Los primeros 1.000 días de vida: la transmisión intergeneracional de la salud mental
06 Abr 2026

Durante décadas, la psicología ha estudiado cómo las experiencias tempranas influyen en el desarrollo emocional y conductual. Sin embargo, el foco ha tendido a situarse en la infancia media o tardía. Un artículo de revisión publicado recientemente en Nature Reviews Psychology propone que la salud mental infantil —y, en última instancia, adulta— empieza a configurarse desde la gestación y durante los primeros 1.000 días de vida, un periodo que abarca desde la concepción hasta los dos años de edad.

El artículo, titulado “Intergenerational transmission of mental health during the first 1,000 days of life” –Transmisión intergeneracional de la salud mental durante los primeros 1.000 días de vida– (MacBeth et Al, 2026), sintetiza la evidencia existente para explicar cómo la salud mental de madres y padres se asocia con el desarrollo psicológico temprano de sus hijos. Para los y las profesionales de la psicología, este enfoque es importante, dado que conecta la psicopatología adulta, la psicología perinatal y la prevención en salud mental dentro de un marco integrador.

Los primeros 1.000 días: una ventana crítica de desarrollo.

El concepto de los primeros 1.000 días se apoya en la idea de que este periodo constituye una ventana sensible del desarrollo biopsicosocial. Durante este tiempo, el cerebro infantil presenta una elevada plasticidad y el niño depende casi por completo de sus figuras cuidadoras. Según Nature Reviews Psychology, esta dependencia convierte la salud mental parental en un factor central para comprender tanto la vulnerabilidad como la resiliencia psicológica tempranas.

Foto: Freep!k. Autoría: Freep!k. Descargada: 06/02/2026.

Desde esta perspectiva, la transmisión intergeneracional de la salud mental no se limita a la aparición de trastornos, sino que incluye procesos emocionales, relacionales y contextuales que influyen en el bienestar infantil incluso en ausencia de diagnósticos clínicos formales.

Factores de riesgo y factores de protección: un equilibrio dinámico.

Según señalan MacBeth et Al. (2026), la transmisión intergeneracional de la salud mental no se entiende como un proceso lineal ni determinista, sino como el resultado de un equilibrio dinámico entre exposiciones adversas y recursos psicológicos y relacionales. Entre los principales factores de riesgo que recogen, se incluyen la depresión y la ansiedad parentales, la cronicidad del malestar psicológico, la exposición al trauma y las condiciones contextuales adversas. Frente a estos, el artículo destaca factores de protección como la salud mental positiva parental, el apoyo social, la sensibilidad en la crianza, el apego seguro y la calidad de las interacciones tempranas. La relevancia clínica de este enfoque radica en que los factores protectores no solo reducen la probabilidad de resultados negativos, sino que pueden modular activamente el impacto del riesgo, abriendo oportunidades reales para la intervención preventiva incluso en contextos adversos.

Evidencia sobre el riesgo: depresión, ansiedad y otros trastornos parentales.

La evidencia más consistente revisada en el artículo se refiere a la depresión y la ansiedad maternas durante el periodo perinatal. Estas condiciones se asocian con un mayor riesgo de dificultades socioemocionales en los hijos, incluyendo problemas de regulación emocional, mayor afecto negativo, apego inseguro y aumento de conductas internalizantes y externalizantes. Aunque los tamaños del efecto descritos son generalmente de pequeños a moderados, su consistencia a través de de los diferentes estudios y contextos refuerza su relevancia clínica.

El artículo también señala que la cronicidad de los síntomas maternos incrementa el riesgo, lo que subraya la importancia de detectar y abordar problemas de salud mental persistentes, no solo episodios agudos. Además, se revisa evidencia —más limitada pero creciente— sobre el impacto de trastornos mentales más graves, como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o los trastornos de la personalidad, en la calidad de las interacciones tempranas y el desarrollo socioemocional infantil.

En cuanto a la salud mental paterna, el artículo destaca que históricamente ha sido menos estudiada, pero que existe evidencia de que la depresión y la ansiedad en padres durante el periodo perinatal también se asocian con problemas emocionales y conductuales en los hijos. Estos efectos suelen estar mediadas por variables relacionales, como la calidad de la coparentalidad y las prácticas de crianza, lo que amplía el foco de intervención más allá de la díada madre–bebé.

Trauma y contexto: más allá del diagnóstico.

El artículo conceptualiza del trauma como exposición y como mecanismo de transmisión intergeneracional. Experiencias traumáticas en la generación parental —incluyendo violencia, guerra o adversidad temprana— pueden influir en la salud mental de los hijos tanto de forma directa como indirecta, a través de su impacto en el funcionamiento psicológico y relacional de los cuidadores.

Este enfoque resulta especialmente relevante para la psicología comunitaria y social, ya que sitúa la transmisión intergeneracional de la salud mental dentro de contextos más amplios, como la pobreza, la discriminación o la migración forzada. La salud mental, en este sentido, se entiende como un fenómeno profundamente contextualizado.

Del riesgo a la resiliencia: el papel de la salud mental positiva.

Los autores ponen énfasis en los factores protectores y en la salud mental positiva. La revisión muestra que el bienestar psicológico parental —por ejemplo, el afecto positivo, la percepción de apoyo social o la capacidad de disfrutar del rol parental— se asocia con mejores resultados cognitivos, emocionales y conductuales en los niños.

Salud mental intergeneracional.
Foto: Freep!k. Autoría: Freep!k. Descargada: 06/02/2026.

Procesos como el apego seguro, la sensibilidad parental, la sincronía diádica y la mentalización aparecen como mecanismos clave que pueden amortiguar los efectos del riesgo. Este hallazgo tiene una clara aplicación clínica, ya que sugiere que fortalecer las capacidades parentales y relacionales puede ser tan relevante como reducir la sintomatología psicopatológica.

Implicaciones para la práctica psicológica.

Para los y las profesionales de la psicología, conocer estos hallazgos tiene implicaciones directas. En primer lugar, refuerza la importancia de favorecer la detección temprana de posibles dificultades en la salud mental parental, especialmente durante el embarazo y el posparto. En segundo lugar, sugiere que las intervenciones más eficaces son aquellas que integran el abordaje de la psicopatología con el fortalecimiento de las relaciones tempranas.

El artículo también advierte de que muchas intervenciones centradas exclusivamente en la crianza muestran efectos limitados sobre la salud mental parental, lo que plantea la necesidad de diseñar programas que aborden de forma explícita el malestar psicológico de los y las cuidadoras. Desde una perspectiva preventiva, los primeros 1.000 días emergen como un periodo estratégico para reducir la transmisión intergeneracional del riesgo y promover trayectorias de bienestar a largo plazo.

Conclusión: una oportunidad para la prevención en salud mental.

La revisión publicada en Nature Reviews Psychology ofrece una síntesis rigurosa que invita a repensar la prevención y la intervención psicológica desde una perspectiva intergeneracional. Comprender cómo se transmiten tanto la vulnerabilidad como la resiliencia durante los primeros 1.000 días de vida permite a la psicología actuar en un momento clave del desarrollo, con el potencial de generar beneficios duraderos no solo para los individuos, sino para las generaciones futuras.


Fuente.

MacBeth, A., Morales, M. F., & Golds, L. (2026). Intergenerational transmission of mental health during the first 1,000 days of life. Nature Reviews Psychology, 5(2), 105–119. https://doi.org/10.1038/s44159-025-00521-2

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