La violencia política, definida como el uso de la fuerza para alcanzar fines con motivaciones políticas, tiene graves consecuencias para la salud colectiva de las sociedades, infundiendo miedo y socavando la confianza en las instituciones democráticas, y representa una preocupación creciente para las sociedades contemporáneas, especialmente, en contextos donde aumentan las tensiones y las polarizaciones.
Así lo expone la Asociación Americana de Psicología (American Psychological Association, APA) en un artículo publicado en su revista APA Monitor on Psychology, donde revisa la evidencia científica disponible para comprender este fenómeno y explorar posibles vías de prevención.
Tal y como señala en su artículo, a pesar de la percepción de una escalada de comportamientos violentos, la mayoría de la población rechaza firmemente estos actos, independientemente de su orientación política, lo que abre la puerta a estrategias basadas en el conocimiento psicológico para mitigar este fenómeno y sus devastadoras consecuencias sociales.

Un fenómeno complejo y malinterpretado.
La literatura especializada subraya que los actos de violencia motivados políticamente no son producto de simples causas únicas, sino de una compleja interacción entre factores personales y situaciones contextuales. A pesar de que la polarización política puede ser intensa, las encuestas muestran que el apoyo declarativo a la violencia política es muy bajo: cuando se pregunta a la población sobre la legitimidad de actos específicos de violencia, el respaldo reportado oscila en porcentajes mínimos. Esta percepción contrasta con la tendencia generalizada a sobreestimar el grado de apoyo que los adversarios políticos supuestamente tienen hacia la violencia, un error cognitivo que puede amplificar la sensación de amenaza y justificar, incluso erróneamente, actitudes más extremas.
Especialistas en la materia han identificado que una parte significativa de estas percepciones distorsionadas se debe al papel de los medios y las redes sociales, donde los algoritmos tienden a priorizar contenidos con alto antagonismo y animosidad entre grupos. Esto puede crear una ilusión de normalidad sobre la violencia política, aunque las cifras reales de respaldo popular sean bajas.
¿Quiénes son más propensos a «cruzar» el umbral de la violencia?
Desde la perspectiva psicológica, no existe un perfil único que permita identificar con precisión a quien pueda cometer un acto de violencia política. Los expertos señalan que determinados factores, tales como una fuerte sensación de victimización personal o colectiva, la percepción de injusticias profundas, la falta de confianza en las instituciones democráticas, la ausencia de un sentido de pertenencia social o vulnerabilidades de salud mental que los hacen fácilmente manipulables por la desinformación, pueden estar presentes con mayor frecuencia entre quienes cruzan el umbral hacia conductas extremas.
De hecho, aunque no hay un perfil único y predictivo, sí existen algunos puntos en común entre quienes se radicalizan hacia la violencia: suelen ser personas orientadas a la acción, motivadas por generar un cambio en su mundo e impulsadas por un sentimiento de indignación moral ante alguna injusticia que les ha ocurrido a ellos, a la comunidad a la que pertenecen o a una comunidad a miles de kilómetros de distancia, a la que expresan cierta lealtad o con la que sienten cierta afinidad.
Además, se reconoce que las condiciones sociales amplían las oportunidades de que estas vulnerabilidades personales deriven en violencia. Por ejemplo, la amplia disponibilidad de armas de fuego en ciertos contextos puede intensificar el potencial destructivo de actos violentos, aunque este factor por sí solo no explique las motivaciones profundas detrás de ellos.
La investigación también señala que las motivaciones de los actores violentos desafían las explicaciones ideológicas simplistas y son heterogéneas. En muchos casos, estas personas no responden a una ideología claramente definida, sino a una mezcla de sentimientos de injusticia, deseo de estatus, necesidad de reconocimiento social o de restaurar conexiones identitarias percibidas como amenazadas. Este mosaico de motivaciones complejas exige enfoques más amplios para comprender este fenómeno (Ellis et al., 2025).
Factores sociales y de grupo.
El comportamiento de grupo emerge como un elemento clave en la escalada de actos violentos, siendo según la APA, «un poderoso factor desencadenante de la violencia política multitudinaria». La literatura sobre dinámicas de multitudes muestra que cuando surgen nuevas normas dentro de un grupo o multitud, estas pueden anular normas sociales arraigadas que inhiben la violencia y la agresión. En situaciones de alta emoción colectiva, como manifestaciones masivas, las normas compartidas por la multitud pueden hacer que la violencia sea vista como una respuesta legítima a una amenaza percibida, aunque estas percepciones no estén alineadas con hechos verificables (Samuelson, 2022).
Estos procesos, que incluyen fenómenos como la polarización de grupos y el contagio emocional, son objeto de estudio en la investigación psicológica para entender cómo contextos sociales intensos pueden propiciar la transición de comportamientos pacíficos a violentos (Hinsz & Jackson, 2022).
Implicaciones para la prevención.
De acuerdo con la APA, los hallazgos derivados de la investigación psicológica ofrecen pistas prometedoras para la prevención y reducción del apoyo a la violencia política. Una de las conclusiones clave es que corregir percepciones erróneas que sobreestiman el apoyo a la violencia entre adversarios puede disminuir significativamente la predisposición individual hacia conductas violentas. Esto sugiere que estrategias comunicativas informadas por la evidencia, así como intervenciones educativas que promuevan un entendimiento más realista de las actitudes políticas de la otra parte, podrían contribuir a reducir la aceptación y la participación en actos violentos (Schumpe et al., 2020).
Del mismo modo, comprender las condiciones psicológicas y sociales que facilitan la escalada de tensiones puede ayudar a diseñar programas comunitarios y educativos que fortalezcan el sentido de pertenencia, la confianza en las instituciones y la capacidad de manejar conflictos sin recurrir a la violencia.
La Asociación finaliza destacando el papel fundamental que pueden desempeñar las respuestas gubernamentales a la hora de calmar o intensificar un conflicto relacionado con la política. En este sentido, indica, cuando las autoridades recurren a los cuerpos policiales con mano dura, militarizada o violenta, pueden avivar la disidencia y agravar las protestas violentas. Esta «paz tiránica» —cuando el gobierno gestiona la disidencia mediante la fuerza—, puede ser contraproducente y reforzar los agravios a largo plazo y la protesta continua (Peterscheck et al., 2025)
Por el contrario, las estrategias de desescalada, como la justicia procesal, el trato justo y evitar la violencia policial, pueden ayudar a mitigar las tensiones y reducir la resistencia violenta. Los expertos aconsejan que las fuerzas del orden se concentren solo en individuos cuyo comportamiento ilegal pone en peligro la seguridad pública, mientras permiten que continúen las protestas pacíficas de otros miembros de la multitud.
Conclusión
La violencia política es un fenómeno multifacético que desafía explicaciones simplistas. La investigación en psicología revela que, si bien la mayoría de la población repudia estos actos, existen condiciones personales y sociales que pueden empujar a ciertos individuos hacia conductas extremas. Al abordar las percepciones distorsionadas, fortalecer conexiones sociales y fomentar interpretaciones realistas de las diferencias políticas, la evidencia señala caminos que podrían contribuir a calmar las tensiones y prevenir la violencia política en sociedades cada vez más polarizadas.
Fuente.
Andoh, E. (2026). How to calm political violence, according to psychologists. Understanding the complex drivers behind these acts can help prevent or mitigate their destructive consequences. Monitor on Psychology, 57(1), p. 40. American Psychological Association.
