La brecha de género en salud impacta en la salud mental, el acceso a la atención y el bienestar de mujeres y niñas
17 Abr 2026

Las desigualdades de género atraviesan de forma estructural el sistema sanitario, generando retrasos diagnósticos, una mayor carga de enfermedad crónica en las mujeres y un impacto significativo en su salud física, psicológica y social. Estas inequidades se traducen en peores resultados en salud mental -con mayor exposición a problemas emocionales, ansiedad, depresión o estrés-, dificultades de acceso a la atención, infradiagnóstico y una mayor vulnerabilidad ante determinantes sociales como la precariedad, los roles de cuidados o la violencia. Todo ello configura un escenario en el que la salud, entendida desde una perspectiva biopsicosocial, evidencia importantes brechas de género que afectan tanto a las niñas y adolescentes como a las mujeres adultas, condicionando su bienestar, su desarrollo cognitivo, conductual y emocional, y su calidad de vida.

Estas son algunas de las principales conclusiones recogidas en el «Libro Blanco Salud y Género II: Igualdad en Salud», un documento publicado por el Observatorio de Salud, Sanidad y Farmacia (OdS) y Estudio de Comunicación, que actualiza el Libro Blanco de 2023 y cuyo objetivo es analizar el impacto del género en la salud, identificar las desigualdades existentes y promover estrategias que permitan avanzar hacia una mayor equidad en la atención sanitaria.

El informe parte de una evidencia clara: el género constituye un determinante clave en la salud. Según señala, la Organización Mundial de la Salud advierte de que el género, por sí solo, genera inequidades sanitarias y puede agravar otras derivadas de factores como la edad, la situación socioeconómica o la discapacidad. En este contexto, se estima que un 40% de las mujeres, frente al 30% de los hombres, desarrollará una enfermedad crónica a lo largo de su vida, con diagnósticos que, además, suelen producirse de forma más tardía, incrementando el impacto negativo en la vida social, laboral y económica.

género
Fuente: freepik. Descarga: 14/04/26.
Desigualdades estructurales, determinantes sociales y brecha de género en salud.

El documento subraya que las desigualdades en salud por razón de género están profundamente vinculadas a los determinantes sociales: nivel educativo, empleo, condiciones de vida, acceso a recursos o redes sociales. Estos factores, junto con los roles y estereotipos de género, influyen de manera directa en la aparición, evolución y tratamiento de múltiples problemas de salud, tanto físicos como psicológicos.

En este sentido, destaca lo que se conoce como «paradoja de género en salud»: aunque las mujeres presentan una mayor esperanza de vida, muestran peores indicadores en morbilidad, autopercepción de salud y acceso a la atención sanitaria. Esta situación se ve agravada por factores como la sobrecarga de cuidados, la desigual distribución de roles, la exposición a violencia o el impacto de la precariedad, elementos que afectan directamente a su salud mental y emocional.

Asimismo, el texto pone de relieve cómo las diferencias de género influyen en el desarrollo de enfermedades tanto físicas como psíquicas, en el acceso al sistema sanitario y en la adherencia a los tratamientos, evidenciando la necesidad de un enfoque multidisciplinar que integre la perspectiva de género en todas las políticas y prácticas sanitarias.

Salud mental, estigma y barreras de acceso.

Uno de los ejes centrales del informe es la salud mental. El documento insiste en la necesidad de promoverla desde una perspectiva de género, teniendo en cuenta las diferencias en la prevalencia de los trastornos mentales, las barreras de acceso a la atención y el estigma asociado, señalando de forma expresa que la salud mental presenta características diferenciales entre hombres y mujeres.

La evidencia señala que estas diferencias no solo responden a factores biológicos, sino también a construcciones sociales y culturales que condicionan la forma en que se expresan los síntomas, se perciben los problemas y se accede a los servicios de atención. Así, mientras que en las mujeres es más frecuente la manifestación de síntomas internalizantes —como ansiedad o depresión—, en los hombres pueden predominar conductas de riesgo o externalizantes, lo que influye en los patrones de diagnóstico y tratamiento.

El análisis de los factores que influyen en la salud mental pone de relieve el peso de los determinantes sociales, entre ellos, la situación económica, el empleo, las condiciones de vida, el apoyo social y los roles de género. A estos se suman otros factores como la exposición a la violencia, el estigma, la discriminación o la soledad no deseada, que afectan de forma diferencial a mujeres y hombres. Todas estas variables interactúan entre sí, generando un impacto acumulativo en la salud mental, especialmente, en colectivos más vulnerables.

Barreras percibidas y desigualdades en el acceso a la atención en salud mental.

De manera específica, se observan diferencias de género en la percepción de las barreras de acceso a la salud, tanto en términos objetivos como subjetivos. Las mujeres identifican con mayor frecuencia obstáculos relacionados con la falta de tiempo, la sobrecarga de cuidados, la dificultad para conciliar, las actitudes discriminatorias en el sistema sanitario o la precariedad económica (esta última, puede generar efectos psicológicos devastadores y agravar tanto la salud emocional como la física, creando un círculo de vulnerabilidad difícil de romper). Estas barreras influyen directamente en el retraso en la búsqueda de atención, en la adherencia a los tratamientos y en la evolución de los problemas de salud, incluidos los problemas de salud mental.

Además, se señala un problema relevante de infradiagnóstico y retraso diagnóstico, que, en el caso de enfermedades crónicas, puede duplicar el tiempo de espera respecto a los hombres, con consecuencias negativas en la evolución de la enfermedad y en la satisfacción con los tratamientos.

Entre las medidas propuestas en el documento, se incluye el desarrollo de programas específicos que aborden estas particularidades y garanticen un acceso equitativo a los servicios de salud mental.

Infancia, adolescencia y construcción de la conducta.

El informe dedica especial atención a la infancia y adolescencia, subrayando cómo los estereotipos de género se construyen desde etapas muy tempranas y condicionan el desarrollo cognitivo, emocional y conductual. Los modelos educativos diferenciados, los roles asignados y las expectativas sociales influyen en la expresión emocional, la conducta y la salud mental infanto-juvenil.

Así, se señala que los niños pueden desarrollar comportamientos más dominantes o antisociales al inhibir la expresión emocional, mientras que las niñas son educadas en patrones de mayor dependencia, sensibilidad o sumisión, lo que incrementa su exposición a problemas emocionales, ansiedad o depresión. Estas diferencias se traducen en trayectorias vitales distintas, con impacto en la salud, el aprendizaje y la adaptación social.

Además, el documento advierte sobre la preocupante normalización de la violencia de género en la adolescencia, con datos que evidencian la existencia de violencia física, sexual, emocional y psicológica en este grupo de edad, lo que incrementa el riesgo de problemas psicológicos a largo plazo.

El impacto de la violencia de género, el estigma y la salud mental perinatal en el bienestar de las mujeres.

La violencia de género aparece como uno de los factores más determinantes en la salud de las mujeres. El informe insiste en la necesidad de establecer protocolos de detección temprana y ofrecer apoyo psicológico adecuado, destacando que muchas situaciones de violencia permanecen ocultas tras síntomas como crisis de ansiedad o estados depresivos.

De igual modo, se pone de manifiesto el impacto del estigma, sobre todo, en mujeres con problemas de salud mental o enfermedades que afectan a la imagen corporal, como el cáncer. Estos estereotipos y presiones sociales pueden agravar el malestar psicológico, afectar a la autoestima y dificultar la recuperación.

El documento también aborda situaciones de especial vulnerabilidad, como la depresión perinatal o los trastornos mentales asociados al embarazo y el posparto, que a menudo pasan desapercibidos debido a la falta de reconocimiento social y sanitario. En este sentido, indica que la depresión perinatal afecta aproximadamente al 10–15% de las madres, tanto durante el embarazo como en el posparto, y se asocia a síntomas como tristeza generalizada, fatiga y rumiación, pudiendo afectar al vínculo con el bebé y a la relación madre-hijo. En la misma línea, advierte de que trastornos menos frecuentes, como la psicosis posparto, pueden presentarse en las primeras semanas tras el parto con síntomas graves de desorganización y alteración del pensamiento, comprometiendo la capacidad de cuidado. Estos problemas, además, pueden tener consecuencias en el desarrollo social, psicológico, emocional, cognitivo y conductual del bebé.

Enfermedades crónicas, impacto económico y social.

El informe destaca el elevado impacto de las enfermedades crónicas en la vida de las mujeres, no solo en términos de salud, sino también en el ámbito social, laboral y económico. Más del 54% de la población mayor de 15 años presenta alguna enfermedad crónica, con un impacto especialmente acusado en las mujeres.

Las mujeres presentan mayores limitaciones en el autocuidado, mayores dificultades en las tareas del hogar y un mayor impacto en sus relaciones sociales. Además, experimentan más dificultades económicas, tanto por la pérdida de ingresos como por los costes asociados a la enfermedad, lo que incrementa el riesgo de exclusión social y soledad no deseada.

En el ámbito laboral, la cronicidad afecta de forma significativa a la participación en el empleo, con mayores tasas de abandono, bajas laborales y dificultades de inserción, principalmente, en mujeres cuidadoras.

Enfermedades específicas y salud a lo largo del ciclo vital.

El documento aborda de forma extensa múltiples patologías desde una perspectiva de género, incluyendo salud cardiovascular, ictus, migraña, esclerosis múltiple, Alzheimer, enfermedades raras, diabetes, obesidad, asma y cáncer, evidenciando diferencias en la incidencia, diagnóstico y tratamiento entre mujeres y hombres. En el ámbito neurológico y cognitivo, se destacan patologías como el Alzheimer y otros trastornos cognitivos, donde las diferencias de género requieren un enfoque específico tanto en el diagnóstico como en el tratamiento.

Asimismo, analiza etapas clave del ciclo vital femenino, como la menopausia, el embarazo o la salud sexual y reproductiva, subrayando la necesidad de adaptar la atención sanitaria a las características biológicas y sociales de las mujeres.

TDAH, infancia y mujer adulta: una mirada de género.

El informe incorpora un análisis específico del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), tanto en la infancia y adolescencia como en la mujer adulta, destacando la importancia de considerar la perspectiva de género en su diagnóstico y tratamiento.

Se señala que las diferencias en la manifestación de los síntomas pueden llevar a un infradiagnóstico en niñas y mujeres, lo que repercute en su desarrollo académico, emocional y social, así como en su adaptación a lo largo de la vida. En este sentido, el documento afirma que estas diferencias y el infradiagnóstico pueden asociarse a una mayor vulnerabilidad psicológica, con presencia de problemas como depresión, ansiedad, intentos de suicidio, autolesiones y dificultades en las relaciones interpersonales, principalmente, cuando no se realiza una detección e intervención adecuadas. Tal y como advierte, la falta de diagnóstico y tratamiento adecuados en estos casos puede derivar en problemas conductuales, dificultades de adaptación, adicciones y situaciones de exclusión social a lo largo del ciclo vital.

Autocuidado, clave para mejorar los resultados en salud y reducir desigualdades.

El Libro Blanco pone el foco en el autocuidado en salud, señalando que constituye un elemento esencial para mejorar los resultados en salud y reducir desigualdades, aunque no se ejerce en condiciones de igualdad. Las mujeres, tradicionalmente vinculadas a los roles de cuidados hacia otras personas, presentan con frecuencia una menor dedicación al autocuidado propio, lo que repercute negativamente en su salud física, emocional y mental. Esta situación se ve agravada por la sobrecarga derivada de las responsabilidades familiares, laborales y sociales, así como por la presión de los estereotipos de género, que limitan el tiempo disponible para atender sus propias necesidades de bienestar.

En relación con ello, el informe insiste en la importancia del autocuidado en salud mental, entendido como un conjunto de prácticas que favorecen el equilibrio emocional, la gestión del estrés y el bienestar psicológico. Sin embargo, advierte de que las desigualdades de género condicionan la posibilidad real de desarrollar estas prácticas, sobre todo, en mujeres que asumen una doble o triple carga de trabajo y cuidados. Esta limitación impacta en la capacidad de prevenir problemas como la ansiedad, la depresión o el agotamiento emocional.

Hacia un modelo sanitario más equitativo y multidisciplinar.

Entre las principales propuestas del documento, destaca la necesidad de incorporar la perspectiva de género de forma transversal en el sistema sanitario, mediante formación específica, investigación con enfoque de género, protocolos diferenciados y sistemas de evaluación que incluyan indicadores de género. A su vez, se aboga por un enfoque multidisciplinar que integre la dimensión psicológica, social y biológica de la salud, así como por la participación activa de las mujeres en la toma de decisiones sanitarias.

El documento insiste también en la necesidad de promover políticas públicas y estrategias sanitarias que favorezcan entornos saludables, reduzcan el estigma y faciliten el acceso a recursos de apoyo psicológico, incorporando siempre la perspectiva de género. Solo así será posible avanzar hacia un modelo de atención que no solo aborde la enfermedad, sino que promueva activamente el bienestar y la salud mental de toda la población.

En definitiva, el Libro Blanco Salud y Género II pone de manifiesto que avanzar hacia la igualdad en salud no solo implica corregir desigualdades en el acceso o el tratamiento, sino también transformar el modelo sanitario para integrar plenamente la perspectiva de género, abordar los determinantes sociales y garantizar una atención centrada en la persona, equitativa y basada en la evidencia.

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