La implementación de equipos multidisciplinares de atención comunitaria orientados a la recuperación mejora significativamente el funcionamiento personal y social, así como la calidad de vida de las personas con trastornos mentales graves como la esquizofrenia o el trastorno bipolar, superando con creces los resultados de los modelos tradicionales basados en la institucionalización hospitalaria. Así lo concluye un estudio publicado en la revista BMJ Global Health, liderado por la investigadora Laura Shields-Zeeman y el consorcio RECOVER-E, quienes han analizado la transformación de los cuidados de salud mental en cinco países del sureste de Europa. Este trabajo ofrece evidencia clínica sólida sobre cómo la transición hacia un modelo comunitario no solo es viable, sino que presenta una mayor eficacia en entornos con recursos limitados en comparación con el tratamiento habitual.

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Un cambio de paradigma en el sureste de Europa.
Históricamente, la psiquiatría en ciertas partes del sureste de Europa ha estado asociada a prácticas estigmatizantes y discriminatorias, donde las condiciones en algunos hospitales psiquiátricos siguen siendo inadecuadas y el trato a las personas con problemas de salud mental está marcado por prácticas paternalistas. Tal y como señalan los autores del documento, los psiquiatras que trabajan en esta región a menudo prefieren una toma de decisiones clínica pasiva en lugar de estilos de decisión compartida y activa en sus prácticas cotidianas.
En este contexto nace el proyecto RECOVER-E, diseñado para apoyar la transición desde una atención de salud mental esencialmente institucionalizada hacia una atención comunitaria basada en la evidencia y orientada a la recuperación. El estudio se centró en cinco lugares específicos: Sofía (Bulgaria), Zagreb (Croacia), Kotor (Montenegro), Skopje (Macedonia del Norte) y Siret (Rumanía). Según explican Shields-Zeeman y sus colaboradores, el objetivo era evaluar la eficacia de este modelo bajo circunstancias del mundo real, puesto que los modelos de atención institucional predominantes a menudo no producen buenos resultados clínicos ni mejoran la calidad de vida de los pacientes.
Intervención centrada en la persona y el entorno.
La intervención evaluada consistió en la introducción de nuevos equipos multidisciplinares de atención comunitaria de salud mental. Los autores detallan que cada equipo contaba con al menos una enfermera, un psiquiatra, un psicólogo, un trabajador social y, de manera crucial, un trabajador par (una persona con experiencia vivida de una enfermedad mental grave). Estos equipos recibieron formación para prestar atención según una versión adaptada del modelo de prestación de servicios de Tratamiento Comunitario Asertivo Flexible (F-ACT).
A diferencia del tratamiento habitual, que consistía principalmente en tratamiento farmacológico y una atención psicológica limitada dentro de los departamentos de pacientes internos o ambulatorios de un hospital, los nuevos equipos se centraron en los objetivos de recuperación de los usuarios mediante un enfoque basado en las fortalezas. Las consultas se realizaban principalmente a través de visitas domiciliarias o en otros lugares de la comunidad, facilitando así una atención más cercana y humana. Los investigadores destacan que los equipos mantenían una carga de casos compartida y celebraban reuniones periódicas para evaluar el estado y las necesidades de los usuarios, determinando quién necesitaba una gestión de casos más intensiva.
Metodología.
Para llegar a sus conclusiones, los investigadores llevaron a cabo un análisis conjunto de cinco ensayos controlados aleatorizados pragmáticos. En el estudio participaron un total de 931 usuarios de servicios mayores de 18 años, diagnosticados con trastorno bipolar, depresión mayor grave o esquizofrenia, que presentaban limitaciones severas en su funcionamiento personal y social.
Los participantes fueron asignados al azar para recibir la nueva atención comunitaria o el tratamiento habitual. Se realizaron evaluaciones al inicio del estudio, y posteriormente a los 12 y 18 meses. La medida principal para valorar el éxito fue la reducción de la discapacidad en el funcionamiento personal y social, evaluada mediante el Cuestionario de Evaluación de la Discapacidad de la Organización Mundial de la Salud (WHODAS 2.0), mientras que la calidad de vida relacionada con la salud se midió utilizando el instrumento EuroQoL de 5 Dimensiones y 3 Niveles.
Resultados contundentes en funcionamiento y calidad de vida.
Los datos arrojados por la investigación son claros. En el seguimiento a los 18 meses, el grupo que recibió atención comunitaria mostró una puntuación de discapacidad significativamente menor en comparación con el grupo de tratamiento habitual. Los autores especifican que esta mejora fue consistente en los cinco países y abarcó casi todos los dominios evaluados: cognición, movilidad, cuidado personal, relaciones interpersonales y participación en la comunidad.
En términos de calidad de vida, el estudio encontró que la atención comunitaria mejoró la utilidad de vida de los pacientes. Shields-Zeeman y su equipo ilustran este hallazgo con una comparación muy gráfica: la mejora observada equivale a ganar 25 días adicionales de plena salud para los pacientes tratados en la comunidad en comparación con los tratados en instituciones.
Asimismo, se observó una mejor respuesta al tratamiento. Mientras que ambos grupos mostraron tasas de respuesta similares a los 12 meses, el grupo de atención comunitaria mantuvo la mejoría hasta los 18 meses, mientras que las tasas de respuesta cayeron en el grupo de tratamiento habitual. Esto resultó en una diferencia notable a favor de la intervención comunitaria al final del estudio.
Buenos resultados incluso durante la pandemia de COVID-19.
Un aspecto relevante señalado en el documento es que el estudio se desarrolló atravesando la pandemia de COVID-19, lo que impactó en la prestación de servicios sanitarios. Utilizando datos de la Organización Mundial de la Salud, los investigadores identificaron cuatro periodos en los que la prestación de asistencia sanitaria se vio comprometida.
Puesto que estos picos de COVID-19 podrían haber afectado la eficacia de las intervenciones, se realizaron análisis de sensibilidad ajustando por este factor. Los resultados confirmaron la solidez de las conclusiones principales: incluso ajustando por los efectos de la pandemia, la atención comunitaria demostró ser superior en la mejora del funcionamiento y la calidad de vida. De hecho, el análisis ajustado mostró que la diferencia en la tasa de respuesta al tratamiento entre ambos modelos era estadísticamente significativa a favor del modelo comunitario.
Implicaciones para el futuro de la salud mental.
Los hallazgos de este estudio tienen una gran relevancia tanto científica como para la salud pública. Los autores afirman que la transformación de los servicios de salud mental hacia la atención comunitaria es factible y puede generar beneficios tangibles y sostenidos en el tiempo. Este estudio proporciona evidencia empírica, previamente escasa en entornos de ingresos medios y bajos del sureste de Europa, de que los equipos comunitarios pueden implementarse con éxito y ofrecer mejores resultados clínicos que el cuidado institucional.
El documento concluye que estos resultados deberían alentar a los responsables de la toma de decisiones a ampliar los modelos de atención comunitaria basados en la evidencia. Tal y como sugieren los investigadores, adaptar el contenido de la intervención y las estrategias de implementación a los contextos locales resulta crucial para su éxito.
Fuente.
Shields-Zeeman, L., Smit, F., Wijnen, B., Roth, C., Wensing, M., Petrea, I., … & Rotaru Anghelescu, T. (2025). Community versus institutionalised care for people with severe mental illness in five countries in Southeast Europe: pooled analysis of five randomised trials. BMJ Global Health, 10(e018594). https://doi.org/10.1136/bmjgh-2024-018594
