La salud mental no puede entenderse únicamente como un fenómeno individual ni reducirse a categorías diagnósticas, especialmente, en contextos marcados por la violencia y los conflictos sociales. La evidencia muestra que las experiencias de conflicto tienen efectos profundos tanto a nivel individual como colectivo, afectando el bienestar psicológico, las relaciones sociales y las dinámicas comunitarias. En este sentido, el modelo biomédico tradicional resulta insuficiente para explicar la complejidad de estos procesos, al centrarse en una visión patologizante e individualizante que ignora los determinantes sociales, culturales y políticos implicados en la salud mental.
Así lo afirma un artículo publicado en la Revista de Estudios Sociales, a través del cual se ofrece una visión panorámica e integral sobre la relación entre salud mental, conflictos sociales y construcción de paz, articulando evidencia empírica, reflexión teórica y práctica psicológica y social, para analizar los impactos individuales y colectivos de la violencia y proponer una comprensión multidimensional del bienestar psicológico.
El análisis parte de la premisa de que existe una relación bidireccional entre salud mental y paz. Por un lado, la exposición a contextos de violencia y vulneración de derechos humanos genera importantes problemas de salud mental; por otro, las condiciones psicológicas de las poblaciones pueden influir en la perpetuación de la violencia o en la dificultad para construir procesos de paz sostenibles. Asimismo, los autores advierten de que las agendas políticas y sociales tienden a invisibilizar la salud mental, contribuyendo a su estigmatización en contextos afectados por conflictos.

Los conflictos sociales afectan a la salud mental y deterioran el tejido social.
En cuanto a las consecuencias, el estudio recoge una amplia evidencia sobre los efectos negativos de los conflictos sociales en la salud mental. Entre los problemas más frecuentes se encuentran el estrés postraumático, la ansiedad, la depresión, los intentos de suicidio, la psicosis o la esquizofrenia, así como otros trastornos menos prevalentes, como los trastornos del sueño o el consumo problemático de sustancias. A ello, se suman estados emocionales intensos como miedo, ira, frustración, impotencia o aislamiento, que afectan significativamente al bienestar psicológico de las personas y las comunidades.
No obstante, los autores subrayan que estos efectos no pueden comprenderse adecuadamente desde una perspectiva biomédica tradicional. Este enfoque, centrado en la enfermedad individual, resulta limitado para explicar fenómenos complejos que están profundamente condicionados por el contexto social. Por el contrario, el estudio propone adoptar una mirada más amplia que incorpore factores externos —como las condiciones socioeconómicas, las relaciones comunitarias o los contextos políticos— y su interacción con los procesos individuales.
Desde esta perspectiva, los conflictos sociales no solo generan síntomas psicológicos, sino también profundas alteraciones en el tejido social. El estudio destaca la ruptura de vínculos familiares y comunitarios, la pérdida de confianza, la estigmatización, la segregación social y el aislamiento como efectos psicológicos y sociales relevantes. Asimismo, se señala la pérdida de redes de apoyo, la disminución de la sensación de control y las dificultades en el acceso a servicios y derechos como factores que agravan el malestar psicológico.
Impacto intergeneracional de la violencia y determinantes sociales en la salud mental.
Otro de los elementos clave abordados es el carácter intergeneracional del impacto de los conflictos. Los autores advierten de que las experiencias de violencia pueden transmitirse entre generaciones, perpetuando ciclos de trauma y dificultando la consolidación de procesos de paz. En este contexto, es frecuente la aparición de conductas antisociales, tensiones intergrupales, sentimientos de odio o deseos de venganza, que obstaculizan la reconciliación social.
De igual modo, insisten en que los conflictos sociales deben entenderse como fenómenos multidimensionales, vinculados a factores sociohistóricos, económicos, políticos, culturales y ambientales. Desde esta óptica, las intervenciones centradas exclusivamente en aspectos legales o económicos resultan insuficientes, e incluso pueden contribuir a la revictimización si no tienen en cuenta las necesidades psicológicas y sociales de las poblaciones afectadas.
En línea con este planteamiento, los autores proponen el modelo de determinantes sociales de la salud como marco de referencia para comprender la salud mental. Factores como la pobreza, la desigualdad, la exclusión social, el acceso a la educación o a los servicios sanitarios, así como las conexiones comunitarias, desempeñan un papel fundamental en la aparición o agravamiento de los problemas de salud mental. De hecho, la presencia de estas condiciones estructurales incrementa la vulnerabilidad de las personas y dificulta el acceso a una atención adecuada.
Estresores del conflicto, factores de riesgo y de protección.
Entre los estresores asociados a los conflictos, el estudio identifica la pérdida de seres queridos, la separación familiar, la violencia de género, la inseguridad, la discriminación, la pobreza o el desplazamiento forzado, así como las interrupciones en la vida cotidiana. Todos estos factores contribuyen a generar un impacto psicológico y emocional significativo y a desestabilizar las sociedades.
Asimismo, se analizan factores de riesgo y protección. Entre los primeros destacan el bajo nivel educativo, la edad (especialmente en niños, adolescentes y jóvenes), el género femenino, la pobreza, el aislamiento geográfico o la existencia previa de problemas de salud mental. Como factor protector principal, se subraya la importancia de mantener vínculos familiares y comunitarios, que actúan como soporte frente al malestar psicológico.
El artículo también recoge el papel de organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que han advertido de la necesidad urgente de priorizar la salud mental, sobre todo, en contextos de violencia, y de reducir las desigualdades en el acceso a servicios. En este sentido, se destaca la importancia de desarrollar políticas e intervenciones contextualizadas que respondan a la complejidad de estos escenarios.
Enfoques multidimensionales e intervenciones comunitarias en salud mental.
Una parte relevante del estudio se centra en la revisión de investigaciones que abordan la salud mental desde diferentes perspectivas. Estas investigaciones evidencian que el bienestar psicológico no puede limitarse a una dimensión clínica, sino que incluye componentes emocionales, sociales, culturales, políticos e incluso espirituales. Algunas de ellas analizan los efectos del desplazamiento forzado, la memoria colectiva o la religiosidad en la salud mental, mientras que otras exploran intervenciones comunitarias y participativas orientadas a mejorar el bienestar en poblaciones afectadas por conflictos.
En particular, se destaca el valor de las intervenciones que combinan enfoques clínicos con enfoques psicológicos y sociales, así como aquellas basadas en metodologías participativas que implican a las comunidades en la construcción de soluciones. Estas propuestas permiten fortalecer competencias socioemocionales, promover la resiliencia y favorecer procesos de reconciliación y construcción de paz.
Hacia un enfoque integral y social de la salud mental en contextos de conflicto.
Finalmente, el estudio concluye que avanzar en la comprensión y abordaje de la salud mental en contextos de conflicto requiere superar el enfoque biomédico dominante y adoptar modelos más integrales y multinivel. Estos deben incorporar la experiencia subjetiva, las interacciones sociales, el contexto inmediato y las estructuras socioeconómicas y políticas, sin perder el rigor científico necesario para su validación.
En definitiva, los autores plantean la necesidad de entender la salud mental como un fenómeno profundamente ligado a la vida social y colectiva, en el que intervienen múltiples dimensiones interrelacionadas. Solo desde esta perspectiva será posible desarrollar intervenciones eficaces que contribuyan no solo a aliviar el sufrimiento psicológico, sino también a promover sociedades más justas, cohesionadas y orientadas hacia una paz sostenible.
Fuente.
López-López, Wilson, Alfonzo Urzúa, Carlos Gantiva, María-Juliana Reyes-Rivera y Laura Cano-Sierra (2026). Salud mental, conflictos sociales y cultura de paz. Revista de Estudios Sociales, 95, pp. 3-13. https://doi.org/10.7440/res95.2026.01
