las intervenciones psicológicas adaptadas a la pandemia de COVID-19 para prevenir o reducir los problemas de salud mental y/o mantener el acceso a los servicios de salud mental.

El efecto negativo de la pandemia sanitaria se debe, según los autores del informe, a las múltiples fuentes de estrés que confluyen en esta crisis sin precedentes, pero fundamentalmente a la soledad y aislamiento que ha implicado la restricción de actividades para evitar la propagación del virus. Se trata de una situación de estrés que ha impedido el funcionamiento de las redes de apoyo social habituales de las personas, que cumplen un papel amortiguador frente al estrés fundamental en situaciones críticas. El teletrabajo, el confinamiento en el domicilio y la paralización de las actividades sociales en las comunidades ha acrecentado la percepción de soledad e indefensión en la población. Esto unido a la seria amenaza para la vida que supone el riesgo de infección, la muerte de familiares cercanos, el proceso de duelo dificultado por la imposibilidad de acompañar a los seres queridos en sus últimos momentos o de asistir a los funerales y otras ceremonias de despedida y la crisis económica asociada son identificados por los autores del informe como las principales fuentes de estrés. Para el caso de los profesionales sanitarios, se añade, junto a estos factores, unas jornadas laborales extenuantes, con una elevada demanda de trabajo y sin las condiciones de protección necesarias (sobre todo, en los primeros meses de la pandemia), que han dado lugar a un agotamiento de este colectivo, donde, según se señala en el informe, se ha producido un aumento preocupante de pensamientos suicidas.

Otros grupos especialmente vulnerables a los efectos psicológicos de la situación de pandemia sanitaria son los jóvenes y las mujeres. Tal y como se ha puesto de manifiesto en diferentes estudios a lo largo de los últimos meses, los jóvenes tienen un “riesgo desproporcionado” de conductas autolesivas y comportamientos suicidas. Por su parte, las mujeres constituyen el colectivo más vulnerable a desarrollar problemas de salud mental en este contexto sanitario, situándose por encima de los hombres o de las personas con problemas de salud física calificados como de alto riesgo frente a la COVID-19.

Respecto al análisis de los tratamientos psicológicos, la revisión de la OMS, cita diferentes estudios en los que se ha evaluado una amplia gama de intervenciones psicológicas para pacientes con COVID-19 o para trabajadores sanitarios. Las intervenciones psicológicas implementadas se han centrado en el entrenamiento en relajación, la terapia psicológica online y la intervención guiada en crisis. Los resultados muestran que estas intervenciones mejoran significativamente la salud mental general y reducen la ansiedad y la depresión, específicamente. Respecto al grupo de pacientes con COVID-19, el documento señala que los tratamientos psicológicos en modalidad online, como la atención escalonada con psicoeducación y terapia cognitivo-conductual y otras intervenciones complementarias como los grupos de autoayuda o la intervención breve en crisis o primeros auxilios psicológicos han demostrado su eficacia en la reducción de la ansiedad, la depresión y la preocupación excesiva.

En conclusión, aunque los datos son limitados, las intervenciones psicológicas que han sido puestas a prueba resultan eficaces para prevenir o reducir los problemas de salud mental relacionados con la pandemia, según indican los autores.

Finalmente, en relación con la inversión en recursos en salud mental y tratamientos psicológicos, el informe de la OMS alerta de que a pesar de que el 90% de los países reconocen la precaria situación de la salud mental de la población y han acordado incluir más esfuerzos para mejorar este grave problema de salud pública y fortalecer el apoyo psicológico y social en sus planes de respuesta frente a la COVID-19, no se están alcanzando los niveles de respuesta necesarios para hacer frente a la demanda existente.

La información que tenemos ahora sobre el impacto de COVID-19 en la salud mental del mundo es solo la punta del iceberg”, ha advertido Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS en la nota de prensa dirigida a los medios. “Esta es una llamada de atención a todos los países para que presten más atención a la salud mental y hagan un mejor trabajo para apoyar la salud mental de sus poblaciones”, ha señalado. Se trata de un momento especialmente crítico para la salud mental y en el que, paradójicamente, la inversión en recursos de atención sanitaria en salud mental ha registrado unos mínimos históricos. Así, según el Atlas Mundial de la Salud Mental, en 2020, los gobiernos de todo el mundo gastaron en promedio poco más del 2% de sus presupuestos de salud en salud mental, una cifra, a todas luces, insuficiente.

El informe se encuentra disponible en el siguiente enlace:

Mental Health and COVID-19

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