Las intervenciones psicológicas y sociales son una parte esencial del tratamiento del alcoholismo para todas las personas y deben desarrollarse siempre en el contexto de un plan personalizado de tratamiento y recuperación. Esta es una de las recomendaciones recogidas en la primera guía clínica para el tratamiento del alcohol publicada por el Gobierno de Reino Unido, un documento con el que el país pretende promover buenas prácticas y apoyar a las personas con patrones de consumo nocivos y con dependencia del alcohol, impulsando su aplicación en los ámbitos sanitario y social.
Uno de los capítulos clave de la guía es el dedicado a las intervenciones psicológicas y sociales, donde se establece de forma explícita que estas intervenciones constituyen un componente esencial del tratamiento para toda persona que presente consumo perjudicial o dependencia. A este respecto, el documento sostiene que estas actuaciones deben integrarse en un plan más amplio y personalizado de tratamiento y recuperación y que han de basarse en una alianza terapéutica positiva, como base del trabajo terapéutico.

Dos pilares: apoyo estructurado y tratamientos psicológicos formales.
La guía sitúa las intervenciones psicológicas y sociales en dos grandes bloques. Por un lado, el apoyo estructurado, que se define como un conjunto de intervenciones comunes a tratamientos psicológicos basados en la evidencia para alcohol y drogas. Este apoyo incluye factores como el establecimiento de una alianza terapéutica sólida, la organización de las sesiones con estructura y dirección hacia objetivos, el desarrollo de recompensas y actividades alternativas al consumo, la implicación de redes sociales orientadas a la recuperación y el fortalecimiento de la autoeficacia y de habilidades de afrontamiento para mantener la abstinencia o un consumo de bajo riesgo.
La guía señala que este apoyo estructurado se ofrece generalmente en los servicios comunitarios y que suele estar a cargo de un «keyworker», esto es, un profesional de referencia encargado de construir y mantener la relación terapéutica, ofrecer apoyo estructurado y acompañar a la persona en su proceso, coordinando la atención a lo largo del itinerario de tratamiento y recuperación.
Por otro lado, el documento indica que los servicios deben ofrecer tratamientos psicológicos formales específicamente centrados en las cogniciones, conductas, problemas y redes sociales relacionadas con el alcohol, de acuerdo con las necesidades individuales. Entre estos tratamientos, la guía incluye las terapias cognitivo-conductuales, las terapias conductuales y las terapias basadas en la red social y el entorno, que suelen ser proporcionadas por un miembro especializado del equipo multidisciplinar (MDT), junto con el apoyo estructurado que ofrece el keyworker.
Evaluación y formulación: la base para seleccionar e ir ajustando las intervenciones.
La guía insiste en que la evaluación y la formulación son determinantes para elegir la intervención más apropiada. La formulación se describe como un marco que permite comprender la información reunida durante la evaluación, ayudar a la persona a dar sentido a su situación y orientar la planificación del tratamiento y la recuperación. En este proceso, se plantea una formulación compartida entre profesional y persona usuaria, que se revisa y modifica en función de la respuesta a las intervenciones y del avance hacia los objetivos.
En coherencia con este enfoque, los y las profesionales deben monitorizar el efecto de las intervenciones y, si no están resultando eficaces, ajustarlas mediante una formulación revisada y acordada con la persona.
Principios de cuidado: relación terapéutica, estigma y atención informada por el trauma.
El capítulo dedicado a las intervenciones psicológicas y sociales incorpora, además, una sección de principios de cuidado que deben orientar el estilo asistencial. Entre ellos, el documento destaca la necesidad de construir una relación de confianza mediante un trabajo empático y transparente; respetar confidencialidad, privacidad y dignidad; comprender cómo el estigma y la discriminación pueden afectar al acceso al tratamiento, a la autoestima y a la capacidad de reconocer el impacto de la dependencia; y trabajar de forma informada por el trauma y con competencia cultural.
Recuperación como «viaje» y apoyo adaptado a severidad y complejidad.
La guía sitúa las intervenciones psicológicas y sociales dentro de un proceso de recuperación que se concibe como un «viaje» que va más allá del episodio de tratamiento y se integra en un sistema de atención orientado a la recuperación. En ese itinerario, el documento describe fases amplias —no rígidas— que incluyen evaluación, formulación y vinculación; cambio conductual; y recuperación temprana.
La intensidad del apoyo, añade, debe basarse en la severidad de la dependencia y en la complejidad de necesidades concurrentes. La guía reconoce que la mayoría de personas puede recibir apoyo en el ámbito comunitario, aunque contempla el recurso a dispositivos de ingreso o residenciales cuando se trate de situaciones con mayor severidad o complejidad.
El documento también señala que el apoyo entre iguales y la ayuda mutua se han encontrado eficaces para sostener la recuperación, por lo que se recomienda que los profesionales faciliten la vinculación de las personas con estos grupos y organizaciones durante su proceso y tras finalizar el tratamiento estructurado.
Objetivos de consumo: abstinencia o “bajo riesgo”, con revisiones periódicas.
En el desarrollo de las intervenciones psicológicas, la guía aborda objetivos como la abstinencia, el consumo de bajo riesgo o la reducción del consumo para disminuir daños, y señala que las intervenciones pueden aplicarse con estos distintos objetivos, teniendo en cuenta cuál es el que se haya acordado. Asimismo, añade que, en el caso de mujeres embarazadas o que crean que podrían estarlo, el enfoque más seguro es no beber alcohol.
Red social y familia: implicación con consentimiento y alternativas cuando no es posible.
La guía incluye intervenciones apoyadas por la familia y las red social de la persona, partiendo de que el consumo nocivo y la dependencia se producen en un contexto social que puede facilitar o dificultar el cambio. Por ello, plantea revisar las redes de apoyo en la evaluación y considerar su implicación siempre que exista consentimiento. También advierte de que algunas personas no desean involucrar a familiares por falta de apoyo o por situaciones de abuso, y subraya, en esos casos, la importancia de ayudar a construir redes alternativas.
En este marco, el documento describe intervenciones como la Social Behaviour and Network Therapy (SBNT) y la terapia conductual de pareja, esta última, recomendada cuando la pareja está dispuesta a participar y no concurren circunstancias como consumo problemático por parte de la pareja o violencia doméstica.
Formación y supervisión clínica: un requisito para sostener la práctica.
Un elemento transversal del capítulo es el énfasis en la competencia profesional. La guía indica que los servicios deben proporcionar formación y supervisión clínica a los y las profesionales que ofrecen estas intervenciones, con distintos niveles de especialización según se trate de apoyo estructurado o de tratamientos psicológicos formales.
La BPS aplaude la publicación de la guía y pide que se aplique «de forma consistente».
Tras la publicación del documento, la Sociedad Británica de Psicología (British Psychological Society, BPS), ha expresado públicamente su respaldo a la guía y ha pedido su implementación en los ámbitos sanitario y social, afirmando que el texto «reafirma mensajes claros y basados en la evidencia sobre el riesgo del alcohol» y recordando el «profundo impacto» que el consumo nocivo tiene sobre individuos, familias y comunidades.
En su valoración, la BPS destaca, especialmente, el foco del documento en la importancia de las intervenciones psicológicas y sociales como núcleo del tratamiento, la promoción del uso de la formulación psicológica en los servicios especializados para una atención centrada en la persona e informada por el trauma, y el énfasis en la supervisión clínica como herramienta para mejorar la práctica y apoyar a los profesionales. Asimismo, insta a quienes planifican y proveen servicios a garantizar plantilla, formación y recursos suficientes para aplicar plenamente las recomendaciones.
La guía se encuentra en formato online en la página web del Gobierno de Reino Unido. Para acceder a la misma, pincha aquí.
