Desde su primera edición en 1952, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría (American Psychiatric Association, APA), ha sido uno de los principales marcos de referencia internacionales para la clasificación de los trastornos mentales. A lo largo de más de siete décadas, el manual ha ido incorporando cambios conceptuales, metodológicos y terminológicos que reflejan la evolución de la psiquiatría y de las ciencias de la salud mental. La última actualización, el DSM-5-TR, se publicó en marzo de 2022 y supuso una revisión de texto con ajustes diagnósticos y conceptuales relevantes.
Sin embargo, la propia Asociación Americana reconoce que el modelo actual presenta limitaciones importantes. En este sentido, son múltiples las voces que han señalado que el DSM continúa siendo, en gran medida, un sistema descriptivo y categorial, centrado en listas de síntomas, con una integración todavía insuficiente de los avances en neurociencia, biología, psicología, así como de los determinantes contextuales que influyen de forma decisiva en los problemas de salud mental.
En este contexto, la APA ha presentado una ambiciosa hoja de ruta para el futuro del DSM, fruto del trabajo del Comité Estratégico para el Futuro del DSM (Future DSM Strategic Committee), un grupo de trabajo presidido por la psiquiatra, María A. Oquendo, creado con la finalidad de actualizar el DSM incorporando nuevos conocimientos actualizados. La propuesta se plantea a través de una serie de artículos, publicados en la revista American Journal of Psychiatry, y escritos por cada uno de los miembros de las distintas Subcomisiones que integran este Comité Estratégico.

Contexto: ediciones anteriores. El DSM-5 y DSM-5-TR.
Desde antes de la publicación del DSM-5, el manual ha sido objeto de un debate sostenido sobre su utilidad clínica y su marco conceptual. En ese clima, se promovieron acciones públicas dirigidas a la APA para alertar de «graves limitaciones» del DSM-5 y reclamar un proceso de elaboración y revisión más exigente, incluyendo la petición de una revisión externa.
Con el paso del tiempo, parte de la discusión se ha centrado en la heterogeneidad de muchas categorías diagnósticas del DSM-5 y en el solapamiento de síntomas entre trastornos. A este respecto, los expertos han venido señalando que el hecho de que los diagnósticos puedan agrupar perfiles clínicos muy distintos, limitaría la capacidad del sistema para describir con precisión los casos individuales y orientar decisiones terapéuticas, advirtiendo, además, del riesgo de que la lógica categorial pudiera, en algunos casos, enmascarar el papel de experiencias adversas.
El debate se ha ampliado también a la transparencia del proceso de actualización. Estudios recientes han alertado de potenciales conflictos de intereses en el DSM-5-TR y del riesgo de falsos positivos, planteando que reforzar salvaguardas y rigor conceptual serían medidas clave para mejorar la credibilidad del manual.
En este marco de críticas acumuladas, la hoja de ruta presentada por la APA propone un giro hacia un manual con mayor rigor científico, más dinámico y capaz de integrar mejor los determinantes contextuales, la especificidad diagnóstica y otros elementos que, según indica, han recibido atención insuficiente hasta ahora (Öngür et al, 2026).
Un cambio de enfoque: del manual «estadístico» al manual «científico».
Uno de los elementos principales de esta propuesta es el cambio de denominación del manual, que pasaría a llamarse «Diagnostic and Scientific Manual of Mental Disorders». Este cambio no es meramente nominal. Según Oquendo et al. (2026), pretende reflejar explícitamente la incorporación sistemática de la evidencia científica —biológica, psicológica y social— en la construcción diagnóstica, superando el énfasis histórico en la mera descripción estadística de síntomas.
Tal y como afirma la APA, el objetivo es avanzar hacia una herramienta diagnóstica más rigurosa desde el punto de vista científico, pero también más flexible, inclusiva y sensible a la diversidad cultural y contextual de las personas que presentan problemas de salud mental.
Un manual dinámico y en evolución constante.
Otra de las innovaciones clave es la propuesta de convertir el DSM en un «documento dinámico» (living document). La experiencia acumulada demuestra que los largos intervalos entre ediciones —a menudo superiores a una década—, dificultan la incorporación oportuna de nuevos hallazgos científicos a la práctica clínica; de ahí la apuesta por un marco que pueda actualizarse con mayor agilidad (Oquendo et al., 2026).
La hoja de ruta propone establecer mecanismos formales para la actualización continua del manual, basados en consensos científicos sólidos y procesos transparentes de revisión. Este enfoque permitiría reducir la brecha entre la investigación y la práctica clínica, facilitando la integración progresiva de nuevos conocimientos sin necesidad de esperar a una revisión completa del manual.
Hacia un modelo diagnóstico basado en cuatro dominios.
El núcleo conceptual de la propuesta reside en un nuevo modelo diagnóstico estructurado en cuatro dominios interrelacionados, con el propósito de reflejar mejor la complejidad de las presentaciones clínicas reales —incluyendo aspectos que han recibido atención insuficiente en el DSM— y, con ello, superar las limitaciones de los enfoques exclusivamente categoriales o exclusivamente dimensionales (Öngür et al., 2026).
Para ello, el Comité Estratégico para el Futuro del DSM ha distribuido el desarrollo de la hoja de ruta en varios subcomités, de modo que el planteamiento de los dominios se completa con aportaciones específicas sobre determinantes socioeconómicos, culturales y ambientales, biomarcadores y factores biológicos, así como funcionamiento y calidad de vida, trabajadas por los grupos correspondientes (Oquendo et al., 2026).
La arquitectura general del modelo se articula, principalmente, desde el Subcomité de Estructura y Dimensiones (Structure and Dimensions Subcommittee), un grupo de trabajo especializado centrado en revisar cómo debe organizarse el diagnóstico en términos de «estructura» (categorías) y «dimensiones» (espectros, niveles de gravedad y otros parámetros clínicamente relevantes) (Öngür et al., 2026).
1. Factores contextuales y determinantes socioeconómicos, culturales y ambientales
El primer dominio incorpora de manera explícita los determinantes socioeconómicos, culturales y ambientales de la salud mental, así como la interseccionalidad. Según Wainberg et al. (2026) estos factores —que incluyen condiciones de vida, educación, empleo, discriminación, entorno comunitario y eventos ambientales—, influyen de forma decisiva en la aparición, el curso y el pronóstico de los trastornos mentales.
La propuesta reconoce que los diagnósticos no pueden entenderse al margen de los contextos en los que viven las personas. Por ello, se plantea integrar de forma sistemática herramientas y marcos que permitan evaluar y documentar estos determinantes como parte habitual de la evaluación clínica, no solo como información complementaria.
2. Biomarcadores y factores biológicos
El segundo dominio se centra en los biomarcadores y factores biológicos, un ámbito que ha generado importantes debates en psiquiatría. Según Cuthbert et al. (2026), el DSM ha sido históricamente un sistema basado en observación y descripción de síntomas, en parte porque, salvo excepciones como la enfermedad de Alzheimer, no existen biomarcadores con suficiente validez y utilidad clínica para la mayoría de los trastornos mentales.
De hecho, este debate viene de lejos: en 2013, la División de Psicología Clínica de la British Psychological Society (BPS) publicó un posicionamiento donde defendía, en el marco de la controversia previa al DSM-5, la necesidad de abandonar un enfoque estrictamente biomédico en salud mental y advertía del riesgo de perseguir biomarcadores «inequívocos» partiendo de supuestos aún no demostrados, y abogaba, a su vez, por un enfoque multifactorial que contextualizase el malestar, sin negar el papel de la biología.
La nueva hoja de ruta planteada por la APA, propone un enfoque gradual y prudente para integrar biomarcadores y factores biológicos en futuras ediciones del DSM. Esto incluye datos genéticos, neuroimagen, marcadores inflamatorios, medidas cognitivas y fenotipado digital. El énfasis no está en introducir biomarcadores de forma inmediata como criterios diagnósticos obligatorios, sino en establecer estándares claros para su inclusión progresiva, conforme se consolide la evidencia científica.
3. Diagnósticos con distintos niveles de especificidad y severidad
El tercer dominio reorganiza la forma en que se formulan los diagnósticos. Según Öngür et al. (2026), el modelo permitiría utilizar distintos niveles de especificidad diagnóstica, desde categorías amplias hasta diagnósticos específicos, en función de la información disponible y del contexto clínico.
Además, la severidad del cuadro se documentaría como un parámetro independiente, reconociendo que personas con el mismo diagnóstico pueden presentar niveles muy diferentes de impacto funcional. Este enfoque pretende mejorar la utilidad clínica del diagnóstico y facilitar su armonización con sistemas internacionales como la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).
Esto implicaría, no solo identificar una categoría diagnóstica, sino también describir su intensidad, impacto en el funcionamiento del individuo y otras cualidades que pueden orientar decisiones terapéuticas más ajustadas a cada caso clínico.
4. Características transdiagnósticas
El cuarto dominio reconoce que ciertos síntomas y rasgos —como la ansiedad, los déficits cognitivos, la anhedonia, la apatía o el deterioro funcional— trascienden las categorías diagnósticas tradicionales. Incorporar las características transdiagnósticas permite una evaluación más rica y menos fragmentada de la experiencia clínica real, en la que los síntomas rara vez se ajustan de forma estricta a «compartimentos diagnósticos cerrados». Esto supondría superar algunas limitaciones rígidas de clasificaciones anteriores que dividían excesivamente los fenómenos psicopatológicos (Öngür et al, 2026).
Funcionamiento y calidad de vida como ejes centrales.
Un aporte fundamental de la hoja de ruta es la revalorización del funcionamiento y la calidad de vida como elementos esenciales de una evaluación diagnóstica completa. De acuerdo con Drexler et al. (2026), los problemas de salud mental se asocian a una carga importante de discapacidad y el deterioro funcional suele ser uno de los principales motivos de demanda de atención clínica; además, funcionamiento y calidad de vida mantienen relaciones bidireccionales con los síntomas, con implicaciones para el pronóstico, las recaídas y la planificación de cuidados.
El grupo de trabajo propone integrar de forma sistemática la evaluación del funcionamiento y la calidad de vida, utilizando instrumentos validados y culturalmente sensibles, y evitando relegarlos a secciones secundarias del manual, como ocurrió en ediciones previas.
A este respecto, se revisa la evolución histórica de algunas escalas, como la Escala de Evaluación Global del Funcionamiento (GAF, Global Assessment of Functioning), una medida del funcionamiento global psicológico, social y ocupacional, incorporada en el DSM-III, como eje V del sistema multiaxial, y eliminada, posteriormente, en el proceso de revisión hacia DSM-5, tras ser criticada por mezclar síntomas y funcionamiento (lo que generaba ambigüedad y problemas de fiabilidad).
En un intento por remediar estas redundancias, ambigüedades y sesgos reportados, y por armonizar aún más los diagnósticos psiquiátricos con otros diagnósticos médicos, el DSM-5 eliminó el sistema multiaxial y se esforzó por reemplazar la GAF con una herramienta de evaluación que fuera autoreportada (o reportada por una persona cuidadora que conociese bien al o la paciente), fácil de usar, culturalmente sensible, de libre acceso, que capturara múltiples dominios de funcionamiento y no combinara síntomas y funcionamiento. Después de una revisión de la evidencia, el DSM-5 recomendó el Esquema de Evaluación de Discapacidad de la Organización Mundial de la Salud (WHODAS-2.0) para evaluar el funcionamiento en seis dominios (cognición, movilidad, autocuidado, relaciones interpersonales/convivencia, actividades de la vida diaria y participación social/en sociedad), incluyéndolo en la Sección III del DSM-5 («Medidas y Modelos Emergentes»).
Desde la publicación del DSM-5, estudios con diversas muestras diagnósticas han demostrado la utilidad clínica del WHODAS-2.0 y la necesidad de considerar el funcionamiento en la evaluación y el tratamiento de los trastornos mentales. Sin embargo, la carga que supone la administración, la puntuación y la interpretación de la escala puede ser un factor que reduzca su adopción en la práctica clínica habitual, con una alta carga de trabajo.
Para el subcomité encargado, esto pone de relieve la necesidad de desarrollar herramientas de detección breves y/o versiones adaptativas de medidas existentes que puedan integrarse en el flujo de trabajo de todos los entornos clínicos y de investigación (Drexler et al., 2026).
Desafíos y horizonte temporal.
Pese a que la propuesta es ambiciosa, la APA no ha establecido una fecha concreta para la publicación de la próxima edición del DSM. Tal y como reconocen los propios autores, el proceso de revisión completa del manual es complejo y requiere consensos amplios, así como una base empírica robusta que respalde cada posible modificación, por lo que puede tardar varios años.
Además, la integración de biomarcadores, determinantes contextuales y nuevos modelos diagnósticos plantea desafíos metodológicos, formativos y organizativos. Concretamente, en el caso de los biomarcadores, señalan que su integración enfrenta desafíos importantes, debido a la falta de pruebas concluyentes que permitan una aplicación diagnóstica universal. No obstante, manifiestan que, aunque la evidencia actual no es suficiente para cambiar la práctica clínica de manera inmediata, plantea un camino gradual de integración conforme avance la investigación científica (Adam, 2026).
Conclusión.
La hoja de ruta presentada por la APA para el futuro DSM representa un punto de inflexión en la historia de la clasificación psiquiátrica. Al proponer un manual más científico, dinámico y sensible a la complejidad biológica, psicológica y social de los problemas de salud mental, la APA abre la puerta a una transformación profunda del paradigma diagnóstico.
Aunque todavía no existe una fecha definida para la próxima edición del manual, y muchos de los cambios dependerán de avances científicos futuros, la estrategia delineada por Oquendo y sus colaboradores sienta las bases para una práctica clínica más personalizada, inclusiva y alineada con el rigor científico contemporáneo.
Referencias.
Adam, D. (2026, February 3). The ‘bible for psychiatry’ is getting a rewrite: your guide to the next DSM. Neurodevelopmental disorders, psychiatric disorders, psychology [News], Nature, 650, 282–283. https://doi.org/10.1038/d41586-026-00283-8
American Psychiatric Association. (2026, January 28). APA releases roadmap for the future of the DSM [Press release]. https://www.psychiatry.org/news-room/news-releases/apa-releases-roadmap-for-future-of-dsm
Cuthbert, B., Ajilore, O., Alpert, J. E., Clarke, D. E., Compton, W. M., Drexler, K., … & Oquendo, M. A. (2026). The future of DSM: role of candidate biomarkers and biological factors. American Journal of Psychiatry, appi-ajp. Advance online publication. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250877
Drexler, K., Alpert, J. E., Benton, T. D., Fung, K. P., Gogtay, N., Malaspina, D., … & Clarke, D. E. (2026). The Future of DSM: Are Functioning and Quality of Life Essential Elements of a Complete Psychiatric Diagnosis? American Journal of Psychiatry, appi-ajp. Advance online publication. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250874
Öngür, D., Abi-Dargham, A., Clarke, D. E., Compton, W. M., Cuthbert, B., Fung, K. P., … & Alpert, J. E. (2026). The future of DSM: a report from the Structure and Dimensions Subcommittee. American Journal of Psychiatry, appi-ajp. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250876
Oquendo, M., Abi-Dargham, A., Alpert, J.E., Benton, T.D., Clarke, D.E., Compton, W.M., Drexler, K., Fung, K.P., Kas, M.J.H., Malaspina, D., O’Keefe, V.M., Öngür, D., Wainberg, M.L., Yonkers, K.A., Yousif, L., Gogtay, N. (2026). Initial Strategy for the Future of DSM. American Journal of Psychiatry. Advance online publication. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250878
Wainberg, M. L., Alpert, J. E., Benton, T. D., Clarke, D. E., Drexler, K., Fung, K. P., … & Yousif, L. (2026). The future of DSM: a strategic vision for incorporating socioeconomic, cultural, and environmental determinants and intersectionality. American Journal of Psychiatry, appi-ajp. Advance online publication. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250875
