¿Cómo distinguir los olvidos del envejecimiento de un posible riesgo de demencia?
17 Sep 2026

Percibir un empeoramiento persistente de la memoria u otras capacidades cognitivas puede ayudar a identificar a personas con mayor riesgo de demencia. Sin embargo, estas quejas no implican necesariamente que exista una enfermedad neurodegenerativa. Su persistencia, el rendimiento neuropsicológico, la depresión, la ansiedad y otros factores pueden aportar información relevante para diferenciar situaciones de mayor riesgo.

Así lo recoge el artículo Deterioro cognitivo subjetivo como marcador preclínico de demencia: una revisión teórica y marco conceptual de estudios longitudinales en adultos mayores, publicado en Papeles del Psicólogo. Pérez y colaboradoras revisan evidencia longitudinal sobre el deterioro cognitivo subjetivo (DCS) y su posible papel como marcador temprano.

El DCS se refiere a una disminución percibida y persistente de las capacidades cognitivas respecto a un funcionamiento previo normal. Sin embargo, la persona mantiene un rendimiento normal en las pruebas estandarizadas utilizadas para diagnosticar el deterioro cognitivo leve (DCL). La revisión recuerda que más de 55 millones de personas viven actualmente con demencia en el mundo. Esta cifra podría triplicarse para 2050.

No todas las quejas de memoria tienen el mismo significado.

La evidencia longitudinal indica que la persistencia e intensidad del DCS son importantes para valorar el riesgo. Una revisión de 32 estudios longitudinales encontró asociaciones más robustas cuando se consideraban conjuntamente varios síntomas o su intensidad. Otra revisión, con 46 estudios y más de 74.000 participantes, identificó el DCS como factor de riesgo para DCL y enfermedad de Alzheimer.

Algunos trabajos muestran diferencias destacadas. En una cohorte de 873 personas, el aumento progresivo del DCS durante seis años se relacionó con mayor deterioro cognitivo. Un incremento anual de un punto se asoció con un riesgo casi cuatro veces mayor de desarrollar demencia en diez años. Otro estudio encontró que el DCS se producía 4,4 años antes del DCL, 6,8 años antes de la enfermedad de Alzheimer y 6,9 años antes de la demencia

La información aportada por familiares, parejas o personas cuidadoras también puede resultar relevante. En un seguimiento de siete años, el 54% de quienes presentaban deterioro de memoria informado por otra persona progresó a DCL o demencia. La proporción fue del 22,6% en el grupo sin esta información externa.

deterioro cognitivo
Fuente: Magnific. Autoría: atlascompany. Descarga: 11/09/2026.
Depresión, ansiedad y personalidad también deben tenerse en cuenta.

La revisión destaca que el DCS no puede entenderse atendiendo únicamente a los cambios cognitivos. La depresión, la ansiedad, la participación social, el estatus social percibido y determinados rasgos de personalidad pueden influir en estas quejas. También intervienen los antecedentes familiares de demencia, el sexo, el nivel educativo y el contexto cultural.

En un estudio con 14.066 personas sanas mayores de 50 años, tanto la ansiedad como el DCS se asociaron independientemente con mayor riesgo de DCL o demencia. La coexistencia de ambos factores se relacionó con un riesgo aún mayor. También, otro estudio con 12.694 participantes encontró asociaciones entre DCS, depresión, estatus social percibido y personalidad. Un mayor afecto negativo se vinculó con una percepción más desfavorable del propio funcionamiento cognitivo.

La evidencia tampoco es completamente homogénea. Algunos estudios no han encontrado que el DCS prediga cambios objetivos en determinados indicadores cognitivos. Por ello, la revisión subraya la importancia de emplear pruebas neuropsicológicas sensibles y seguimientos suficientemente prolongados.

Una evaluación psicológica y neuropsicológica más completa.

A partir de la evidencia revisada, Pérez y colaboradoras proponen un procedimiento de evaluación integral del DCS para la práctica profesional de la Psicología. No se plantea como un protocolo diagnóstico cerrado, sino como una guía estructurada para facilitar la toma de decisiones clínicas.

El modelo comprende cinco fases. Primero, propone evaluar de forma estandarizada la queja cognitiva subjetiva. Después, recomienda contrastarla mediante una persona informante. La tercera fase incorpora una evaluación neuropsicológica sensible al deterioro incipiente. Debe valorar, entre otros aspectos, memoria episódica, funciones ejecutivas, velocidad de procesamiento y fluidez verbal.

La cuarta fase incluye factores emocionales, sociodemográficos y psicológicos y sociales. Entre ellos figuran depresión, ansiedad, participación social, soledad percibida, estatus social, antecedentes familiares de demencia, sexo, educación y contexto cultural. Finalmente, cuando los recursos lo permitan, pueden incorporarse biomarcadores genéticos, plasmáticos o de neuroimagen. Estos deben considerarse complementarios y no sustituir la evaluación clínica y neuropsicológica.

Identificar a las personas con mayor riesgo.

Los estudios revisados relacionan un mayor riesgo de progresión con factores como la acumulación de amiloide, determinados cambios cerebrales y biomarcadores plasmáticos. También señalan la presencia del alelo APOE ε4. No obstante, su complejidad y coste dificultan el uso rutinario de algunos de estos procedimientos.

La principal cautela de la revisión es clara: no todas las personas con deterioro cognitivo subjetivo desarrollarán enfermedad de Alzheimer. Existe, sin embargo, un subgrupo con un riesgo significativamente mayor de progresión clínica. Precisamente por ello, resulta importante analizar la naturaleza, persistencia y repercusión funcional de las quejas.

La integración de información clínica, neuropsicológica, genética, neurobiológica, psicológica, social y cultural puede contribuir a una detección más precisa. Según la revisión, este enfoque puede ayudar a diferenciar los cambios propios del envejecimiento saludable de aquellos que representan un mayor riesgo de DCL o demencia.


Fuente.

Pérez, V., Batallas, D., Hidalgo, V., y Salvador, A. (2026). Deterioro cognitivo subjetivo como marcador preclínico de demencia: una revisión teórica y marco conceptual de estudios longitudinales en adultos mayores. Papeles del Psicólogo/Psychologist Papers, 47(3), 223-231. https://doi.org/10.70478/pap.psicol.2026.47.24

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