El acceso prácticamente universal a la tecnología digital en la infancia y la adolescencia españolas convive con un aumento de los indicadores de malestar emocional, dificultades de autorregulación y exposición temprana a contenidos inapropiados. El uso intensivo de redes sociales, videojuegos e Internet no solo forma parte de la vida cotidiana de niños, niñas y adolescentes, sino que, en determinados casos, se asocia a síntomas de ansiedad, depresión, baja autoestima, problemas de sueño, aislamiento social e incluso ideación suicida. La evidencia disponible apunta a que no es únicamente el tiempo de pantalla lo que preocupa, sino la función psicológica que cumplen estos dispositivos en contextos de especial vulnerabilidad evolutiva.
Así lo recoge un informe publicado por la Sociedad Española de Psicología Clínica Infanto-Juvenil (SEPCIJ), a través del cual se analiza el estado de la cuestión sobre el uso de pantallas en la infancia y la adolescencia en España, sus implicaciones para la salud mental y el desarrollo psicológico, así como las principales recomendaciones para promover un uso saludable, seguro y equilibrado de la tecnología.
Acceso prácticamente universal a la tecnología digital desde edades tempranas.
El documento advierte de que el uso de la tecnología digital —incluidas redes sociales, ordenadores, Internet, teléfonos inteligentes, videoconsolas y juegos online—, ha aumentado de forma rápida y sostenida en la última década, generando preocupación por su impacto en la salud y el desarrollo infantil y adolescente. En España, el acceso es prácticamente universal entre la población menor de edad y la edad media de adquisición del primer teléfono móvil se sitúa en torno a los 10-11 años, consolidando una exposición digital temprana que se produce antes de que se hayan desarrollado plenamente las habilidades de autorregulación necesarias para un uso saludable.
Los datos muestran además que el tiempo medio de uso recreativo de pantallas alcanza los 71 minutos diarios en menores de 2 años y asciende hasta 160 minutos al día entre los 10 y los 14 años. Esta presencia intensiva y estable de las pantallas en la rutina diaria sitúa a las familias en un papel clave en la entrega y supervisión de dispositivos.
A nivel global, la prevalencia de adicción a Internet entre estudiantes universitarios se sitúa en el 41,8%, con variaciones según región y presencia de síntomas depresivos, y se ha descrito una relación positiva entre adicción a Internet y sensación de soledad. Estos datos refuerzan la creciente interconexión entre tecnologías digitales y salud mental.

Redes sociales y bienestar psicológico en la adolescencia.
Las redes sociales constituyen el principal espacio de interacción social adolescente. El 98,5 % de los menores está registrado en al menos una red social, destacando WhatsApp (95 %), YouTube (90,8 %), Instagram (79,9 %) y TikTok (75,3 %); el 67% las utiliza a diario. Además, el 75,8 % de los y las adolescentes cuenta con al menos tres perfiles activos.
El informe explica que la comparación social desempeña un papel decisivo en el impacto psicológico de estas plataformas. La exposición continuada a imágenes idealizadas favorece sentimientos de insuficiencia, autocrítica e insatisfacción personal, especialmente, en menores con vulnerabilidad previa. La evidencia científica citada relaciona estos procesos con mayor insatisfacción corporal, menor autoestima, ansiedad social e incremento de síntomas depresivos.
El uso problemático de redes socialesalcanza al 5,7 % de los adolescentes en España (7,2% en chicas y 4% en chicos) y se asocia con malestar emocional, baja autoestima y síntomas internalizantes como ansiedad o depresión. El informe subraya que las métricas visibles —«me gusta», comentarios o seguidores— actúan como mecanismos de evaluación social permanente, incrementando la presión por mostrarse de manera idealizada y reforzando la dependencia de la validación externa.
Asimismo, se advierte de la accesibilidad a contenidos que promueven autolesiones e ideación suicida, amplificados por sistemas algorítmicos que priorizan este tipo de materiales, así como del papel de las plataformas centradas en la imagen en la intensificación de la insatisfacción corporal y el agravamiento de trastornos alimentarios en jóvenes predispuestos/as, especialmente, en chicas. El ciberacoso, por su naturaleza persistente y sin límites temporales o espaciales, se identifica como uno de los riesgos con mayor impacto negativo, asociado a ansiedad, depresión, aislamiento social y deterioro de la autoestima.
Videojuegos e Internet: del ocio al uso problemático.
El 58,7% de los adolescentes juega con frecuencia y el 35,6% lo hace diariamente. Según la Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES) 2023, el 83,1% de los estudiantes de 14 a 18 años ha jugado a videojuegos, porcentaje que asciende al 96,2% en chicos. Un 5,1% presentaría un posible trastorno por uso de videojuegos, con una prevalencia que triplica en chicos (7,7%) frente a chicas (2,5%).
El 63% declara utilizar los videojuegos para «desconectar» o aliviar emociones negativas, lo que sitúa a esta actividad no solo como espacio de ocio, sino también como mecanismo de regulación emocional. La literatura recogida en el informe documenta efectos negativos del uso intensivo en las áreas conductual, emocional, cognitiva y física, incluyendo problemas de sueño, descenso de actividad física, aumento de problemas metabólicos y mayor presencia de ansiedad en población joven.
El uso problemático de Internet (UPI), con una prevalencia media ponderada internacional del 7,02%, se asocia a depresión, trastornos de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo, somatización, TDAH, psicoticismo, baja autoestima e impulsividad. También se vincula con problemas familiares, aislamiento, menor integración escolar y reducción significativa de la calidad de vida en adolescentes españoles. Además, existe evidencia que relaciona el UPI con mayor riesgo de ideación suicida.
Acceso precoz a pornografía y contenidos inadecuados en Internet.
El acceso a pornografía online es descrito como extendido y precoz: el 66,8% del alumnado de 14-18 años la ha consumido alguna vez (86,3 % en chicos) y el 44,5% en el último mes. La edad de inicio más común es los 14 años, con una brecha de género marcada (68% chicos frente a 19% chicas).
La evidencia científica recogida señala que estos contenidos exponen a modelos de sexualidad distorsionados, basados en la violencia, la dominación y la cosificación, influyendo en expectativas relacionales y creencias sobre el consentimiento. Parte de la exposición es accidental, lo que incrementa la vulnerabilidad, y se asocia a conductas de riesgo como sexting inseguro, acoso sexual digital o intercambio de imágenes sin consentimiento.
Factores de riesgo y vulnerabilidad.
El informe identifica como factores de riesgo individuales las dificultades en la regulación emocional y el control de impulsos, la búsqueda de validación social, la orientación a la comparación social, el uso de pantallas como evitación emocional, problemas previos de ansiedad, depresión o baja autoestima y el uso nocturno asociado a peor calidad del sueño.
Se observan diferencias de patrón según sexo —mayor riesgo vinculado a videojuegos online en chicos y a redes sociales en chicas—, mayor vulnerabilidad entre los 11 y 15 años y especial atención en menores con TDAH, TEA o trastornos de ansiedad y depresión.
Recomendaciones de la Sociedad Española de Psicología Clínica Infanto-Juvenil.
El documento concluye con una serie de recomendaciones desarrolladas por los expertos y expertas, orientadas a garantizar un desarrollo saludable, seguro y equilibrado.
Entre ellas, se propone promover un uso pedagógico racional de las pantallas, incorporando el aprendizaje digital a partir de los 6 años y limitando en educación primaria el tiempo máximo diario a una hora, complementando —y no sustituyendo— la lectoescritura, así como respaldar las políticas de «0 móviles» en contextos educativos -tanto en educación primaria como en la secundaria-, incluyendo la restricción de su uso con fines didácticos.
Asimismo, se refuerza el papel activo de las familias mediante supervisión de contenidos, establecimiento de hábitos saludables (interrumpir el uso al menos una hora antes de dormir y mantener el dormitorio libre de dispositivos), promoción de actitud crítica y empatía digital, alternancia con actividad física y al menos una hora diaria de relaciones sociales presenciales. También se subraya la importancia del modelado adulto coherente.
Finalmente, los expertos y expertas que han desarrollado este informe, consideran de interés el impulso de medidas regulatorias que limiten el acceso a redes sociales a menores de 16 años mediante una Ley Orgánica orientada a la protección de las personas menores de edad en entornos digitales, garantizando su derecho al desarrollo saludable y a la protección de su salud mental, así como asegurar la transparencia algorítmica.
En conjunto, el documento dibuja un escenario en el que la tecnología forma parte inseparable de la experiencia vital de la infancia y la adolescencia, pero exige una intervención preventiva, educativa y regulatoria que sitúe la salud mental y el bienestar psicológico de los menores en el centro de la agenda pública.
Se puede acceder al informe completo desde la página web de la SEPCIJ o bien directamente aquí.
