Las personas con antecedentes de violencia sexual presentan más síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT) después de sufrir un nuevo trauma no sexual. Además, la recuperación de estos síntomas puede ser más lenta durante el año posterior. La hipervigilancia permanece entre los síntomas más elevados, mientras determinadas alteraciones cognitivas y del estado de ánimo muestran una recuperación más lenta.
Estas son las principales conclusiones de un estudio publicado en JAMA Psychiatry. El trabajo analizó las diferencias en los síntomas de TEPT tras un nuevo trauma entre personas con y sin antecedentes de violencia sexual. Los autores señalan que conocer estos antecedentes puede resultar relevante para la atención clínica y los profesionales de la salud mental.
Un seguimiento durante un año.
La investigación analizó datos de 2.423 participantes del estudio longitudinal AURORA, atendidos en servicios de urgencias de distintos centros de Estados Unidos. Tenían entre 18 y 75 años y habían sufrido recientemente una lesión traumática. En el 75% de los casos, el motivo de atención fue un accidente de tráfico. La muestra tenía una edad media de 36 años y el 64,6% eran mujeres.
Del total, 1.270 participantes, el 52%, informaron de antecedentes de violencia sexual. Esta categoría incluía abuso sexual durante la infancia, agresión sexual en la edad adulta o ambas experiencias. Los participantes fueron evaluados a las 2 y 8 semanas, y a los 3, 6 y 12 meses.
Los síntomas de TEPT se evaluaron mediante la PTSD Checklist for DSM-5 (PCL-5). Los análisis consideraron diferentes variables que podían influir en los resultados. Entre ellas se incluyeron los antecedentes de traumas no sexuales durante la infancia y la edad adulta.
Más síntomas de TEPT durante todo el seguimiento.
Las personas con antecedentes de violencia sexual mostraron significativamente más síntomas de TEPT en todos los momentos evaluados. Esta asociación se mantuvo tras considerar los antecedentes de otros traumas no sexuales. En promedio, las puntuaciones de la PCL-5 fueron aproximadamente cinco puntos superiores en este grupo durante el seguimiento.
Las diferencias también fueron claras al analizar el porcentaje de participantes que superaba el umbral de la PCL-5 para un probable TEPT. A las dos semanas, alcanzaba este umbral el 57,3% de las personas con antecedentes de violencia sexual. Entre quienes no presentaban esos antecedentes, el porcentaje era del 35,8%.
La diferencia continuó durante todo el seguimiento. A las ocho semanas, los porcentajes fueron del 52,8% y del 30,9%, respectivamente. Tras tres meses fueron del 47,5% y del 25,1%. A los seis meses, alcanzaron el 42,2% y el 23,0%. Finalmente, a los 12 meses fueron del 39,5% y del 20,1%. Las diferencias absolutas entre ambos grupos oscilaron entre 19 y 22 puntos porcentuales.
La velocidad de recuperación tampoco fue idéntica. Las personas con antecedentes de violencia sexual mostraron una recuperación significativamente más lenta entre las semanas 2 y 8. Esta diferencia volvió a observarse entre los meses 6 y 12. No hubo diferencias significativas entre los grupos entre los meses 3 y 6.
En conjunto, los autores señalan que las personas con antecedentes de violencia sexual presentaron síntomas más graves y una recuperación más lenta durante el año estudiado. La mayor parte de su mejoría se produjo durante los tres primeros meses. Posteriormente, la evolución tendió a estabilizarse hasta los 12 meses. En cambio, el grupo sin estos antecedentes mostró un descenso continuado de los síntomas hasta finalizar el seguimiento.

La hipervigilancia permanece elevada durante más tiempo.
Los investigadores analizaron también la evolución de los distintos grupos de síntomas entre las personas con antecedentes de violencia sexual. La hipervigilancia se mantuvo significativamente más elevada que los síntomas de intrusión, evitación y alteraciones negativas de la cognición y del estado de ánimo.
Sin embargo, las alteraciones negativas de la cognición y del estado de ánimo fueron las que disminuyeron más lentamente. Aunque los cuatro grupos de síntomas descendieron durante el seguimiento, estas alteraciones no mostraron cambios significativos entre los meses 6 y 12. Los autores apuntan que estos resultados pueden justificar una mayor atención a los problemas de sueño, la hipervigilancia y las dificultades de concentración.
El artículo plantea posibles explicaciones para los resultados, que deberán investigarse en futuros trabajos. Una se relaciona con las dificultades para revelar experiencias de violencia sexual y con determinadas creencias desarrolladas a partir del trauma. Los autores señalan que terapias basadas en la evidencia abordan este tipo de creencias. Entre ellas mencionan la terapia cognitivo-conductual y la terapia de procesamiento cognitivo.
Otra explicación propuesta se refiere al estigma asociado a la violencia sexual. Según los autores, este podría relacionarse con una peor salud mental mediante diferentes mecanismos. Entre ellos mencionan la rumiación, la mayor centralidad atribuida al acontecimiento y las dificultades para revelar la experiencia. Estas explicaciones son hipótesis planteadas en la discusión y no mecanismos demostrados por el estudio.
Implicaciones para la atención psicológica.
Los autores consideran que los resultados tienen implicaciones para distintos profesionales sanitarios, aunque no trabajen específicamente con supervivientes de violencia sexual. En la muestra estudiada, algo más de la mitad había experimentado previamente este tipo de violencia. Además, aproximadamente el 24% de las personas con estos antecedentes eran hombres.
Para los profesionales de la salud mental, el artículo destaca la importancia de preguntar de manera sensible sobre posibles experiencias previas de violencia sexual. Esta cuestión puede ser relevante cuando una persona ha sufrido recientemente otro acontecimiento traumático. Los autores señalan que quienes presentan estos antecedentes podrían tener mayor riesgo de desarrollar TEPT.
Además, para planificar el tratamiento, proponen conocer cómo afronta la persona la violencia sexual sufrida y qué apoyo social recibió. También consideran relevante explorar las conclusiones desarrolladas sobre sí misma, otras personas y el mundo. Estas creencias podrían influir en su respuesta ante acontecimientos traumáticos posteriores.
Limitaciones y conclusiones.
Los resultados deben interpretarse teniendo en cuenta varias limitaciones. La PCL-5 es una medida ampliamente utilizada y validada, pero no sustituye una evaluación clínica para establecer un diagnóstico de TEPT. Además, los investigadores desconocían si los participantes habían recibido tratamiento de salud mental durante el año de seguimiento.
Por otra parte, las personas con antecedentes de violencia sexual presentaban mayores puntuaciones en otras experiencias traumáticas durante la infancia. Los análisis tuvieron en cuenta los traumas infantiles no sexuales. Sin embargo, los autores reconocen que podrían existir diferencias más amplias relacionadas con entornos de desarrollo adversos.
En conclusión, los antecedentes de violencia sexual se asociaron con más síntomas de TEPT y con diferentes trayectorias de recuperación durante un año. Según los autores, esta exposición podría constituir un factor de riesgo relevante tras posteriores acontecimientos traumáticos no sexuales.
Fuente.
Mellen, E. J., Poplin, T., Jovanovic, T., et al. (2026). Prior sexual violence, PTSD symptoms, and recovery trajectories after new trauma. JAMA Psychiatry. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2026.2219
