Las vacaciones escolares plantean cada año el mismo interrogante a familias y docentes: ¿conviene que niños, niñas y adolescentes continúen haciendo tareas académicas durante el verano o deberían desconectar completamente de las obligaciones escolares? La investigación no ofrece una respuesta única aplicable a todo el alumnado, pero sí permite distinguir entre los deberes convencionales —extensos, repetitivos y generalmente iguales para toda la clase— y las actividades de refuerzo breves, personalizadas y vinculadas a experiencias significativas.
El descanso, el juego, las relaciones sociales, la actividad física y la convivencia familiar constituyen necesidades fundamentales para el desarrollo infantil. Por ello, convertir las vacaciones en una prolongación rígida del curso puede reducir las oportunidades de recuperación, generar conflictos familiares y aumentar el rechazo hacia el aprendizaje. Al mismo tiempo, una desconexión absoluta de cualquier actividad intelectual podría dificultar la conservación de determinados conocimientos, especialmente, entre el alumnado que ha terminado el curso con dificultades o que dispone de menos oportunidades educativas fuera de la escuela.

¿Se pierde realmente aprendizaje durante el verano?
La denominada pérdida de aprendizaje estival (summer learning loss) hace referencia al posible retroceso en conocimientos o destrezas durante el periodo prolongado sin clases. Un estudio reciente confirma que este fenómeno suele asociarse a un peor progreso académico. Sin embargo, los autores advierten de que el propio concepto continúa siendo impreciso, ya que la literatura utiliza diferentes denominaciones y carece de un marco teórico común que permita definirlo y estudiarlo de forma homogénea. Asimismo, señalan que la investigación se ha centrado mayoritariamente en estudios cuantitativos sobre rendimiento académico y subrayan la necesidad de desarrollar modelos conceptuales más sólidos que orienten las políticas e intervenciones educativas (Pastore, Passalacqua & Sbravati, 2026).
Esta falta de uniformidad obliga a interpretar con cautela afirmaciones muy extendidas, como que todo el alumnado pierde necesariamente varios meses de aprendizaje durante las vacaciones. Un análisis basado en tres grandes fuentes de datos estadounidenses encontró que los resultados variaban considerablemente según la prueba empleada: algunas mostraban pérdidas importantes y otras no. Tampoco se observó de forma consistente que las desigualdades académicas aumentaran más rápidamente durante el verano que durante el curso escolar (Workman, von Hippel & Merry, 2023).
Por tanto, el denominado “retroceso estival” no parece producirse de manera idéntica en todos los niños y niñas, en todas las materias ni en todos los contextos. Las diferencias pueden depender de la edad, los aprendizajes evaluados, la duración de las vacaciones, las experiencias familiares y comunitarias y las oportunidades de lectura, juego, conversación, actividad cultural o estimulación disponibles durante esos meses.
No todas las tareas de refuerzo escolar en verano producen los mismos resultados.
Conviene señalar, no obstante, que la mayor parte de la evidencia disponible analiza programas educativos de verano organizados por centros escolares o entidades especializadas, y no los tradicionales cuadernos o paquetes de deberes que el alumnado realiza de forma autónoma en casa. Por ello, los resultados positivos observados en estos programas no pueden extrapolarse automáticamente a cualquier tipo de actividad de refuerzo durante las vacaciones.
La evidencia disponible sí indica que determinados programas de verano, cuando están adecuadamente diseñados, pueden favorecer el aprendizaje. Un metaanálisis de 37 estudios sobre programas estivales con contenidos matemáticos encontró un efecto positivo sobre el rendimiento en esta materia. Los resultados fueron semejantes en contextos con niveles altos y bajos de pobreza, y los programas que dedicaban más tiempo diario a las matemáticas tendían a obtener mejores resultados (Lynch, An & Mancenido, 2022).
Los beneficios dependen del diseño del programa y de las necesidades del alumnado.
Otros estudios sugieren que los programas estructurados de verano también pueden beneficiar competencias socioemocionales. Un metaanálisis de 36 investigaciones con alumnado de educación infantil, primaria y secundaria encontró un efecto positivo, aunque modesto, sobre variables como las actitudes hacia el aprendizaje, el esfuerzo, las conductas académicas, las habilidades sociales y el ajuste comportamental (Lynch, Lanteri, An, Mancenido & Richardson, 2025).
Estos resultados no significan que todos los escolares necesiten cuadernos de ejercicios ni clases durante las vacaciones. Los programas analizados suelen incorporar enseñanza planificada, profesionales responsables, actividades compartidas y objetivos definidos. No son equivalentes a entregar un cuaderno genérico en junio para devolverlo en septiembre, con escaso seguimiento y sin una retroalimentación inmediata.
El refuerzo puede ser especialmente pertinente cuando el alumno o la alumna presenta dificultades concretas, necesita consolidar contenidos instrumentales, ha tenido una escolarización irregular o requiere apoyos específicos. En estos casos, las actividades deberían responder a una valoración individual y centrarse en unos pocos aprendizajes prioritarios, evitando reproducir toda la carga del curso.
Más deberes no siempre implican un mayor aprendizaje.
La American Psychological Association (APA) recuerda que los deberes pueden contribuir a practicar habilidades y consolidar contenidos, pero advierte de que una cantidad excesiva puede ocasionar aburrimiento, agotamiento académico, estrés, reducción del sueño y menos tiempo para la familia y las actividades extraescolares. La utilidad de las tareas parece depender de la edad, la cantidad, la calidad y el propósito con el que se asignan, siendo menos clara entre el alumnado de menor edad (Weir, 2016).
En esta misma línea, un estudio realizado con alumnado español observó que la realización habitual de deberes de matemáticas y ciencias se asociaba con mejores resultados académicos, pero las puntuaciones comenzaban a disminuir cuando el tiempo diario dedicado superaba, aproximadamente, los 90 o 100 minutos. Aunque estos datos corresponden a tareas realizadas durante el curso y no específicamente en verano, apoyan la idea de que incrementar el tiempo dedicado a los deberes no se traduce necesariamente en un mayor aprendizaje (Fernández-Alonso, Suárez-Álvarez y Muñiz, 2015).
La propia APA señala que los plazos de entrega de trabajos y los exámenes pueden actuar como fuentes de estrés para el alumnado. El estrés puntual no es necesariamente perjudicial, pero una presión escolar continuada puede afectar a la salud física y mental. Mantener durante todas las vacaciones una agenda académica rígida puede impedir, por tanto, que el periodo estival cumpla su función de descanso y recuperación.
El juego, la lectura y las experiencias cotidianas también favorecen el aprendizaje.
Expertos de la Academia Estadounidense de Pediatría (AAP, American Academy of Pediatrics) consideran que las vacaciones constituyen una oportunidad para mantener el aprendizaje sin renunciar al descanso y proponen fomentar la lectura voluntaria, acudir a bibliotecas, escuchar audiolibros, conversar sobre las historias leídas y aprovechar las experiencias cotidianas como oportunidades educativas. Empero, advierten de que una programación excesivamente cargada de actividades puede reducir el tiempo necesario para el juego, el descanso y la convivencia familiar (Navsaria, 2026).
Por su parte, la Sociedad Británica de Psicología (British Psychological Society, BPS) defiende que se reconozcan los progresos, aprendizajes y capacidades desarrollados por niños y niñas, en lugar de centrar toda la intervención educativa en sus déficits (BPS, 2021) y destaca, a su vez, el valor del juego para el bienestar y el aprendizaje (BPS, 2023).
En este sentido, diversos estudios subrayan que el juego puede favorecer la exploración, la motivación y la adquisición de conocimientos. Asimismo, una investigación realizada con alumnado de educación primaria y secundaria encontró que la ayuda intrusiva y no solicitada de las personas adultas con los deberes puede disminuir la implicación y el rendimiento académico cuando transmite al niño o la niña el mensaje implícito de que no es capaz de resolver las tareas por sí mismo/a (Park et al., 2023; Young, 2023).
El derecho al descanso también forma parte de la educación.
En España, la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA) mantiene una posición claramente contraria a los deberes durante las vacaciones. A través de su campaña “Educación sin deberes”, recoge las desventajas e inconvenientes que presentan los deberes como práctica obligatoria del modelo educativo actual.
La organización considera que el tiempo libre es imprescindible para la educación integral y reclama que las tareas académicas se realicen dentro del horario lectivo, recordando que trasladar el trabajo escolar al hogar puede perjudicar a las familias que carecen de tiempo, formación o recursos para ayudar, obligándolas en algunos casos a recurrir a clases particulares o academias.
Su campaña vincula esta cuestión con el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconoce el derecho al descanso, al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de la edad. Desde este enfoque, las vacaciones no constituyen un tiempo vacío que deba llenarse con tareas escolares, sino una oportunidad para desarrollar autonomía, creatividad, relaciones familiares y sociales y aprendizajes diferentes a los del aula.
Más allá de los cuadernos: otras formas prácticas de seguir aprendiendo.
Ahora bien, defender el descanso no equivale a considerar que durante el verano se deja de aprender. Leer por placer, conversar, hacer una compra, calcular distancias, organizar un viaje, jugar a juegos de mesa, practicar un deporte, escribir un diario, visitar una biblioteca o un museo y explorar la naturaleza, son actividades que implican comprensión lectora, razonamiento matemático, planificación, creatividad y habilidades sociales.
A este respecto, expertos del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona, consideran poco recomendable identificar los deberes estivales con el tradicional cuaderno de ejercicios. En su lugar, proponen aprovechar actividades como los viajes, las visitas culturales o las experiencias cotidianas para fomentar aprendizajes no formales e informales. Cuando se planteen tareas más estructuradas, aconsejan tener en cuenta las capacidades, necesidades y aficiones de cada niño o niña, acordar objetivos y combinar los contenidos instrumentales con la creatividad y la experimentación (Nafria, 2024).

No todos los niños y niñas necesitan lo mismo.
El debate no debería formularse únicamente como una elección entre “hacer deberes” o “no hacer nada”. La pregunta fundamental es: ¿qué necesita cada alumno o alumna y qué tipo de experiencias pueden ayudarles sin perjudicar su derecho al descanso?
Para un niño o una niña que ha alcanzado los objetivos del curso, una carpeta extensa de ejercicios repetitivos probablemente aportará poco y puede convertir el aprendizaje en una obligación desagradable. La lectura elegida libremente, el juego, el deporte, las actividades culturales y la participación en las tareas cotidianas pueden proporcionar una estimulación suficiente y más significativa.
En cambio, el alumnado con dificultades específicas puede beneficiarse de un refuerzo planificado. Este debería ser breve, realista, ajustado a su edad, centrado en aprendizajes esenciales y compatible con el ocio. También tendría que incluir explicaciones y retroalimentación, ya que limitarse a acumular ejercicios sin corregirlos ni comentar los errores reduce su utilidad pedagógica.
Conviene evitar, además, que la responsabilidad recaiga enteramente sobre las familias. No todos los hogares tienen el mismo tiempo, nivel educativo, condiciones materiales o capacidad económica. Por ello, los programas públicos de verano, las bibliotecas, los campamentos socioeducativos y las actividades gratuitas o asequibles pueden ser opciones más equitativas que encomendar a cada familia la recuperación académica de sus hijos e hijas.
¿Qué recomiendan los expertos? Recomendaciones prácticas para las familias
Más que prolongar la escuela durante dos meses, el objetivo debería ser preservar la curiosidad y mantener una relación positiva con el aprendizaje. El descanso y el aprendizaje no son necesariamente incompatibles, siempre que las actividades respeten las necesidades, los ritmos y los derechos de cada niño, niña o adolescente.
Aunque no existe un consenso sobre la conveniencia de asignar actividades de refuerzo escolar durante el verano a todo el alumnado, la evidencia científica y las recomendaciones de distintas organizaciones permiten identificar una serie de principios comunes para favorecer el aprendizaje sin renunciar al descanso y al bienestar infantil:
–Priorizar el descanso, el juego y el tiempo en familia, ya que forman parte del desarrollo y del bienestar infantil y constituyen un derecho reconocido en la Convención sobre los Derechos del Niño.
-No prolongar el curso escolar mediante grandes cantidades de deberes repetitivos, especialmente, si carecen de un objetivo claro o de seguimiento posterior.
-Dar prioridad a la calidad frente a la cantidad, proponiendo actividades breves, significativas y con una finalidad concreta, mejor que largas series de ejercicios mecánicos.
-Fomentar la lectura por placer, permitiendo que cada niño o niña elija los libros que le resulten atractivos y aprovechando también bibliotecas, audiolibros y lecturas compartidas.
-Aprovechar las experiencias cotidianas como oportunidades de aprendizaje, por ejemplo calcular cantidades en una receta de cocina, hacer la compra y calcular los precios, visitar museos, viajar, escribir un diario, jugar a juegos de mesa o explorar la naturaleza.
-Combinar el aprendizaje con actividades deportivas, artísticas y culturales, ya que los programas estivales más eficaces integran distintos tipos de experiencias y no solo contenidos académicos.
-Evitar trasladar toda la responsabilidad educativa a las familias, procurando que las actividades cuenten, cuando sea posible, con orientaciones claras y algún tipo de seguimiento por parte del profesorado.
-Mantener una actitud flexible, recordando que no todos los niños y niñas necesitan el mismo tipo de apoyo ni aprenden de la misma manera durante las vacaciones.
–Cuando exista una necesidad real de refuerzo (el alumno o la alumna presenta dificultades concretas, necesita consolidar contenidos instrumentales, ha tenido una escolarización irregular o requiere apoyos específicos), las tareas deberían reunir algunas condiciones: ser personalizadas, breves y claramente delimitadas; centrarse en pocas competencias básicas, evitando reproducir toda la carga del curso; incorporar actividades lúdicas y cotidianas; permitir cierta elección; evitar la presión y las comparaciones; y contar, siempre que sea posible, con seguimiento docente o profesional.
Para ver las referencias pincha aquí.
