La salud mental se ha convertido en uno de los mayores desafíos sanitarios, sociales y económicos de los países desarrollados. Más de una de cada cinco personas en los países de la OCDE y de la Unión Europea presenta algún problema de salud mental y, si no se adoptan medidas más ambiciosas, las consecuencias seguirán traduciéndose en pérdida de años de vida saludable, menor participación laboral, descenso de la productividad y un elevado coste para los sistemas sanitarios.
Así lo señala el informe The Economic Case for Preventing Mental Ill Health, publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a través del cual se examina la carga sanitaria, social y económica asociada a los problemas de salud mental —con especial atención a la depresión y la ansiedad— y analiza el impacto que distintas intervenciones basadas en la evidencia pueden tener sobre la salud de la población, la productividad y el crecimiento económico.
Según el informe, los problemas de salud mental afectan actualmente a algo más del 20% de la población de los países de la OCDE y de la UE. Se trata, además, de una estimación “conservadora”, ya que muchos problemas leves o moderados no llegan a diagnosticarse o permanecen sin comunicar debido al estigma y a las limitaciones existentes en los sistemas de atención. Entre los problemas de esta índole más frecuentes destacan los trastornos de ansiedad, que representan aproximadamente el 40% de todos los casos diagnosticados, seguidos de los trastornos depresivos, con un 20%, y los trastornos por consumo de sustancias, incluidos los trastornos por consumo de alcohol, con un 17%.

Una carga creciente para la salud y la economía.
La OCDE subraya que determinados grupos presentan una vulnerabilidad especialmente elevada. Las mujeres muestran tasas más altas de depresión y ansiedad, mientras que los hombres registran una mayor prevalencia de trastornos relacionados con el alcohol y otras sustancias. Asimismo, más de uno de cada cuatro jóvenes de entre 15 y 24 años experimenta algún trastorno mental, una situación bastante preocupante porque los problemas que aparecen a edades tempranas tienden a persistir en la vida adulta cuando no reciben tratamiento adecuado.
El informe pone de relieve que las consecuencias de la mala salud mental trascienden el ámbito individual. Los análisis de la OCDE estiman que los trastornos depresivos mayores, los trastornos de ansiedad generalizada y los trastornos por consumo de alcohol reducirán en 2,5 años la esperanza de vida saludable de la población europea entre 2025 y 2050. Además, contribuirán a alrededor de 28.000 muertes prematuras anuales en los países de la Unión Europea.
Desde la perspectiva económica, el impacto también resulta considerable. La OCDE calcula que estos problemas supondrán aproximadamente 76.000 millones de euros anuales en costes sanitarios, equivalentes al 6% del gasto total en salud de los países de la UE. Una parte importante de este gasto se debe a que los trastornos mentales agravan otras enfermedades físicas, incrementando la complejidad y el coste de los tratamientos.
A ello se añade el efecto sobre el mercado laboral. La organización estima que la mala salud mental provocará una reducción media anual del PIB del 1,7% entre 2025 y 2050. Este impacto está relacionado con una menor participación en la fuerza laboral, el aumento del absentismo y del denominado presentismo, es decir, la situación en la que los trabajadores están presentes en su puesto de trabajo pero no pueden rendir a pleno rendimiento debido a sus problemas de salud mental.
Persisten importantes barreras de acceso a la atención en salud mental.
A pesar de que la mayoría de los países han desarrollado políticas nacionales de salud mental, la OCDE advierte de que sigue existiendo una importante brecha asistencial. En este sentido, el informe estima que solo una de cada tres personas con necesidades de salud mental recibió acceso a tratamiento para su problema durante los últimos 12 meses en los países de la Unión Europea. Esta situación implica que cerca de dos tercios de las personas que necesitan atención en salud mental no reciben una atención adecuada.
La organización identifica diversas barreras que dificultan el acceso a la atención psicológica y a los tratamientos de salud mental. Entre ellas, se encuentran los pagos directos que requieren muchas terapias, las dificultades para acceder a servicios especializados en zonas rurales, el estigma asociado a los problemas de salud mental y la escasez de profesionales, que se traduce en largas listas de espera y prolongados tiempos para recibir atención.
Precisamente, el informe destaca que mejorar el acceso constituye un elemento fundamental para aumentar el impacto de las políticas públicas. Entre las medidas mencionadas, figura la necesidad de avanzar hacia una cobertura más amplia de los servicios de salud mental y reducir las barreras económicas que limitan el acceso a los tratamientos, favoreciendo fórmulas que permitan una atención más accesible y, cuando sea posible, gratuita o financiada públicamente.
Las intervenciones psicológicas muestran una elevada relación coste-beneficio.
Uno de los mensajes centrales del informe es que existen intervenciones basadas en la evidencia que pueden mejorar los resultados en salud mental y, al mismo tiempo, generar beneficios económicos.
La OCDE identifica distintas intervenciones de salud mental aplicables en atención primaria, centros educativos y lugares de trabajo. Entre ellas, figuran los programas de alfabetización en salud mental, las intervenciones de reducción del estigma, las técnicas basadas en mindfulness, las herramientas digitales de apoyo y diversas intervenciones psicológicas estructuradas.
El informe define las intervenciones psicológicas como tratamientos fundamentados en teorías psicológicas, aplicados dentro de una relación terapéutica estructurada y basados en protocolos estandarizados y respaldados por la evidencia científica. Estas intervenciones incluyen enfoques conductuales, cognitivos, humanistas, sistémicos, motivacionales y sociales, entre otros. También menciona expresamente modalidades como la psicoterapia psicodinámica y la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares.
La psicoterapia ocupa un lugar especialmente destacado en el informe. Los modelos de simulación desarrollados por la OCDE concluyen que las intervenciones realizadas en atención primaria son las más eficaces, particularmente la psicoterapia presencial.
La terapia cognitivo-conductual, referente en prevención y tratamiento.
La OCDE dedica una atención especial a la terapia cognitivo-conductual (TCC o CBT, por sus siglas en inglés), descrita como una de las principales herramientas para la prevención y el tratamiento de los problemas de salud mental. El informe señala que se trata de una intervención psicológica ampliamente reconocida por su eficacia en la depresión, los trastornos de ansiedad generalizada, el trastorno de pánico y el trastorno por estrés postraumático. Asimismo, la considera uno de los tratamientos psicológicos de primera línea debido a la sólida evidencia científica que respalda su eficacia.
La TCC se centra en modificar patrones de pensamiento y comportamiento que contribuyen a emociones negativas y conductas desadaptativas. Entre sus variantes se incluyen la terapia de resolución de problemas, la terapia dialéctica conductual —desarrollada inicialmente para personas con alto riesgo de suicidio— y la terapia metacognitiva, orientada a modificar patrones persistentes de preocupación, rumiación y vigilancia de amenazas.
El informe destaca que la TCC resulta eficaz tanto para la prevención como para el tratamiento y puede aplicarse presencialmente, por teléfono o en formato digital, manteniendo su eficacia en diferentes contextos, incluidos la atención primaria, los centros educativos y los lugares de trabajo.
Evidencia en depresión, ansiedad, estrés y otros problemas emocionales.
La OCDE pone de relieve que las intervenciones psicológicas y las terapias cognitivo-conductuales pueden contribuir a modificar comportamientos, gestionar emociones negativas y mejorar la regulación emocional, aspectos centrales en numerosos problemas de salud mental. En este sentido, recoge múltiples ejemplos de intervenciones dirigidas a personas con depresión, ansiedad, estrés y trastornos de adaptación.
En el análisis comparado de las políticas aplicadas en los distintos países, el informe sitúa a España entre los Estados que cuentan con intervenciones para problemas de salud mental plenamente implementadas en atención primaria. No obstante, el documento no describe un programa español concreto, sino que incluye a España dentro del grupo de países que han avanzado en la incorporación de este tipo de actuaciones en el primer nivel asistencial.
De forma específica, con relación a los acontecimientos traumáticos, la OCDE advierte de que las guerras, los conflictos y la inestabilidad geopolítica están asociándose a incrementos de los síntomas de ansiedad y de estrés postraumático en la población.
Psicólogos y ampliación de la fuerza laboral.
La organización insiste en que el potencial de estas intervenciones seguirá siendo limitado mientras no se amplíe la cobertura de los servicios y la disponibilidad de profesionales. Entre sus recomendaciones, figura incrementar la inversión y reforzar la fuerza laboral especializada en salud mental. Según sus estimaciones, alcanzar una cobertura universal requeriría un incremento del 41% en el gasto destinado a salud mental, acompañado de una expansión significativa del número de profesionales que prestan atención psicológica y otros servicios especializados.
Una estrategia más ambiciosa y sistémica.
Aunque las intervenciones psicológicas, la psicoterapia, la terapia cognitivo-conductual y otras actuaciones basadas en la evidencia resultan coste-eficaces e incluso pueden generar ahorros, la Organización concluye que, por sí solas, no bastan para afrontar la magnitud del problema. El informe reclama un enfoque sistémico que combine una mejor implementación de las intervenciones, una ampliación de la cobertura asistencial, campañas de reducción del estigma y actuaciones dirigidas a los determinantes sociales y económicos de la salud mental, como la inseguridad económica, el desempleo y las desigualdades sociales.
Para la OCDE, invertir en prevención, atención psicológica basada en la evidencia y acceso oportuno a los tratamientos no solo mejoraría la salud y el bienestar de millones de personas, sino que constituiría también una estrategia económica rentable capaz de fortalecer la productividad, la participación laboral y la resiliencia de las sociedades europeas.
Se puede acceder al informe completo desde la página web de la OECD o bien directamente aquí.
