Escuchar la experiencia vivida de las personas con problemas de salud mental, clave para transformar los servicios de atención psicológica: Día Mundial de la Salud Mental 2026
09 Oct 2026

Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una iniciativa impulsada por la Federación Mundial para la Salud Mental (World Federation for Mental Health, WFMH) desde 1992 con el objetivo de sensibilizar sobre los problemas de salud mental, promover su prevención y atención y movilizar esfuerzos para situar el bienestar psicológico entre las prioridades sociales y sanitarias.

En este año 2026, la jornada se celebra bajo el lema «Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real» (Lived experiences heard: real voices, real change), una llamada a reconocer como una forma de conocimiento imprescindible la experiencia de quienes viven o han vivido problemas de salud mental y a garantizar que estas personas participen realmente en las políticas, los servicios y las decisiones que afectan a sus vidas (WFMH, 2026; WHO, 2026b).

Casi 1.200 millones de personas en todo el mundo viven con problemas de salud mental.

El lema adquiere una especial relevancia ante la magnitud actual de los problemas de salud mental. A escala mundial, casi 1.200 millones de personas vivían con algún trastorno mental en 2023, prácticamente el doble que en 1990, y estos problemas representan ya más del 17% de los años vividos con discapacidad en todo el mundo (Santomauro et al., 2026).

En la Región Europea de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada seis personas —alrededor de 140 millones— vive con un problema de salud mental. Al mismo tiempo, persiste una importante brecha asistencial: hasta una de cada tres personas afectadas no recibe el tratamiento que necesita y una de cada cuatro personas con psicosis no recibe ningún tipo de tratamiento o atención formal. Más de 120.000 personas mueren por suicidio cada año en la región y el suicidio se sitúa como la principal causa de muerte entre los 15 y los 29 años (WHO, 2026b).

La situación resulta igualmente preocupante entre la población más joven. Los últimos datos recopilados por la OMS para Europa indican que uno de cada siete niños, niñas y adolescentes de hasta 19 años vive con un problema de salud mental, una prevalencia que ha aumentado aproximadamente un tercio durante los últimos 15 años. Las diferencias por género se intensifican durante la adolescencia: entre las chicas de 15 a 19 años, la proporción alcanza aproximadamente una de cada cuatro. Sin embargo, los recursos no han aumentado al mismo ritmo que las necesidades: uno de cada cuatro países de la región carece de servicios comunitarios específicos de salud mental para niños, niñas y jóvenes, uno de cada cinco no dispone de una política específica (WHO, 2025b).

Fuente: Magnific. Autoría: rawpixel.com. Descarga: 06/10/26.
Los problemas de salud mental, una prioridad creciente también en España.

En la misma línea, los datos disponibles para nuestro país muestran una elevada necesidad de mejorar y reforzar la atención en salud mental. Según la primera oleada del Barómetro Sanitario 2026, elaborado por el Ministerio de Sanidad, en colaboración con el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 18,2% de la población adulta española había necesitado consultar durante los doce meses anteriores a un/a profesional sanitario/a por un problema de salud mental o por malestar psicológico o emocional (Ministerio de Sanidad, 2026b).

Entre las personas que fueron atendidas principalmente en el sistema sanitario público por este motivo, el 43,1% recibió atención fundamentalmente de su médico/a de familia, el 31% de un/a profesional de Psiquiatría y únicamente el 16,9% de un/a profesional de la Psicología. Además, el 52,5% valoró positivamente la atención recibida en salud mental en la sanidad pública (Ministerio de Sanidad, 2026b).

Asimismo, los últimos datos del Sistema Nacional de Salud publicados por el Ministerio de Sanidad, sitúan salud mental entre los principales problemas crónicos de salud de la población (21%), por detrás del colesterol (27%) y la hipertensión (22%) (Ministerio de Sanidad, 2026b). Sanidad registró 355,9 casos diagnosticados de trastornos mentales y del comportamiento por cada 1.000 habitantes en las consultas de Atención Primaria en 2024, siendo los trastornos de ansiedad, los problemas del sueño y la depresión los problemas de salud mental más frecuentes en este nivel asistencial de la salud. Frente a esta elevada prevalencia, los datos reflejan que únicamente 548 profesionales de la Psicología trabajan en este nivel asistencial (Ministerio de Sanidad, 2025).

Infancia, adolescencia y juventud: necesidades que no pueden esperar.

La preocupación se extiende especialmente a la infancia, la adolescencia y la juventud. Diversos estudios e informes recientes coinciden en señalar un incremento de los problemas de salud mental y malestar psicológico en estas etapas, con un peso bastante relevante de la ansiedad y la depresión, y con importantes diferencias en función del género, la edad y la situación socioeconómica (Gómez Miguel, Sanmartín Ortí y Kuric Kardelis, 2025; Orgilés et al., 2025; OECD, 2026a; Zhao et al., 2026).

A escala internacional, un estudio reciente basado en el Estudio de Carga Global de Enfermedades 2021 estima que, aproximadamente, uno de cada seis adolescentes y adultos/as jóvenes presentaba algún trastorno mental en 2021, con una prevalencia global superior al 15%. Los problemas de ansiedad y depresión concentran buena parte de esta carga: entre los y las adolescentes, los problemas de salud mental representaron el 27,14% del total de años vividos con discapacidad, principalmente, por ansiedad (8,92%) y depresión (6,76%). En las personas adultas jóvenes, representaron el 26,62%, encabezados por los trastornos depresivos (9,83%) y de ansiedad (7,92%). Además, entre 2019 y 2021 aumentó tanto la prevalencia como la carga asociada a estos problemas (Zhao et al., 2026).

Esta tendencia coincide con el análisis realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD), que constata un deterioro sostenido de la salud mental de niños, niñas, adolescentes y jóvenes durante la última década en buena parte de sus países miembros. La organización señala, principalmente, el aumento de los síntomas de ansiedad, depresión y malestar psicológico, y advierte de una mayor vulnerabilidad entre las chicas, los y las adolescentes de mayor edad y quienes se encuentran en situaciones socioeconómicas desfavorables. La pandemia intensificó esta evolución, pero no fue su origen, dado que el deterioro ya era observable con anterioridad (OECD, 2026a).

Aumentan los problemas de salud mental infanto-juvenil en España.

Los estudios realizados en España dibujan un escenario similar. El Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 muestra que el 54,7% de los y las jóvenes de 15 a 29 años afirma haber experimentado algún problema psicológico, psiquiátrico o de salud mental durante el último año, mientras que el 42,8% señala haber recibido alguna vez un diagnóstico profesional relacionado con su salud mental. Entre los problemas diagnosticados destacan, sobre todo, los relacionados con ansiedad, pánico o fobias (17,9%) y depresión (15,7%). Aunque algunos de estos indicadores han mejorado respecto a 2021 y 2023, continúan situándose por encima de los registrados antes de la pandemia (Gómez Miguel, Sanmartín Ortí y Kuric Kardelis, 2025).

También los datos longitudinales recopilados por el Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-Juvenil indican que, pese a observarse cierta mejora tras el impacto de la pandemia, persisten cifras preocupantes de ansiedad, depresión, conducta suicida y autolesiones, que aparecen además a edades cada vez más tempranas. Ante esta realidad, sus expertos y expertas subrayan la necesidad de reforzar la vigilancia epidemiológica y la prevención, mejorar la coordinación entre los ámbitos sanitario, educativo y comunitario y disponer de servicios específicos para la infancia y la adolescencia, con un enfoque preventivo y basado en la evidencia (Orgilés et al., 2025).

Ansiedad y depresión, entre los principales problemas de salud mental infanto-juvenil, y especial preocupación por la conducta suicida y las autolesiones.

En la misma línea, los últimos datos de la Fundación ANAR advierten de que en 2025, los problemas de salud mental representaron el 35,8% de las problemáticas detectadas en los casos atendidos, destacando, especialmente, la conducta suicida (19,3%) y las autolesiones (7,5%). La salud mental es el principal motivo de consulta en el 51,8% de las peticiones de ayuda por parte de los propios niños, niñas y adolescentes. Además, más de la mitad de los problemas atendidos se prolongan durante más de un año y seis de cada diez se producen diariamente, lo que alerta sobre su persistencia y complejidad (Fundación ANAR, 2026).

Actuar precozmente y escuchar las necesidades de niños, niñas y adolescentes para mejorar la atención en salud mental.

En conjunto, la evidencia disponible apunta a la necesidad de actuar antes de que el malestar se agrave, reforzando la promoción del bienestar psicológico, la prevención, la detección temprana y el acceso a intervenciones psicológicas basadas en la evidencia. Los centros educativos constituyen, en este sentido, un entorno fundamental para detectar precozmente las dificultades y desarrollar actuaciones preventivas. Entre las medidas propuestas por los expertos y las expertas se encuentran reforzar los servicios específicos de salud mental infanto-juvenil, mejorar la coordinación entre los sistemas sanitario, educativo y comunitario e incorporar profesionales de la Psicología Educativa y preventiva en los centros escolares, favoreciendo una atención continuada y basada en la evidencia (Orgilés et al., 2025; OECD, 2026a).

De hecho, escuchar a los propios niños, niñas y adolescentes permite conocer qué esperan y necesitan de los servicios de salud mental. Una consulta realizada por Eurochild a 134 niños, niñas y adolescentes de entre 6 y 17 años en cuatro países europeos muestra que reclaman ser escuchados y tomados en serio, disponer de apoyo psicológico accesible y confidencial, contar con profesionales especializados en los centros educativos y poder participar en las decisiones relacionadas con su salud mental y bienestar. Estas demandas coinciden con las recomendaciones de la OMS para la Región Europea, que aboga por avanzar hacia servicios de salud mental infanto-juvenil accesibles, de calidad y centrados en las necesidades y los derechos de niños, niñas y adolescentes (Eurochild, 2026; WHO, 2025c).

Fuente: Magnific. Autoría: zinkevych. Descarga: 06/10/26.
De escuchar testimonios a la toma de decisiones compartida.

Precisamente, aquí se sitúa el núcleo del Día Mundial de la Salud Mental de 2026. Para la OMS, hablar de «experiencia vivida» no significa únicamente recoger testimonios personales. Se refiere al conocimiento adquirido por haber experimentado directamente un problema de salud mental y por haber buscado, recibido —o no haber podido obtener— la atención y el apoyo necesarios. Este conocimiento, subraya la organización, permite identificar necesidades, obstáculos y consecuencias de los sistemas asistenciales que pueden no ser visibles únicamente desde la investigación, la gestión o la experiencia profesional (WHO, 2026b).

La campaña cuestiona, precisamente, una práctica todavía frecuente: pedir a las personas con problemas de salud mental que cuenten su historia, pero excluirlas después de los espacios donde se toman las decisiones. La participación significativa implica algo distinto: intervenir en la definición de prioridades, codiseñar los servicios, colaborar en su prestación y evaluación, participar en la formación de profesionales y contribuir a determinar qué necesita cambiar (WHO, 2026b).

La OMS viene defendiendo que las personas con experiencia vivida sean consideradas colaboradoras con capacidad real de influencia desde el inicio del proceso y no únicamente destinatarias de decisiones tomadas previamente (WHO, 2025a; WHO, 2026a).

¿Qué aporta la investigación sobre la participación de las personas con experiencia vivida?

La literatura científica reciente respalda buena parte de este planteamiento, aunque también muestra que la participación real sigue siendo limitada. Una revisión sistemática publicada en 2023, señala los beneficios de la participación de personas usuarias de servicios y personas con experiencia vivida en procesos de diseño de innovaciones en salud mental, entre ellos, una mejor adaptación de las intervenciones a las necesidades de quienes iban a utilizarlas; mayor colaboración y compromiso; una identificación más precisa de las necesidades y el empoderamiento de los y las participantes como agentes con recursos y conocimientos propios. Sin embargo, el estudio detectó una limitación significativa: las personas implicadas podían actuar como asesoras, colaboradoras o socias, pero en ninguno de los trabajos analizados ocupaban el papel de responsables últimas de las decisiones (Veldmeijer et al., 2023).

Esta dificultad para trasladar la participación al reparto efectivo del poder de decisión aparece también en el estudio de Hopkins et al. (2024) sobre coproducción en investigación en salud mental. Sus autores advierten de que compartir realmente el poder de decisión con las personas con experiencia vivida continúa siendo complejo, especialmente, dentro de estructuras jerárquicas. Las relaciones basadas en el respeto y la confianza pueden facilitar este proceso, pero una participación verdaderamente significativa requiere también cambios en las propias organizaciones e instituciones en las que se desarrolla la investigación.

El valor de la experiencia vivida en el diseño de los servicios de salud mental y la recuperación personal.

Una revisión publicada en 2024 sobre codiseño basado en la experiencia en servicios e intervenciones de salud mental llegó a una conclusión similar: reunir en un mismo proceso a personas con experiencia vivida, familiares o cuidadores/as y profesionales puede contribuir tanto a mejorar servicios existentes como a desarrollar nuevas intervenciones, pero requiere una participación auténtica, entornos seguros y prácticas sensibles al trauma, evitando que el codiseño se convierta en una consulta puramente formal (Hawke et al., 2024).

El estudio de Rocelli et al. (2024) ofrece un ejemplo concreto. Durante nueve meses, 35 personas entre usuarios/as de servicios, familiares y expertos/as por experiencia trabajaron conjuntamente para imaginar cómo debería ser un «servicio de salud mental ideal». El proceso fue facilitado por dos expertos por experiencia y, según sus autores, una de sus principales fortalezas fue permitir que el grupo funcionara con autonomía, reduciendo la mirada profesional y los desequilibrios de poder que pueden condicionar este tipo de iniciativas.

La participación puede tener también efectos en quienes desempeñan estos roles. Un estudio finlandés con 18 personas con experiencia vivida y 10 profesionales de salud mental encontró que asumir este papel podía favorecer la reconstrucción de la identidad social después de haber convivido con problemas de salud mental, facilitando nuevos vínculos, nuevas funciones y una percepción de mayor capacidad para participar activamente en la comunidad. Los resultados ponen también de relieve la importancia del reconocimiento por parte de los equipos profesionales y de establecer relaciones de colaboración en las que las diferentes formas de conocimiento sean valoradas (Soronen, 2024).

Barreras, estigma y reconocimiento profesional de las personas con experiencia vivida en salud mental.

Sin embargo, incorporar a personas con experiencia vivida a los servicios no garantiza por sí mismo una participación significativa. Una revisión sistemática reciente de 33 estudios cualitativos identifica entre las principales barreras el desconocimiento de estos roles por parte de otros miembros de los equipos, las dificultades relacionadas con su reconocimiento profesional y la falta de apoyo, que puede generar experiencias de estigmatización y exclusión. Por el contrario, cuando estas personas reciben el apoyo necesario, pueden utilizar sus conocimientos y habilidades derivados de la experiencia vivida para impulsar cambios en los propios servicios y sistemas de salud mental (Shaw et al., 2026).

Los/as propios/as profesionales que prestan atención en los servicios de salud mental pueden tener, a su vez, experiencia vivida de problemas de esta índole, por lo que los expertos recuerdan el valor que puede aportar la experiencia vivida dentro de la propia profesión. A este respecto, la Sociedad Británica de Psicología (British Psychological Society, BPS) pone de relieve la contribución única y valiosa que supone el haber experimentado problemas de salud mental por parte de los y las profesionales que trabajan en el ámbito de la psicología clínica y de la salud.

Tal y como afirma, haber experimentado problemas de salud mental puede enriquecer la práctica y mejorar la prestación de los servicios, y considera esta experiencia un activo para la profesión. Asimismo, advierte de que compartirla puede verse condicionado por el estigma, la discriminación o el temor a sufrir desventajas profesionales. Por ello, reclama entornos profesionales seguros y compasivos que reconozcan su valor y contribuyan a su desestigmatización (BPS, 2020).

La inversión en intervenciones psicológicas y la acción coordinada, claves para transformar la atención a la salud mental.

La transformación de los servicios requiere, asimismo, una inversión suficiente en salud mental y una respuesta integral que no se limite al ámbito sanitario. La OMS advierte de que los determinantes estructurales y sociales —entre ellos, la pobreza, la discriminación o la violencia— influyen decisivamente en la salud mental y, por ello, reclama un enfoque coordinado entre diferentes sectores. En este contexto, considera esencial combinar intervenciones psicológicas, sociales y económicas basadas en la evidencia -destacando específicamente el papel de las intervenciones psicológicas-, y señala que invertir en salud mental no solo mejora el bienestar individual, sino que puede fortalecer las comunidades, favorecer sociedades más equitativas y generar beneficios económicos. La participación activa y significativa de las personas con experiencia vivida y de sus organizaciones constituye, asimismo, un componente fundamental de este enfoque, para garantizar que las políticas sean inclusivas y respondan a las necesidades reales (WHO, 2025d).

En esta misma línea, la OECD subraya que invertir en intervenciones psicológicas basadas en la evidencia es rentable, al mejorar los resultados en salud mental y generar beneficios económicos y sociales que pueden superar los costes de su implementación (OECD, 2026b).

Foto: Magnific. Autoría: jcomp. Descarga: 06/10/26.
Atención comunitaria, derechos y experiencia vivida.

La participación tampoco puede desligarse de los derechos humanos. La OMS vincula expresamente el protagonismo de las personas con experiencia vivida con la transición desde modelos institucionales hacia una atención comunitaria, centrada en la persona y orientada a la recuperación. Sin embargo, este cambio sigue avanzando lentamente: únicamente alrededor del 9% de los países han completado plenamente la transición desde una atención basada en instituciones psiquiátricas hacia modelos comunitarios, mientras que el 53% se encuentra todavía en fases iniciales. Aproximadamente el 49% de los ingresos psiquiátricos comunicados son involuntarios y el 23% de las estancias se prolongan durante más de un año (WHO, 2025a; WHO, 2026c).

Además, el estigma y la discriminación, así como las vulneraciones de derechos que todavía experimentan las personas con problemas de salud mental, continúan constituyendo importantes barreras, por lo que el liderazgo y la participación de las personas con experiencia vivida se erigen como elementos fundamentales para combatirlos (WHO, 2024; CERMI, 2026).

A este respecto, la Organización Mundial de la Salud publicó en 2025 una hoja de ruta específica para integrar a profesionales de experiencia vivida y experiencia actual en las políticas, los servicios y las comunidades. El documento propone seis ámbitos de actuación: incorporar formalmente estas figuras en las políticas nacionales; preparar a las organizaciones para su integración; impulsar la cocreación de servicios; establecer formación y desarrollo profesional; garantizar supervisión y apoyo; y ampliar su alcance, también mediante herramientas digitales (WHO, 2025c).

Construir los servicios con las personas, no únicamente para ellas.

El mensaje del Día Mundial de la Salud Mental 2026 introduce, en definitiva, un cambio relevante en la manera de entender la participación. Escuchar es necesario, pero no suficiente. Reconocer la experiencia vivida supone aceptar que las personas que han utilizado los servicios, han afrontado barreras para acceder a ellos o han atravesado procesos de recuperación poseen un conocimiento que debe dialogar, en igualdad y de forma complementaria, con la evidencia científica y la experiencia profesional.

Esto no significa sustituir el conocimiento clínico ni que una sola experiencia pueda representar a todas las personas con problemas de salud mental. La propia OMS advierte de que ninguna persona puede hablar en nombre de todas las demás. Significa, en cambio, establecer mecanismos que permitan integrar una pluralidad de experiencias en la planificación, el diseño, la prestación y la evaluación de los servicios, evitando formas meramente simbólicas de participación (WHO, 2026b).

La necesidad resulta especialmente clara en un contexto en el que una de cada seis personas en Europa vive con un problema de salud mental, persisten importantes brechas de tratamiento y las dificultades comienzan con frecuencia en etapas tempranas de la vida.

Por ello, el Día Mundial de la Salud Mental 2026 invita a avanzar desde la narración hacia la participación eficaz, desde la consulta hacia el codiseño y desde unos servicios pensados para las personas hacia unos sistemas construidos con ellas. El reto ya no consiste únicamente en escuchar sus voces, sino en conseguir que esas voces puedan producir un cambio real (WHO, 2026b).


Puedes consultar todas las referencias aquí.

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